Los vecinos

El mío es realmente un patio de vecinos, y digo realmente porque apenas mide tres metros de largo y seis de ancho; tiene las dimensiones suficientes para que la voz que salga de una ventana hacia la otra permanezca ahí el tiempo adecuado para propagar el rumor, la diáspora vecinal. Es un patio común de baldosas de cerámica rojiza, en el que habitualmente hay un tendedero lleno de ropa y alguna planta agonizante en busca de un rayo de sol. Pero antes del patio de vecinos se encuentra, indiscutiblemente, el propio edificio. Este es un edificio vertical y reducido, de apenas dos plantas, escaleras finas y peligrosas, escalones estrechos y pequeños. Es un edificio envejecido, nació en el siglo XX y ha vivido lo suficiente como para que habiten en él tres Airbnbs. Aquí viven Luisa, Sonia, Rafael, Mari y una vecina de la que aún no conozco su nombre. Hay varias casas más ocupadas, sí, pero intrascendentes. 

Luisa vive desde hace treinta años en el bajo. Es una mujer alta y grande, de huesos anchos y párpados caídos, con un olor corporal muy propio y prematuramente envejecida. Si tuviese veinte años, llevaría la vida habitual de una millennial en expansión: pedir comida a domicilio y fumar en la soledad de su salón. Pero ese dato, el de su edad, solamente la conoce Sonia, funcionara de la Junta de Andalucía, pelo rizado y cuerpo pequeño, pero de voz holgada y directa. No digo que Sonia conozca la edad de Luisa porque sean amigas, no lo son. Sonia conoce su edad como conoce sobre el resto de los vecinos nuestros estados civiles, cuántas veces visitamos la peluquería, a qué hora sacamos a nuestros perros y qué música nos gusta escuchar mientras cocinamos. Sonia es la presidenta de la comunidad. Luisa no, Luisa ignora todas estas cuestiones y más, no porque le falte el interés –siempre saluda, dice adiós, se preocupa por cómo le ha ido el día al cartero–, sino por despiste gramatical; no recuerda las palabras que hay que pronunciar para mantener un diálogo vecinal.

Hace un par de días la vecina del primero D auguraba a viva voz en el patio de vecinos la muerte de la pobre Sonia. “Algún día vamos a oler sus restos, descomponiéndose. El olor saldrá del hueco que queda entre la puerta y el suelo, y ahí estará Sonia, muerta. Hace mucho que su familia no viene a verla, algunos días se pimpla hasta tres botellas de vino”, y el vecino de enfrente, asiente a la muerte de Sonia –imagino que asiente, porque de ellos solo intuyo los barrotes de sus ventanas que la superioridad de mi segundo piso me permite ver–.

Hoy he coincidido en la azotea con otra vecina, la del ático. De ella antes sólo conocía su voz, sus imperativos: “Alexa, pon el volumen al cinco”. Mientras estaba en la terraza leyendo Una palabra tuya, de Elvira Lindo, ella ha salido a tender su juego de sábanas blancas. Alexa no tiende, sube y baja el volumen, cambia canciones, predice el tiempo. Pero Alexa no tiende –todavía–.

Si algo tienen en común todos mis vecinos, además del estrecho pero amigable patio, es la soledad. Todos, sin distinción de la letra del abecedario que presida la puerta de entrada a su casa, viven solos. Por cada puerta, por cada casa, hay un tipo de soledad. Esta la de Luisa, una soledad de la que ella no es sujeto sino objeto, sobre ella han ejercido el despreciable arte del olvido.  Está también la soledad del hombre que escucha tras la ventana dejando que sean las noticias las que configuren su imagen del mundo. O la de la vecina que cuelga su ropa en la terraza, una soledad con grados –alcohol– y tonos, –Alexa y el volumen–. Soledades hechas a medida; ajustadas a las piernas, los brazos, las espaldas de cada hombre y cada mujer. Soledades pensadas para que el cuerpo aguante ese peso y permita sólo una leve muesca agria algún día, de manera esporádica, en la forma de saludar al camarero que le sirve el café con leche a media mañana, en olvidar sujetarle la puerta al cartero mientras carga con toda la correspondencia de un barrio entero o en dejar suspendida en el patio la muerte repentina, violenta y silenciosa de una vecina.

 

@carcostorres

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