Esperando a la OMS

El 7 de marzo de 2020 a las 20:30 aparecen Vladimiro y Estragón, un árbol y unas vías de tren son el único escenario que podemos percibir como su realidad; uno está seguro de que es ahí, bajo ese árbol y cerca de esa vía donde deben esperar, el otro titubea: “¿Esperar a quién? ¡A Godot!” ¡Pues a quién si no!

Tras una sucesión de atardeceres, un paso del tiempo que parece congelado en el mismo escenario en el que se encuentran, – el Eterno Retorno que llamaría Nietzsche- Godot no llega. Y Vladimiro y Estragón deciden seguir esperándole. Mientras que nuestro tiempo en el teatro, en el que somos espectadores de nada que ocurre realmente sí pasa, casi dos horas aproximadamente: la conversación sobre la espera, el juego sobre la espera, la especulación sobre la espera, dan forma al paso mismo del tiempo. La espera es la que construye la obra, emulando a su vez a la de nuestra propia vida humana. ¿Son los personajes los que esperan a Godot mientras los observamos o nosotros espectadores los que esperamos a nuestro propio Godot?

Su Godot, al que esperan los dos personajes del teatro del absurdo del dramaturgo Samuel Beckett, no se sabe bien si ex soldados, vagabundos, o pareja cómica, les redimirá de todos los males, es aquel que les brindará su salvación y liberación; al esperar y que este no llegue, entendemos que no aparece ni la una ni la otra y que por lo tanto, en su vida no podrán ser ni libres ni felices. La espera a la que se ven encadenados – imperceptible para ellos –, aunque estéril, inactiva y pasiva, es un forcejeo entre el desaliento y la esperanza. Tras la fallida empresa de encontrarse con Godot se preguntan:

“¿Qué, nos vamos?

-Vamos”.

Pero ninguno se mueve. Y ahí se cierra el telón.

Nuestro telón, esa tela pesada y enmohecida que se ha cernido sobre nosotros no ha hecho más que subirse: llevamos quince días de representación continuada, como si de una obra de Jan Fabre se tratara, solo que esta vez el público se ha convertido sin quererlo en un actor obligado a actuar por no se sabe cuánto tiempo. ¿A qué o a quién esperamos nosotros, el mundo entero? Las directrices han sido claras: recluirnos en casa y esperar, sine die. Una espera inactiva, pasiva e indefinida en la línea del tiempo. La espera está construyendo nuestra narración diaria: conversamos con nuestros seres queridos (con aquellos con los que antes no teníamos tiempo de hablar), jugamos y sobre todo, miramos nuestros teléfonos y especulamos sobre la causa misma que nos mantiene a la espera: el origen, la expansión del virus, sus cifras y la sinrazón de nuestro confinamiento. Nuestra sucesión de atardeceres, un paso del tiempo que parece congelado en nuestro hogar – quien lo tenga –, se ve representada por unos hitos diarios: las noticias de las tres, las comparecencias del presidente, los aplausos de las ocho, las noticias de las nueve.

“Porque en realidad la espera acoge no solo el miedo y la falta, sino también la feliz anticipación de su clausura con su potencial de estar plenamente presente sin conciencia”. (Andrea Köhler)

De momento nadie se va, y el telón sigue sin bajarse. A la espera de que alguna de estas macroorganizaciones que nos gobiernan se presenten ante nosotros.


Esperando a Godot, Samuel Beckett

El tiempo regalado: Un ensayo sobre la espera, Andrea Köhler

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