Casa tomada

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Casa tomada, Julio Cortázar

Con el discurrir de los días -he perdido hace ya algunos la cuenta de en el que estamos-, no paro de dar vueltas a una idea. Es complicado alcanzar esa idea en la maraña de mi mente; no soy capaz de pensar con claridad. Leo todo aquello que debería mantenerme informada intermitente y de forma epiléptica, no quiero vivir en la inopia; pero, al mismo tiempo no soy capaz de retener ni un solo dato, ni una idea ni con coherencia ni con claridad. He comenzado a meditar. Hago yoga y pilates a diario. Escribo, a diario también. Y leo literatura. Y probablemente esta sea la que me salve.

No pretendo castigarme demasiado con mi aparente decadencia intelectal, la situación que vivimos actúa como atenuante de mis crímenes porque,  en su lugar, ese intelectualismo ha sido desplazado por otro modus operandi de mi mente. Se trata de breves flashes de lucidez, como si hubiera desparramado un puzzle de unas dos mil piezas escondiéndolas por toda la casa y las fuera encontrando de a poco. Los flashes- piezas de puzzle se me aparecen casi en éxtasis teresiano y, o bien retengo con todas mis fuerzas esa breve iluminación, casi siempre antes de dormir, y me digo: mañana mientras dés vueltas al café la recordarás, o bien voy rauda a buscar mi libreta e intento garabatear los indicios desvelados.

Nunca fui yo la persona más lógica sobre la faz de la tierra, de hecho, la casualidad, la intuición y la serendipia han solido ser mis casas regentes. Aun así, la ausencia total de ese raciocinio comenzaba a turbarme. ¿Y qué ocupa ahora mi materia gris? O más bien, ¿cómo? Los libros que he leído se me aparecen en forma de revelación, tratando de aportarme las claves para entender mi ahora. El diván que almaceno en mi memoria de todas las lecturas de mi vida ha querido ocupar el lugar de la interpretación y asimilación de datos que ocurrían normalmente en mi cabeza al “consumir” noticias: la literatura le está dando forma a mi mundo para que yo pueda entenderlo.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos.

Y así llegó Casa tomada, ese cuento espeluznante de Cortázar en el que sin llegar nunca a saber por qué, los habitantes y hermanos de una casa comienzan a ser desplazados poco a poco y confinados en las estancias de su propio hogar cuando esa fuerza, telúrica, a mi parecer, va tomando la casa paulatinamente hasta finalmente expulsarlos de ella. El cuento quiso aportarme una idea a la que me ha costado llegar: la sugerente normalidad con que acatan su desalojo. La misma con la que nosotros estamos aceptando nuestro ostracismo urbano. La misma con la que no nos es ajena la cobertura de plástico con la que tenemos que vestirnos para evitar el contagio, o la anómala distancia a la que debemos situarnos. Si nos resultó impropio, en el sentido de alienado, solo fue muy al inicio y quizás solo unos instantes: el ser humano tiene esa inherente manía de adaptarse rápidamente al entorno.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados.

La literatura ha querido venir en mi ayuda y al hacerlo me ha demostrado su verdadero poder: la literatura no es evasión, sino inmersión, nos remitimos a ella, fuente inagotable de experiencias humanas presentes y pasadas para trasladar el primer término de su metáfora al término real de nuestra vida. A en literatura es igual a B en nuestra vida.  Lean.

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