Elige tu credo

El 18 de enero de 2018 acontenció.

Cerca de casa, iba yo a sacar una bicicleta públicas de ese servicio que hay en Sevilla y en otras ciudades de España, conocida como SeVici. Ese día, o el anterior, la memoria me falla, me había presentado al examen de conducir. Era la tercera vez que lo hacía, y se lo había anunciado a muy pocos elegidos, los chosen-one, los que quizás no iban a mirarme con cara de monstruo de las galletas al advertir que en efecto, era mi tercer intento. Iba al límite en fechas y parafernalias institucionales, puesto que, siete días después se cumplía la caducidad de dos años desde que te sacas el examen teórico. Es decir, era mi última oportunidad para no tener que perder una de las dos partes que te habilita como conductor, y ciertamente, a mí se me da mejor hincar codos que usar mis manos para las marchas.

Como decía, iba yo a sacar una bicicleta pública para moverme, quién sabe a dónde cuando un señor de altitud similar al Mulhacén y años cercanos a Mahoma se acercó a mí con una media sonrisa y las manos en alto, como yéndome a hacer una indicación, una predicción, un consejo o una advertencia. Y así fue, un consejo y una advertencia, y quizás también, como luego comprendí, una predicción. “Ten cuidado, conduce con cuidado, y no te saltes ningún semáforo en rojo. Que te bendiga San Cristobal, que te guíe”. He de repetir, pues es significativo para mi historia, que yo aún no había accedido a la bici ni daba señales de acercarme a ella, solo yo podía saber cúal iba a ser mi siguiente movimiento.

Le di las gracias, como quien da las gracias cuando te paran por la calle para que te afilies a Intermón Oxfam a sabiendas de que esa quizás no era la respuesta que debías emitir, y seguí en mi camino hacia la bici, confundida y algo turbaba. ¿Qué querrá decir este hombre? Lo relacioné con una especie de designio divino, una advertencia; mi examen no fue nada bien, estuve a poco de empotrarme (según supe al terminar el test) con un coche en una rotonda, aunque para mí todo había ido perfecto. Más tarde, rumiando la historia en casa, no daba crédito a sus palabras. Al día siguiente supe que había, milagrosamente, aprobado el examen. Y fui corriendo a la autoescuela a contarles lo que me había ocurrido, allí me descubrieron que San Cristobal es el patrón de los conductores y el que había sido mi profesor y la mujer que trabaja de administrativa quedaron estupefactos al oírme contar la historia. “Qué bueno, qué bueno…” decían. Para todos, aún a día de hoy, continúa siendo inexplicable mi aprobado e inaudito el suceso con aquel señor.

Hace unos días, el mismo señor iba caminando por la misma acera de la otra vez y yo, iba esta vez montada en mi bici, lenta, con mucho cuidado, pasando entre la gente que iba a entrar al supermercado. El hombre, el alto hombre, paró a una persona y le dedicó las mismas palabras que me había dedicado a mí, y entonces lo entendí todo. Yo había sido un oyente involuntario más, entre otros muchos a los que había proferido idénticas palabras.

Pero elegí pensar que yo había sido su primera vez y que debía creer en la protección de un tal santo que cuidaría mis pasos.

 

Beatriz Arcos

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