Las cookies mataron la serendipia

Serendipia

Adapt. del ingl. serendipity, y este de Serendip, hoy Sri Lanka, por alus. a la fábula oriental The Three Princes of Serendip ‘Los tres príncipes de Serendip’.

1. f.  Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual. El descubrimiento de la penicilina fue una serendipia. 

Igual algunos de vosotros ya conocíais esta palabra, quizás otros la leísteis de pasada en una de esas listas que hacen ahora las páginas de “Las diez palabras más bonitas en tu idioma”, “Palabras que representan realidades que no conocías” y así sin fin, listas y más listas de conceptos que, por lo general, olvidamos inmediatamente después de leerlas. Yo recuerdo que de pequeña conocí esta palabra por la película Serendipity de John Cusack, en su momento me pareció que era aceptable, pero creo que si la volviera a ver vomitaría. Cosas de la edad.

La serendipia es algo que está ahí, un fenómeno que alimenta la magia de la vida que no está contaminada por la relación de causa-consecuencia, se atiene a ese resquicio infantil que nos queda, a la no resignación por la victoria de la lógica como único sentido posible. La serendipia estaba ahí hasta que llegó Google. Y entonces se desveló el truco del almendruco. Las cookies, malditas cookies. Por atractivo y cómodo que resulte navegar por la web y que mágicamente aparezcan esos zapatos que viste en un flashazo de tu infinito scroll down y que creíste que nunca volverías a encontrar, o que te ascienda en pop-up la foto de Facebook de recomendamos-que-agregues de ese ligue al que solo pediste el número; la coincidencia deja de ser casual para convertirse en una red perfectamente tejida de ofertas y demandas y de creación de nuevas necesidades, entre ellas la de la dependencia cada vez más patológica a este medio que ya es fin.

Una vez, leyendo Los vagabundos del Dharma de Jack Kerouac encontré precisamente la descripción de una sensación que yo experimentaba algunas veces cuando caía en una especie de duermevela, una sensación que nunca antes había sido capaz de manifestar con palabras y que, aún a día de hoy, sigo intentando expresar. El sentimiento de hermanamiento, de empatía hacia su descripción fue tan potente, que me dejó tocada en un lugar que solo los verdaderos amantes de la celulosa son capaces de aprehender. Fue un hallazgo precioso, una conexión casi divina.

Ahora, con esa vida pospuesta* que es nuestra pantalla del móvil, una acumulación de contenidos, páginas, datos, concursos, recetas, fotos que no sé si alguna vez llegaremos a leer o a ver en profundidad, ahora, con esa delgadez con la que nos acercamos al conocimiento, estimo cada vez más complicado disfrutar del hallazgo fortuito en ese constante alumbramiento de pantalla de nuestra soledad conectada. La actualización constante lo hace imposible. Todo lo mata la ambición del dato, la vanidad de la inmediatez; frente a la saturación y a la predecible conducta de nuestro rastro virtual yo reivindico la hoja arrugada por la esquina, la frase subrayada, el grito mudo ante el descubrimiento.

 

 


*La vida pospuesta es un concepto al que recurre Remedios Zafra en su ensayo El entusiasmo: Precariedad y trabajo creativo en la era digital que os recomiendo encarecidamente que leáis.

Beatriz Arcos

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