El periódico de los domingos

Muchos domingos, no puedo decir que todos, compro el periódico. Antes estaba a suscrita a Le Monde Diplomatique, y al ser una publicación mensual, también la sigo adquiriendo cada tanto, aunque no con tanta asiduidad.

Hay algo ritual en la compra del periódico los domingos, probablemente se deba a una memoria de la infancia; mi padre siempre compraba en casa el periódico los fines de semana, y no uno sino varios, junto con revistas. Los largos y sosegados desayunos de churros, grandes tazones de leche, cruasáns con mantequilla y mermelada combinaban a la perfección con la lectura de todo tipo de puntos de vista y se alargaban hasta casi el mediodía, y almorzabas con poco apetito pero con grandes conocimientos sobre el mundo que te rodeaba. Empecé por recortar fotos, titulares y noticias que me llamaban la atención y a atesorar el gusto por nuevos y viejos escritores y por las críticas literarias que publicaban. Puede que por esa razón para mí la prensa escrita tiene un valor sentimental añadido. Ahora paseo a mi perrita y me provoca ternura cuando veo a personas mayores con la bolsa del pan recién hecho y su periódico bajo el brazo, da igual que sea La Razón o El ABC, aunque he de admitir que me despierta más simpatía cuando los veo con El País, el periódico con el que he crecido y forjado mi visión del mundo. Antes solían estar amontonados en el kiosko, cientos de ejemplares que en seguida se iban a los brazos de los madrugadores, ahora cuesta vislumbrarlos entre postales de Sevilla, chucherías, guías turísticas de la ciudad y souvenirs. La lectura calmada en papel ha sido sustituida por un torrente incesante de noticias al segundo, de lectura saltimbanqui de titulares en lo que parece ser una carrera de obstáculos entre anuncios y nuevas y actualizadas noticias que anulan o contradicen a la precedente. La desmemoria histórica les viene tan bien a todos… Y pienso en Instagram y en los adolescentes y en su forma de leer y en su falta de concentración (no solo de adolescentes); en cómo saltan de una novedad a otra sin pararse ni un solo momento a reflexionar sobre su veracidad o sobre su alcance y en cómo ahora el protagonista de la noticia ha pasado de ser el evento a ser uno mismo. Y en qué noticias son las más leídas y en quiénes son las personas que constituyen ese hecho noticiable. En cómo lo fácil y lo digerible ha tomado el relevo de lo complejo y lo profundo. En cómo esa nueva forma de asimilar la realidad moldea nuestro pensamiento, ya sea en lo político, lo social o lo cultural, todas patas de una misma mesa. Y nos sigue sorprendiendo que los chicos tengan TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), o que no atiendan en clase, o que tengan “mono” del móvil si no lo pueden usar en las aulas cuando hemos convertido entre todos a la inmediatez en la condición imperante que rige nuestra conducta y nuestras vidas.

Hay virtud en tomarnos el tiempo para ejecutar cualquier actividad, si acaso en la lectura hubiéramos detenernos más. He podido experimentar una ansiedad de información, leo titulares como si los estuviera asimilando todos, cuando en realidad lo único que consigo es cansar mis ojos y mi mente, cada vez más distraida. Leo titulares y guardo pestañas en mi móvil de noticias que leeré luego, recomendaciones culinarias, títulos de libros, artículos sobre pedagogía y educación, nombres de películas, pintores, inauguraciones de exposiciones, palabras que me llaman la atención, palabras que desconozco en otros idiomas, canciones, marcas ecológicas de ropa y zapatos… y, ¿sabéis qué? Que no vuelvo sobre ellas nunca más. Que se quedan ahí, ocupando memoria en mi móvil, 84 pestañas, “debería borrar alguna aplicación”, “no tiene espacio suficiente para recibir mensajes”. A veces ocurre que guardo en momentos distintos la misma referencia dos veces y es entonces cuando me digo a mí misma, “esto no puede seguir así”.

Vivimos una vida pospuesta excesivamente estimulada buscando satisfacción en el presente, en la que no somos siquiera capaces de leer o hacer solo una cosa a la vez, como si en realidad eligiendo esa como única estuviéramos condenándonos a no hacer el resto de opciones que se nos presentaban. El sacrificio que supone llevar a cabo una tarea, leer un periódico o un artículo entero sin distracciones, hablar con tu amigo sin mirar el móvil constantemente o simplemente colectar rayos de sol mientras bebes el café en una terraza se te recompensa con una mente serena, una tarea bien ejecutada, una lectura asimilada y comprendida o una amistad más profunda y no digamos una tez morena.

 

Beatriz Arcos

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