El sustituto de la realidad

Lo barato. El sucedáneo. La marca blanca de las clases que no son altas. Lo barato y el tiempo. Son dos conceptos que van estrechamente unidos. Dos caras de una misma moneda: la del capitalismo. Me decía mi hermana: “Lo más fácil para vivir es no ser crítico” y tiene toda la razón. De qué me sirve la queja, el tormento.

En la obra “La era del sucedáneo” de William Morris, el autor lanzaba una crítica muy precoz hacia la incipiente sociedad capitalista XIX describiendo las vilezas y la precariedad que, ya por aquellos entonces, generaba ese régimen.

La metáfora del sucedáneo como aquel subproducto más deficiente de la realidad que aquel que no poseía los recursos económicos suficientes estaba destinado a consumir. El sucedáneo como alimento, vestido y modo de vida, la condena a una existencia de segunda categoría perpetua.

El sucedáneo nos rodea; no hace falta ser muy avispado para darnos cuenta de ello, aun cuando soy consciente de que escribo (y vivo) desde una posición mucho más privilegiada que la que ostentan muchas personas. Y sin embargo, yo también, consciente e inevitablemente también lo sufro.

El sucedáneo. A diario asistimos a su puesta en escena. Resignados a su statu quo, pero solemnemente acatado.

El prefijo low antecede al sucedáneo. Abaratan en coste, en tiempo, en calidad y en cantidad. Mi gimnasio es low cost. Un gimnasio de bajo coste con hordas de clientes. Un torno regula las entradas y las salidas y mi huella dactilar permite el acceso. Low cost además significa despersonalización: a la misma clase asistimos cuarenta personas (clientes). Nos rozamos los pies, chocamos nuestras esterillas, me rebozo en el sudor que lleva impregnando el suelo durante las doce horas que lleva abierto el centro. La profesora habla a través de un micrófono. Voy a yoga y aunque en el yoga hay mantras, las frases que repite me suenan a refrito despersonalizado, alienado, ni ella misma recuerda cuándo fue la primera de la enésima vez que la pronunció. Es un mantra casi publicitario, casi hipnótico. Asisto a mi décimo segunda clase y ya sé lo que va a decir antes de que lo retransmita por el micrófono que lleva adherido a su boca.

Antes asistía a otras clases de yoga, unas clases reveladoras, trascentales, personales que no personalizadas; nos presentábamos al entrar, nos sabíamos los nombres de nuestros compañeros de sala aunque solo los recordáramos durante las casi dos horas de duración de la clase. La profesora nos corregía, nos alentaba, nos cuidaba, nos miraba, éramos cada uno de nosotros, con nuestro nombre completo durante esa clase, pero también durante el resto de la semana que podíamos seguir compartiendo pensamientos y charlas con ella. Era más caro, sí, pero también era más real.

Constántemente nos sentimos impostores pero seguimos siendo participantes activos de la maquinaria del sucedáneo. Le estamos empezando a coger el gustillo a su sabor artificial y adulterado. Y para cuando queramos volver a la realidad habremos perdido por completo cada una de las papilas gustativas que una vez tuvimos.

 

Beatriz Arcos

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