La visita

Se levantan de la mesa camilla, de la calidez de la lumbre y la comodidad del sofá, se arreglan, se colocan las joyas, las de los domingos o los eventos en que uno merece ser más elegante; se calzan y salen de su casa.

No puede ser a cualquier hora. La literatura de la visita tiene su propio canon, su propio dogma y sus santidades. No tiene libro sagrado, pero todos conocen al pie de la letra sus mandamientos. Unas directrices no escritas con las que todos se sienten conformes y cómodos. Unas guías que convierten lo inesperado en asumible. Y lo incómodo en un trámite necesario.

La calle mide cien metros. Solo ha habido un par de cambios en los últimos cuarenta años. Las fotos de la década de los setenta, ochenta, noventa y estas recientes del siglo veintiuno podrían ser fácilmente confundidas entre sí. Quizás el cambio del granulado en la foto, la nitidez o el contraste, pero la morfología de la calle ha permanecido inalterada. Sus habitantes y sus casas ocupan este espacio y este tiempo con tal poder que parece que siempre han estado los unos y las otras. Como si a su muerte la calle hiciera un borrado de memoria y los nuevos ocupantes configuraran un nuevo periodo, marcado en negrita en el eje cronológico. Los vecinos hicieron lo mismo, una y otra y otra era, con una continuidad solo rota por algún que otro adelanto tecnológico. En la calle hay cuatro comercios: una panadería, una carnicería, una joyería y una tienda de lámparas. Antes también había un colmado, lo recuerdo porque me mandaban a comprar alimentos indispensables que siempre faltaban a la hora de ponernos a cocinar. Alguna especia, ajos o cebollas, leche, huevos… Había de todo, en pocas cantidades; pero, las suficientes para abastecer a esa calle de cien metros. Como casi todos tenían otras vías de autoabastecimiento (huertos, gallinas, cerdos, olivos…) la compra semanal no era voluptuosa, más bien una anécdota y una excusa para conversar con los allegados. No llegaba al mostrador, me quedaba a la altura de los fiambres cortados por la mitad, de los quesos y los yogures, las mantequillas, los filetes de carne y los muslos de pollo. Esperaba pacientemente hasta que me llegara la vez, tampoco alcanzaba a coger el número, así que me lo daba algún vecino que se apiadaba de mí y mi baja estatura. Mientras tanto, ojeaba curiosa los productos de la tienda de alimentación, había unos yogures que no necesitaban estar en frío y me parecían un adelanto, en la ciudad, todos los yogures debían meterse en el frigorífico; también me quedaba extasiada mirando un calendario del Betis Balompié que tenían colgado. Me resultaba curioso que conocieran a ese equipo y no tuvieran colgado uno de su propia provincia. Por aquella época mi integridad alcanzaba su cota máxima, y aún no había comprendido la mecánica del capitalismo en el fútbol, que los jugadores no jugaban porque les gustaba y que los hinchas no tenían por qué ser de la ciudad del equipo de fútbol. Todavía hoy sigo teniendo ramalazos íntegros, aunque empiezo a entender que el mundo es así y que mi enfado no ayuda. Detrás del mostrador había una puerta y ahí empezaba la magia; un salón se entreveía entre la máquina fileteadora, los juegos de cuchillos y los jamones colgados. Y una familia sentada en el sofá emergía tras ese telón de fondo. La casa y el negocio, el ocio y el negocio, una mezcla posible solo en el microcosmos del pueblo, en esta calle de corto alcance y legendaria mitología.

El trámite necesario que en la ciudad es incómodo en esta calle no lo es. Una pareja de vecinas patrulla la calle. Han segmentado la tarde en unas paradas motivadas por la cercanía o la importancia del anfitrión, su estado de salud, algún nacimiento, comunión o boda. La visita es la cultura del encuentro, de la preocupación y el cuidado del vecino, que en esta Navidad se ha convertido en una categoría, si es que llegase a ello: el allegado. Este año aciago, aparte de las joyas, el rosario y el monedero bajo el brazo un nuevo complemento asoma y anuncia una nueva era: la mascarilla. Ese accesorio que reza respeto por el prójimo, amor por el otro, cuidado por el vecino. El huésped tras la mirilla, una vez reconocidos los objetos personales imprescindibles, procederá a responder a la llamada al timbre, abrirá la puerta, y acogerá la visita.

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