Geografía del realismo trágico: la ciudad

Geografía del realismo trágico – I La Ciudad

Los errores pueden ser descomunales, minúsculos, intencionados o inconscientes. Decía Dalí, quizás para calmar las almas rencorosas o tal vez para disuadir las dudas sobre su excelencia, que siendo un niño, en el colegio, escribió la palabra revolución con cuatro faltas de ortografía. Para algunos escritores el error era más una forma de entender la escritura, el arte de diseñar palabras y construir edificios de versos. El error es a veces intelijencia con la que a algunos quema la garganta y, para otros ausencia que pasa desapercibida.

Los errores forman parte del mapa del realismo trágico. Cada oficio que configura la geografía de los quehaceres urbanos posee una lista de errores. La cartera puede olvidar alguna postal en el fondo del carrito. El carnicero puede olvidar durante el cortado y secado del animal, algún hueso o grasa que no se necesita para el cocido. Algunos errores son más graves, como confundir durante la persecución al ladrón que había robado la cartera al octogenario, olvidar en la función del político la existencia de los barrios…etc.

Errores hay muchos; pero, en la geografía del realismo tráfico los puntos negros son errores incisivos que golpearon la cabeza de aquellos que lo sufrieron.

I – El camarero

Algunos piensan que los veladores son extensiones de las manos de los camareros, ellos hacen y deshacen tu mesa, tus platos e incluso alimentan a tus hijos con la velocidad de una manzana cayendo de una estantería. Los agentes de la Policía Racional detectaron hace un par de días un grave error en el Punto Cinco del mapa del realismo trágico. Un camarero olvidó servir antes la mesa que más tiempo llevaba ocupada. El padre recriminó el error al camarero y de paso, vació toda la artillería pesada que cargaban sus pómulos. De su boca salió algún improperio, varios gramos de feismo y una clase magistral para sus hijos de “cómo tratar en la urbe trágica al servicio”. Cuando acabó, los hijos hundieron sus codos en la mesa, acercaron la barbilla a la botella, tantearon la cañita y sorbieron cada palabra fraternal suspendida en el aire.

II – La ciclista

En esta caso, la Policía no tuvo con intervenir, por suerte y por velocidad. Una aventurera ciclista decidió pedalear por la acera. Grande, extensa, con un diámetro de la a la zeta. La acera no solo dejaba lugar a las dudas, sino también a los seguros, las interrogaciones, exclamaciones y a todo aquel que entre. Una acera grande, extensa, una madre tirando sin brazos de sus hijos, iban al dentista, se chocan sin mover un pelo con una ciclista. La acera es grande, extensa, cada uno se encuentra en un punto del diámetro, de la a a la zeta. Pero los improperios vuelven a brotar, porque en la geografía del realismo trágico la red vial se completa cuando alguien se acuerda de otro alguien, en unos términos dantescos. Los hijos, siempre delante como en “El Camarero”, preguntaron a su madre el porqué de las muecas y ella sentenció. El dentista les quitó dos muelas, la madre varias palabras y un poco de razón.

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