Borrador, por Paul Auster

Ya se imaginaba posando de cara, perfil izquierdo, perfil derecho para las fotos de su ficha policial -No he cometido ningún delito, agente-, -Conseguir mi libertad no es ningún delito, aunque implique romper algunas normas o convenciones-. “Mi misión” como ella la llamaba, abarcaba dos ámbitos bien distintos para alcanzar su libertad: por un lado, implicaba emanciparse de su marido, un marine estadounidense a cargo de la base naval de Rota, Andalucía, Spain; por el otro, desligarse del personaje que le había sido otorgado: mujer, rubia, de unos cincuenta y largos, desdentada, lectora empedernida, fumadora distraída, madre de dos hijos: Israel y Noah, judía sefardí. Cuando empezó a tejer su liberación su rutina le confirió los argumentos necesarios y la base teórica que más tarde probarían sus sospechas. Cada día, de diez a doce, colocaba en orden aleatorio unos veinte títulos de novelas y algunos poemarios que previamente había cargado en un desvencijado carrito de la compra desde su casa hasta un banco cerca de la playa situado en un paseo bastante concurrido. Kafkas, Borges, Becketts, ubicados con la portada a la vista de los viandantes, mientras ella acababa de leer otro título que pronto estaría también listo para ser ubicado entre el resto de obras literarias concluidas. -Necesito desprenderme de ellas para poder comenzar una nueva vida, acepto lo que traigas-. Tal prisa le corría deshacerse de los libros que aceptaba uno o dos euros por ellos, a veces incluso llegando a lanzar ofertas de dos por uno y tres por dos, según la oferta y la demanda del día.

Ser personaje, verse abocada a un destino ya escrito, sorprendentemente daba sentido a su existencia, saberse desprovista del libre albedrío le daba fuerzas para desligarse de un camino trillado, arado, cosechado y en barbecho, dirigido por un ente que nunca le había preguntado por sus preferencias. Despertar de la comodidad de lo horadado no había sido una tarea sencilla, aun menos buscar el cauce intransitado para salir de ella. Dejar a sus hijos era lo que más le atormentaba, toda su vida había girado en torno a ellos: sus embarazos, su crianza, su educación, prácticamente había ejercido de padre y madre sola, valiéndose por sí misma. Su marido se enrolaba en singladuras que duraban meses, a veces sin poderse comunicar y bajo un secreto profesional que le hacía desconocer su ubicación cuando se trataba de misiones con un alto grado de peligrosidad geoestratégica para los asuntos externos estadounidenses. Cuántas noches había llorado contra la almohada para que sus hijos no despertaran con sus alaridos, merecían la presencia de un padre aunque este fuera extremadamente patriota y autoritario. Cuando se conocieron en Israel mientras ella acudía a unos cursos auspiciados por el Gobierno semita sobre mujer y religión judía, él, un joven convencido de la necesaria intervención de Estados Unidos en la Franja de Gaza para asegurar el orden y la paz en la región, solo contaba veintitrés años. Un judío estadounidense con una judía sefardí andaluza que mantenía con orgullo las tradiciones de su pueblo a pesar de que la separaran siglos y kilómetros de la cuna de su origen. Las vacaciones formativas en Isarel pagadas por el gobierno aquel verano no fueron para ella más que una excusa para huir de su jaula dorada, un tintineo de cascabeles en su conciencia que ya empezaba a dar muestras de su rebeldía contra sí misma, o contra una que no era ella.

Veinte años después se encontraba en el banco del paseo aconsejando a los lectores nuevas tramas, ofreciendo consejos que había encontrado en aquellos libros, recitando incluso pasajes, sorprendiendo a algunos indecisos que al final optaban por llevarse Leviatán o Invisible, Ficciones, La Náusea o alguna muestra del teatro del absurdo francés. Saberse tutelada, no obstante, llegó de manera tajante con el parto de su segundo hijo: sus allegados alegaban que era depresión postparto pero ella intuía que la alienación no emanaba de tal razón, solo había sido un acicate más en su soñolencia, como si experimentar uno de los actos más puramente humanos desenmascararan el truco del ilusionista en el momento mismo de sacar la paloma de la chistera. Aun así, prosiguió en sus tareas y roles como si tal cosa pero cada noche cuando leía se producía un desajuste entre la verdad que los autores parecían presentarle como real y lo que ella percibía, era capaz de ver los hilos que movían esas marionetas llamadas personajes, los lugares que recreaban le parecían el decorado barato de un teatro de barrio en mitad de una plaza, los diálogos, forzadas intervenciones de actores que no se sabían sus guiones y leían papel en mano; un apuntador que redirigía la acción allí cuando fallaba la memoria, un tiempo apretado a veces, condensado hasta lo imposible, otras dilatado hasta el extremo, un En busca del tiempo perdido que ella no se podría nunca creer. Se había roto, sin más. Su hijo lloraba, quizás debía amamantarlo, quizás simplemente se había asustado con algún ruido del exterior, el viento marítimo del verano que entra sin cuartel por una ventana abierta. Su hijo, el mismo elemento que la había despertado de su letargo vital era al mismo tiempo el que le advertía para volver a su vida. Cuando dejó de oponer resistencia se hallaba en el capítulo VIII de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, “Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación”.

—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.

—¿Qué gigantes? —replicó ella.

Entonces comprendió de golpe por qué Sancho cuestionaba los gigantes de Don Quijote, advirtiéndole de los suyos. -Soy un gigante, un Sancho, un Quijote, estoy hecha de la misma materia que ellos, comparto su esencia, soy yo también un personaje más que no ha encontrado su lugar en la página, el borrador de una esencia, Paul, no recuerdo ni mi nombre, ¿era Shalom?-.

Beatriz Arcos

#hombresyalgunasmujeres

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s