La isla de la cuarentena

Un grupo variopinto de celebridades, entiéndase esto dentro del contexto del folclore casposo español, viaja a una mini isla en Honduras dejados a su suerte con el único propósito de valerse por sí mismos y sobrevivir con las bondades que proporciona la isla, a saber: cocos, pequeños pescados, cangrejos ermitaños y una dieta proporcionada por la dirección el programa que se sustenta en arroz al desayuno, en la comida y en la cena. Al término del programa, las personalidades se presentan en el plató de Mediaset España con una envidiable tez morena, mordeduras de miles de mosquitos y un cuerpo esculpido en mil batallas de arena, nados y pruebas hilarantes que hacen las delicias del público que no sufre desde la comodidad de su salón de ninguna de estas calamidades. El que regresa, el elegido por el público, ganará un suculento maletín que aliviará sus deudas con Hacienda y le granjeará algún que otro contrato con programas de la cadena, entrevistas en revistas del corazón, posados y robados, cobrados a posteriori.

A la mitad de su estancia, sin embargo, un evento tiene lugar, una epidemia en principio, una pandemia después, asola el mundo entero, el mundo de la OTAN, de la ONU, de la UE, el del espacio Schengen, el de la OMS, el del muro de Berlin y los bloques antagónicos EEUU- China. Fue esta última el lugar donde se originó el virus, aparentemente en diciembre de 2019. Como si de un programa más de Humor Amarillo se tratara, asistimos a una cascada de memes, – eso en España no va a pasar- , a la que siguió una oleada racista y xenófoba, – esos tienen la culpa-, que continuó con la negación y la ocultación de la magnitud del problema. Asistíamos entre impertérritos y hieráticos a la construcción en timelapse de un hospital multitudinario, visualizábamos vídeos sobre los que bromeábamos de las exacerbadas medidas que se tomaban, nos seguíamos riendo por aquí, una risa nerviosa mezcla de la incredulidad y el descreimiento ante lo grotesco de la situación. Porque el miedo, el miedo a la muerte se disfraza de risa contagiosa, emitidas y replicadas por los valientes y los fieros, los que se autoengañaban con memes y bromas, ajenos a la tormenta que estaba sobre ellos y que evitaban al no dirigir la mirada a las nubes; ahora tragan saliva esperando un milagro, esperando simplemente que pase el tiempo rápido, esperando que no le toque a nadie cercano o a ellos. Esperamos reafirmando nuestra frágil condición humana

Y llegó, y seguimos negando la realidad. Y tuvo que pasar más cerca, donde parece que sí nos sentimos más identificados, una Italia de la UE, de la OTAN, de la ONU, que comparte nuestro espacio Schengen para que empezáramos a temer, pero aún no a reaccionar. La evidencia tuvo que esperar algo más para que empezáramos a afirmar nuestra frágil condición humana.

Y casi al mes de la expansión del virus, la dirección del programa, psicólogos mediante, se informó a los habitantes de la mini isla de Honduras de la pandemia mundial. Se les informó como quizás se debería haber informado a la población española, con sutileza y esperanza, aun sin ocultarles la magnitud, pero el programa jugaba con ventaja: aquí ya sabíamos el alcance, los plazos, las ruedas de prensa de Pdr Snchz, y ya era un viejo conocido el coordinador de las emergencias sanitarias españolas.

Ahora, desde el confinamiento de nuestros hogares, las interminables horas de videollamadas, la tele de pago y la -por el momento- infinita y sempiterna  conexión a Internet, miramos con ansias de libertad al grupo de supervivientes que fueron a una isla a pasar voluntariamente una cuarentena.

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