A todos los que tienden: compartimos

Durante cuatro horas olvido mi intimidad e identidad colgada, expuesta, en dos cuerdas de alambre; esperando el escrutinio del sol y del tiempo.

Tender la ropa: dedicar quince minutos a escoger las pinzas, estirar las camisetas, sacudir los pantalones vaqueros, encontrar los calcetines perdidos. La cotidianidad une. Puede que por ello algunos recurran al debate lejano, la herida remota para crispar encender y dividir opiniones.

Compartimos el momento, la dedicación, el tiempo, nadie tiende con frío: en invierno cuando atardece a las cinco y media de la tarde en el sur y aún más temprano en el norte, todas las coladas descansan en casa.

Durante cuatro horas, tres o cuatro veces por semana, olvido mi intimidad e identidad colgada, expuesta, en dos cuerdas de alambre; esperando el escrutinio del sol, del viento, de los vecinos.

Sujeta con dos pinzas bajo los extremos de las axilas, tiendo una camiseta de rayas azul y blanca. Con cinco años y deformada por el tiempo, en la que ahora podrían entrar cuatro personas como yo, con arrugas y decolorada; mantengo la camiseta porque no me atrevo a deshacerme de ella. Tengo miedo a olvidar el tacto del algodón que un día guardó mis dieciocho; una espalda asediada por el ejército de la pubertad. Una cuerda más atrás tiendo los pantalones vaqueros, ¿qué pensará el vecino, cuando suba a compartir su colada con la mía, sobre los cráteres instalados en el roce de los abductores? Puede que imagine una vecina con un peso no apropiado, alguien que no cuelgue en el tendedero virtual los biquinis de agosto. En total, dos sudaderas, varios calcetines, un par de camisetas para hacer deporte, tres jerséis y un sujetador.

No hay mayor realidad que aquella que nos cubre, nos quita el frío en noviembre y resalta nuestro moreno en verano; aquella que separa el ocio del negocio. La que nos avergüenza con el paso del tiempo y ahora representa. Quitar y poner lavadoras, tender la ropa; preparar la comida, calentar el café del día anterior, pasear al perro, al hijo, pasearse a uno mismo, olvidar las llaves, perder el autobús. La cotidianidad une, ¿en qué momento nos separamos?

A todos los que tienden: compartamos.

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