Crónica de la tierra sin memoria

Camiones encima de personas. Personas que cubren caminos con su piel. Los pies rozan el asfalto y cuando el automóvil retumba, lo hacen ellos con él. Varios pasajeros se tapan el rostro con enormes pañuelos negros. Aquellos que sí dejan que el aire les roce la piel sienten en cada punto de su tez la ventisca y la arena desértica. Veo en sus ojos el rojo y naranja de la tierra. Siento en sus manos las mismas grietas que rompen el seco suelo de La Guajira. A veces llueve y no lo sentimos. Leen dolor las gitanas en las palmas de las manos de aquellos que viven donde siempre duerme la luz corriente. Leen las gitanas en las palmas de las manos de ellos lo mismo que leen en la tierra.  A veces llueve y no brota alimento. La tierra sufre de desmemoria, ha olvidado cuál era su tarea después de tanto tiempo infértil.

Personas encima de camiones me adelantan por la izquierda. Nos detenemos de repente, brusco. Un fino hilo para un enorme 4×4 adaptado al desierto. Dos niños sostienen por cada extremo el hilo. Los cristales del todoterreno tienen un tono anaranjado que avivan el furor de la tierra. Los niños piden con la mirada alimento o plata. Los cristales bajan lentamente y una mano extiende un puñado de caramelos. El desayuno. El hilo se desvanece y la tierra le ahoga, se mancha con el naranja de la arena. Nos dejan pasar. No es un estrecho gobernado por piratas somalíes que buscan recompensa. Es la carretera invadida por el hambre. La estampa se repite durante varios kilómetros, o quizás eran metros. La bolsa de los caramelos se hace cada más pequeña y los niños de la arena aumentan.

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“Bienvenidos a la capital indígena de Colombia”, Uribia. Esta ciudad, además de ser la capital indígena es una frontera caliente, un punto marcado en el mapa con vigor por muchos venezolanos. La gasolina que corre por las arterias de los todoterrenos es venezolana, el cigarro que se fuma desesperado por el calor un extranjero alemán es venezolano y la cerveza que calma tanto su sed como el bochorno es también de la república bolivariana de Venezuela. Uribia es un punto de intercambio, es un mercado negro a gran escala olvidado o tratado de olvidar por las autoridades. Es la tierra del fuego en la que nadie parece quemarse. Pero, sigue siendo la capital indígena de Colombia. La etnia wayúu es la comunidad imperante en esa tierra. Observo hacia un lado y otro tratando de ver la expresión real de ese cartel –que parece ser más reclamo turístico que explicativo-. Entre la moribunda encuentro mujeres con largos vestidos de colores muy vivos. Tienen en su mirada algo que les hace resaltar sobre los demás, el pelo es tan o más oscuro como su piel. Ellas, curtidas por la sequedad de la tierra han olvidado regar sus arrugas. Nada crece en las grietas del tiempo. Las mujeres wayúu ocupan las horas de sol en coser los famosos bolsos wayúu. En sus espaldas cargan una bolsa repleta de mochilas, como ellas llaman a los bolsos. Tratan de venderlos, de sacárselos de encima, son unos hijos bastardos fruto del turismo. Es el producto típico, pero solo para los extranjeros, para ellas es la consecuencia de la comercialización y la prostitución de la palabra indígena. Sus hijos son los niños que nos encontrábamos media hora antes sujetando el fino hilo, pero, ahora, sus manos sujetan cervezas. Si estás sentado en la arena de la playa ellos corren despavoridos hacia tu lado. Con la mano escriben un dos, dos mil pesos la cerveza. Tú la compras por compasión, no por sed. Se han acostumbrado al trasiego de turistas blancos y aprovechan cada oportunidad. En la mano en la que no llevan la cerveza cargan pulseras, más comercio. Tú la compras por compasión, no por gusto. Mientras las mujeres fabrican bolsos y los niños los venden los hombres descansan. Descansan del calor superlativo del desierto de La Guajira, descansan del intercambio de productos con los venezolanos, descansan de algo.

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El sol es también indígena en la tierra del norte. La luz no tiene enemigo, es natural. La vida nace y muere cuando el sol decide descansar. El agua mece a los peces y estos siguen su compás. Hay tranquilidad, pero, también hay polvo en la mirada de aquellos que pasan por tu lado. Crees conocer todas sus costumbres, todos sus gustos, pero, no conocemos nada. Recorremos durante unas horas, días o meses la tierra que habitan, nos dejamos inundar por el silencio septentrional pero no es silencio lo que guardan sus gargantas. Algunos tendrán ganas de gritar, otros de encender las luces que siempre permanecen apagadas, habrá aquellas que querrán dejar de producir bolsos, los que trafican por necesidad u otros que sólo conocen el mar y el desierto.

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Camiones encima de personas. Personas que cubren caminos con su piel. Niños con hilos pidiendo plata o alimento. Más gasolina ilegal en el mismo todoterreno. Es la tierra de la desmemoria que deja huella en quién la pisa. La vuelta, un camino sin dirección, un espejismo de la llegada.

Texto y fotografía por Celia Arcos

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