Historia de una pintora

He pintado un único cuadro en mi vida.

Muchos me preguntaban, ¿Es que no tienes fondos suficientes como para comprar nuevos lienzos? Muchos pensaban en una época pretérita, se retrotraían a una especie de Seraphine que recolectaba verdín de las márgenes de los ríos para crear sus propios pigmentos verdes, o que usaba sangre animal de las matanzas de los cerdos para el rojo de sus óleos, nada de eso, no era por precariedad ni falta de solvencia económica.
Crecí con el movimiento fluxus y su efímera caducidad, con John Cage y su silencio 4’44” o el landscape art que borraban las olas del mar y el crecimiento inexcrutable de los setos; su propósito era perecer y allí era donde habitaba el sentido de mi arte.
Me fijaba en la velocidad de las nubes que iban tapando la luna y cómo esta volvía a emerger o la rapidez con que el horizonte se tragaba el sol al anochecer. Eran episodios de inmensa e irrepetible belleza y eso es lo que quería también para mi arte.

Empezó siendo un fenómeno que el público aprehendió como “street art” , como un graffiti más que deja en manos de la degradación urbana su destrucción, aunque canónicamente no entrara en sus márgenes: ni era callejero, ni era destruido por el visitante o el inoportuno y esquivo ave rampiña de lienzos urbanos. Tampoco servía a un fin social ni denunciaba nada. Y pronto me catalogaron fuera de él, incapaces de dar (o darme) un sentido a mi arte. Ya saben, no haces arte hasta que alguien te suscribe como tal. Supongo que fue justo ese limbo en que me encontraba el que me dio cobertura mediática y era al mismo tiempo el que me sacaba de cualquier circuito que me pudiera dar visibilidad, huérfana de etiquetas, clasificaciones, definiciones.

Una vez cité a Walt Whitman y su construcción de obra orgánica y parece que comenzaron a entender.

Una única obra: la borraba, aguarrás o no, y pintaba encima; iba alterando mi obra hasta que fuese algo completamente nuevo, a veces el presente asimilaba lo anterior y a veces lo destruía por completo. Era una génesis destructiva que en su proceso constituía el impulso de ruptura con la linealidad del tiempo. Mi obra no me pertenecía ni pertenecía a las leyes de la perdurabilidad. No estaba hecha para la posteridad ni para la veneración, ni se doblaba a la esquiva y arbitraria revaloración de obra por magnates y especuladores.

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