No hay kafir en los mercados

Según los tópicos -como si estos fuesen una categoría más del estrato ciudadano- Tánger es una ciudad, la ciudad, de la no interferencia; un paraíso para todos aquellos gringos, nazis y literatos que, alentados por el retrato hollywoodiense de los años sesenta, sentaron sus bases y sus vicios en la región marroquí.

Para muchos árabes, Tánger es el territorio que roza la frontera de lo garib (lo extranjero, relacionado directamente con lo Occidental): es el país del sol poniente pero,  como se encarga de retratar Las mil y una noches, es también tierra de tinieblas, la magia y el misterio.

No se intuye una brizna de misticismo por las estrechas callejuelas que forman los tenderetes del Petit Socco, solo los olores pueden despertar algo de fascinación en aquel que recorre un suelo repleto de aguas estancadas y frutas y verduras descompuestas. Regatean en muchos idiomas: árabe, francés, español andaluz. Rezan en uno solo. Se alimentan de distintas nacionalidades: huevos importados de Super Sol y patatas de Melilla conviven bajo un mismo puesto con ra’s al hanout. No hay kafir (infieles) en los mercados de la no interferencia.

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¿Dónde se esconde la magia en la ciudad fronteriza? Quizás en el Hotel Continental, ese que duerme a los pies del puerto marítimo y hospedó a El almuerzo desnudo; posiblemente uno encuentre un ápice de arrobo emparedado entre dos continentes mientras bebe un té de menta en la terraza del Café Hafa. O puede que en sea la luz, una luz diagonal, epiléptica y silenciosa la que encandile a los extranjeros y les robe su rezo nativo.

A las siete y media de la tarde Tánger guarda silencio, lo que antes era murmullo aplastante y áspero, ahora son bocas silenciadas por el hambre, devorando el descanso del Ramadán. La magia tiene semillas, se puede ahogar y rehogar en agua hirviendo: la magia ensucia las manos y el estómago, liquida deidades y aplasta creencias. Es el hambre voraz de la peregrinación, del camino hacia la limpieza. ¿Será esa la magia que amedrentó las tripas de los nazis, será esa la magia que cautivó a la pareja Bowles?

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Todo es efímero y todo imperecedero en la ciudad de la frontera, en la falla cultural convergente. Todos los hombres comparten una afición, un canal de televisión, una hora del día y quince minutos de descanso. Todas las mujeres comparten el escrutinio de la mirada, la magia de su sensualidad. Todos los camareros comparten el desparpajo, los conductores el combate, los niños la inocencia, los gatos el hambre, el perro el abandono.

¿Dónde se esconde entonces la magia en la ciudad fronteriza?

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