Extimidad: biografías en tiempos de irrealidad

Todos hemos tenido alguna vez en nuestra vida un diario. Hablar de lo que acontece y de lo que te acontece no está mal, resulta terapéutico, reflexivo y ayuda a conciliarte con tu mundo interno y también con el ajeno, ese que vagamente puedes controlar. Solíamos tenerlos a buen recaudo, en algún cajón perdido, tapado por otros cuadernos u otros libros, asegurado por un pequeño candado a veces solo disuasorio para el que no teníamos ni llave. El ritual aseguraba la sacralidad del objeto; poca luz, a la espera de que todos se hubiesen ido a dormir o al menos que anduvieran lejos, bastaba el lápiz para desfogarte del inexcrutable caos de tu vida ilusoria. Recortes de todo tipo de naturaleza que lo sacro convertiría en recuerdo,  pintadas emancipadoras, anhelos de conversaciones imposibles, lo secreto y lo cotidiano, todo en un mismo espacio rara vez compartido con otra alma.

Algunos han convenido hacer del diario su ficción. Pero la vida  nunca es un camino unipersonal, es un andar compartido. Y a algunos, la proclamación pública de esa vida ficcionada no ha gustado. A los que toca tangencialmente, personajes involuntarios de una novela, quizás sientan que su diario también ha sido revelado. Karl Ove Knausgård, escritor noruego, ha convertido su vida en un best seller de no menos que seis tomos y polémico título Mi lucha, y ha cedido a cambio a la mayoría de sus familiares y amigos, quienes aun con seudónimo y algún lunar desviado han visto su intimidad expuesta y sin permiso no con demasiado agrado. Woody Allen ya había satirizado con esta posibilidad en Deconstructing Harry, cuyo protagonista sufre el agravio por haber usado como inspiración más que evidente a sus mujeres, familiares  y amigos, aireando affaires y desdichas debido a su bloqueo creativo como escritor. No sé si Ove Knausgård sufría bloqueo o fue por otro motivo, pero no le debió faltar material dado lo prolífico de su obra. A Mario Vargas Llosa le valió una denuncia de su exmujer e imagino que la actual no deberá de respirar tranquila cuando lo oiga teclear en la máquina de escribir.

Sin embargo, en otras el consenso legitima la manifestación pública de lo privado a través de un asentimiento coral. Ya sea por medio de entrevistas a distintos personajes a los que se otorga una participación casi democrática, permitiendo como en la película I, Tonya hacer justicia a una narración que, en el que fue su tiempo presente solo recibió juicios de valor y veredictos de jurado popular estadounidense. Y qué decir de los catorce años que duró el rodaje-vital de Muchos hijos, un mono y un castillo. Multitudinario, familiar y convenido era el elenco de cómplices que velaban los varopintos disparates de su madre, ahora convertida en abuela de España.

La realidad hecha ficción no es un producto menor e inferior a la ficción tan solo inspirada por la realidad; la imaginación y la evocación, la destreza narrativa en velocidades, saltos, intrigas, mieles en los labios, descripciones, lenguaje lírico, todos ellos son ingredientes en una receta mayor. Hay quien conjuga unos y decide prescindir de otros, el resultado nunca será el mismo pero sí deberá ser juzgado con los mismos méritos. Ahora bien, saberte convertido en un personaje y que hayan desvelado acuerdos que fueron pactados en la intimidad ha de quemar en lo más hondo de tu confianza destruida .¿Es legítimo revelar las verdades de una vida que fue íntima al resto del planeta tierra en pos de la libertad de expresión y de la creación artística?

 

Beatriz Arcos

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