Viaje de ida

Conocí a María Luisa de noche, el tres de marzo, un martes. Recuerdo que esa noche –nos encontramos sobre las diez– Sevilla estaba especialmente acogedora. Recuerdo cruzar el callejón del agua, la luz cálida y anaranjada de esa calle; recuerdo el leve frescor que la recorre, la sensación de estar caminando por una calle que no está en ninguna ciudad –pero a su vez es tan representativa de tantas–, y que no aparece en ningún mapa, en ningún recuerdo. En el momento en que conocí a María Luisa yo me sentía especialmente serena, el paseo me reconforta, renueva mis perspectivas. De María Luisa puedo decir rasgos generales, que era una señora mayor, vestida como una señora que se sabe mayor, que acababa de llegar a Sevilla para pasar varios días en la ciudad; paseando por las mismas calles por las que hace treinta años había paseado con su marido, fallecido dos meses antes. Recuerdo que al despedirnos nos dimos un abrazo, un abrazo como una anticipación del tiempo que ambas pasaríamos solas recorriendo la ciudad. De María Luisa me sorprendió su determinación, la forma en que me –se– confesaba que apenas sabía cómo usar el móvil, cómo entrar en una oficina de información y preguntar por el horario de apertura de la catedral; cómo sentarse sin sentir vergüenza a su edad –decía–, en la terraza de un bar y tomar un café, pedir solo para una, cómo coger un tren, cómo identificar en qué asiento se tiene que sentar, cómo interpretar la señales que explican una nueva ciudad, cómo pasear, entrar y salir, probar nuevas comidas, hacer fotos, sentarse a descansar, cómo hacer todas estas tareas sin que la soledad tartamudee, le haga flaquear las piernas y la paralice. Ahora, casi dos meses más tarde, pienso en María Luisa y recuerdo un monólogo del protagonista de La única historia, la novela de Julian Barnes, en el que advierte: “el matrimonio es un joyero que, en virtud de algún proceso opuesto al de la alquimia, transforma el oro, la plata y los diamantes en metal común, bisutería y cuarzo”. No sé de qué tipo de piedra preciosa, metal o materia estaba hecho el matrimonio de María Luisa; no sé el nombre ni el apellido de su marido, si fueron felices los últimos años juntos, si dormían en la misma cama, no sé cómo se conocieron o si alguna vez viajaron separados. Pienso en mí, en María Luisa, en nuestra juventud acompasada y se me viene a la cabeza el poema de Rosario Castellanos (El día inútil): “Me han traspasado el agua nocturna, los silencios/ originarios, las primeras formas/ de la vida, la lucha, la escama destrozada, la sangre/ y el horror./ Y yo, que he sido red en las profundidades,/ vuelvo a la superficie sin un pez.”. Al final del día, de los paseos, el trabajo y el matrimonio solo emerge aquello que no se ahoga en lo cotidiano. Recuerdo el martes tres de marzo e imagino a María Luisa recorriendo la ciudad a primera hora del día, con esa luz definitiva y horizontal de la mañana en Sevilla. La imagino de noche, observando cómo cambia el color de su piel con el reflejo de las bombillas anaranjadas del Callejón del A gua, pero nunca la recuerdo volviendo, deshaciendo el camino. Pienso ahora en ese tres de marzo, cuatro de marzo, cinco de marzo, diez once doce de abril, cinco de mayo. Sevilla –en su vejez prematura– sigue siendo especialmente acogedora. 

 

@carcostorres

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