La intolerancia

La intolerancia
Somos intolerantes a la lactosa y a la pizza con queso mozzarella. Generamos en nuestro
organismo intolerancia a la piel del melocotón, al agua que suelta la pera y las fresas con
nata.

Intolerancias.

Las hay de todos los gustos, de todos los sabores, de todas las clases. Los más pudientes generan intolerancia al ácido úrico. Se les hinchan las extremidades cuando las delicias del mar y los alcoholes más finos inundan sus arterias. Los pobres, en cambio, tienen intolerancia a la carne roja. Sus dientes se estremecen cuando la muerden, y sus estómagos extraños a esos sabores, no tardan en devolver la comida que han probado.

Devolver.

Devuelven el marisco, el vino blanco y el champagne. ¿Cuánto tiempo tiene que pasar hasta que una niña con malnutrición deje de alimentarse vía nutributter? También devuelve el extranjero que viaja a esos sitios aislados el contenido que ellos le ofrecen.

El Ministerio de Asuntos Exteriores le recomienda la vacuna para prevenir infecciones y malestar debido a los alimentos dañinos que encuentre en las zonas a las que viajará.

Amable, con cierto desdén, pregunta la doctora cuales son mis destinos. Le respondo.
En un segundo más de diez enfermedades raras han nacido en mi conocimiento.

La intolerancia. No beba agua, no utilice agua del grifo para lavarse los dientes. No pruebe comida de la calle, no camine. No huela los fritos, no salga de su casa. No pruebe el pescado de la costa, vaya a McDonald’s. Use repelente de mosquitos, duerma con mosquitera, pase calor.

La tolerancia llega y te pega una bofetada. La tolerancia llega y te hace vomitar todo aquello que has probado con miedo. Bebiste un poco de agua mientras te duchabas, inconsciente. La intolerancia llega y deja su rastro en ti, una semana en la cama con fiebre y diarrea.

Los mundos, aquellos que se sitúan en la pole o en el pódium de los terceros. Unos no pueden alimentarse porque su cuerpo ha olvidado cómo comer, otros, pobres, no pueden beber agua porque la suya es demasiado pura. Unos recogen de la lluvia sus restos y se hidratan con las nubes, otros escoden en guaridas subterráneas el agua que cae para que no huela mal, para que no deje rastro la lluvia del mar.

Llevo una semana en la cama. Me sudan las manos, la frente, el cuello, la espalda e incluso las palmas del pie. No puedo probar la comida, he perdido el apetito. Hace una semana que viajé a Rincón del Mar, Sucre (Colombia). Ellos no tienen carne en su mayoría, es una población pescadora. Pasé varios días alimentándome del pescado que varios hombres recogían del mar bien temprano. Arroz, patacón, pescado y un jugo. Llevo una semana en la cama. Me sudan las manos y siento vergüenza. ¿A qué soy intolerante?, ¿a la comida sin aditivos?, ¿al agua no refinada? Me pregunto, en uno de los delirios que la fiebre causa, si tú también serías intolerante a alguno de mis alimentos, de mis hábitos. A lo mejor te molesta el humo que desprende el coche que pasa pitando por delante, te hará toser. Puede que no soportes el agua con gas, con limón, frutos rojos, o de alta mineralización y que te haga vomitar.

 

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Celia Arcos

 

 

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