Mi mapa del tesoro

Las librerías deberían estar al aire libre.

En mesas anchas, largas. Como en las bodas rurales.

Montones de libros desordenados esperando a ser escogidos por el hábil explorador de literatura.

Libros de todo tipo, sin distinción ni orden, amontonados quizás en columnitas que faciliten su desplazamiento de una a otra rápidamente proporcionando un campo de visión total al explorador de libros. Los libros pasarán por todas las columnitas, compartirán altura con libros de instrucciones sobre arreglos en casa de aspiradoras de los 60 y secadores de pelo y bombillas, con antologías poéticas, de títulos que designan su contemporaneidad – me da risa, al mirarlos, como al de “Pintura Contemporánea”, un ejemplar que si acaso me cuadruplica la edad, una contemporaneidad reserva, con solera que ahora ya es vanguardia pasada – ediciones del Quijote se mezclan con libros para aprender francés, cuando De Gaulle era presidente y había algo por lo que luchar, con otros de series B de portadas que ahora podrían ser secuencias de Tarantino.

Me alivia la mera existencia de que me ronde este pensamiento.

La horizontalidad frente a la verticalidad nos obligaría, a los exploradores, a mirarnos a la cara. A descubrir, desarmados, nuestras debilidades. A compartir tesoros y mapas. Mi mapa se rige por la casualidad y la coincidencia, son ellas las que me dirigen hacia el lugar exacto del tesoro; quizás por eso me gusten tanto los libros de piratas (sobre todo en verano).

Ambos mantras configuran mi magia, en la que yo creo. Mi truco reside en estar poco pendiente de él, no quiero desentrañar sus pasos, ni saber cómo se consigue sacar la paloma de la chistera. En cambio, asisto al espectáculo con ojos infantiles, crédulos e ingenuos, abrazando el destino con el que estos objetos vienen a mí: yo soy la chistera.

Hoy saqué de ella “Los pasos perdidos” de André Breton, una edición de Anagrama que poseyó antes que yo alguien en 1976. Lo empezó el mes de febrero, no apunta cuándo lo concluyó.

“Tengo veintisiete años y me vanaglorio de no experimentar, desde hace mucho, este equilibrio. Siempre me he abstenido de pensar en el porvenir; si he elaborado proyectos ha sido por pura concesión a determinados seres y solo yo sabía cuántas reservas en mi fuero interno”.

A veces juego a pensar que en esta exploración soy yo sujeto y no objeto, que es el libro cargado de voluntad el que me elige a mí, por alguna razón que solo conoceré cuando lo acabe.

 

Baetriz Arcos

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