El selfie confinado

La habitación tiene cuatro paredes, una mesa rectangular, dos sofás, una estantería, televisión, una lampara alargada y fina y dos ventanas. Camino hacia una de ellas, miro mi piel, blanca. En mi mano derecha, el móvil. Lo saco y lo desbloqueo. Pongo la cámara frontal. Busco el ángulo en el que la luz incide de manera más educada y precisa en mi rostro. Muevo un poco mi pelo, arqueo las cejas, sonrío, me contengo, me hago una foto.

“Me constituyo en el acto de posar”, sentencia Roland Barthes en La cámara lúcida, “me fabrico instantáneamente en otro cuerpo, me transformo por adelantado en imagen”, añade. Las fotos en general y los selfies en concreto son en la actualidad ubicuos y mecánicos. El teléfono móvil ha democratizado el retrato, ya no se necesita una corte de súbditos y corona para verse reflejado en un lienzo. Nos hacemos selfies recién despiertos para enviárselos a nuestros padres que viven en otra ciudad, cuando viajamos para incluirnos fehacientemente en el Coliseo o el Arco del Triunfo. Hacerse un selfie o autorretrato se ha transformado en una experiencia per se. Todo se ha convertido en susceptible de participar en el relato del yo fotografiado, la construcción de un perfil propio. Me fotografío, luego existo.

La fotografía está relacionada directamente con la experiencia, tomamos fotos en gerundio: comiendo en nuestro restaurante favorito, llegando a la línea de meta en una carrera, soplando las velas de la tarta de cumpleaños. ¿Qué ocurre cuando el presente hace una pausa?, ¿cómo podemos fotografiar el tiempo suspendido? Es quince de mayo de 2020 y nos encontramos confinados en nuestras casas. Estamos constantemente entre esa habitación de cuatro paredes, una mesa y dos sofás. Pero, la ausencia de experiencias y estímulos externos no nos ha impedido detener la maquinaria del selfie, del autorretrato. Mas aún, hemos encontrado en la fotografía una forma de prueba que atesora nuestra productividad; si cocinamos bizcochos, los hemos fotografiado, si hemos hecho deporte, nos hemos hecho un selfie antes de empezar.

Dice Joan Fontcuberta, en su obra La cámara de Pandora, la fotografía después de la fotografía, que “ante una cámara siempre somos otro: el objetivo nos convierte en los diseñadores y gestores de nuestra propia apariencia”. Hemos seguido construyendo nuestra identidad, pero esta vez desde dentro hacia fuera, utilizando nuestros sentimientos –y no las experiencias– como forma de crear ese relato que construye el yo social. Durante el confinamiento, el paso del individuo-consumidor al usuario-perfil se ha hecho aún más latente. A pesar de que la maquinaria del capitalismo se haya detenido; a través de las redes sociales –un agente que con sus políticas de privatización destruye la esfera privada del usuario, como explica Geert Lovink en Tristes por diseño, las redes sociales como ideología– hemos seguido retratándonos, nos hemos fotografiado para decir aquí estoy yo, una vez más: “me fotografío, luego existo”. Los bizcochos de chocolate, los selfies en el espejo del baño con una mascarilla o celebrando desde casa alguna festividad suspendida; aquello que ha quedado guardado en nuestro carrete del móvil durante los dos meses de confinamiento servirá para crear el relato propio del la reclusión. Hemos fotografiado el tiempo suspendido, suspendiéndonos a nosotros mismo en el acto de fotografiarnos, dejando que el proceso de obturación capture también nuestro aislamiento.

 

Por @celiaarcost

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