Una lectora casi profesional

Siento que tengo que escribir. Y me siento a escribir.

Me propongo una ceremonia, corona de flores de bolis bic, páginas a medio llenar, esquinas dobladas anunciando asuntos pendientes, ideas inconclusas rondando mi cabeza. Y pienso, menos mal que no me dedico a esto. Menos mal que esto ni me domina ni aún se ha convertido en un dominio mío más, en una de esas competencias que parece ser que debemos alcanzar con la educación y la escolaridad obligatoria y la Lomce. Menos mal que no es una profesión. Siento que tengo que escribir, como necesidad imperiosa pero no siento que deba. Y suspiro de alivio al sacudirme de la impertinente cantinela de la obligación, la que liquida voluntades, espíritus y la actividad en sí.

Es un alivio escribir con otro fin. Es un alivio no escribir con la intención de publicar, pensando cómo y de qué manera tendré que defender mi propuesta a otros, pensando si se adecuará a las necesidades de la industria, a los gustos del consumidor, a los cánones del sistema.

Escribir como fin en sí mismo, como cura de mis incertidumbres. Escribir para construir un hogar, otro hogar a veces más hogar que el original.

Hubo una vez que me angustió escribir. Empecé casi sin querer, como prosiguiendo ese camino habitual de al que se le supone que escribe, el que te indica que tienes que dar a conocer tus escritos al Público – con P mayúscula – ese salto natural entre lo escrito y lo expuesto, ese presentarte a concursos, enviar tus escritos a editoriales, esa vergüenza, ese sufrimiento. Con suerte te hacen caso, has de correr con los gastos de la publicación y ellos se encargan del resto que ahora es habitual: concertarte entrevistas, hacer presentaciones, firmas de libros, publicar tu cara en pósters como si fueras un cantante de rock, incluso hacerte pegatinas y tarjetas de bienvenida. Tú escribes, tú pagas, ellos se encargan del merchandising. Tras varias puertas cerradas y alguna entreabierta, un cartel que rezaba “Se acabó”. Me lo dijo esa voz interna que tiene elucubraciones de lucidez de cuando en cuando, quizás cuando te hieren en lo profundo de tu orgullo. Y dejé de mandar mis hilos por ahí, a no sé qué fin a no sé qué patria y decidí seguir tejiendo en la calidez de mi hogar, natural e imaginario.

Siempre he tenido una tendencia al anarquismo cultural o al conocimiento libertario, siempre he sostenido una intensa charla conmigo misma y la mercantilización de la cultura. Y siempre aparecen los mismos interrogantes y los mismos callejones sin salida; sin mecenas, sin dedicación en tiempo el arte no existiría. No podría aguantar como hobby al que sustenta el trabajo de verdad. No obstante, sin ese trabajo de verdad, se perdería en libertad y se acabaría cediendo al poder de mercado para poder sustentar tu obra y tu existencia como ser viviente, comiente, durmiente.

Ahora ya he hecho las paces con ese yo que anhelaba ver devuelto un pedazo de hilo en forma de apreciación, un poco de ego que ha sido ocupado en otras tareas mejor avenidas. Me consagro como lectora casi profesonalizada que sublimará su escritura en la rebeldía, en la lucha contra la superficialidad y el envoltorio, me consagro en la tangencialidad y pura imperiosidad de la escritura.

Beatriz Arcos

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