Los millennial también lloran

La generación Millennial (odio este término)- la generación que nació entre finales de los ochenta y principios de los noventa tiene a su disposición gran género de productos artísticos y de consumo. Y a ellos van dirigidos numerosos adelantos tecnológicos, muebles baratos de diseño, aplicaciones con las que conocer a personas, fiestas semisecretas, frases de autoayuda que colocar en tus redes sociales, políticos que bailan, medios de transporte económicos con los que acercar distancias en este valiente nuevo mundo (espero que no os aburran las enumeraciones llegados a este punto), libros de poesía erótico-masónica, festivales de música de eterna duración, un sinfín de pasatiempos, unos más livianos, otros de mayor profundidad que determinan y describen la realidad de sus miembros.

A pesar de que ya hemos comentado en artículos anteriores que la despreocupación que a veces nos intentan atribuir a este grupo heterogéneo de personas sin tener en cuenta la complejidad que supone asimilar un mundo enfermo de tantas crisis que pareciera que solo la evasión pudiera arreglarnos; de forma paralela y en la dimensión artística ya se está tratando de relatar e indagar en nuestra percepción de la realidad sin caer en la superficialidad, no es baladí, es más bien como intentar diseccionar la fase histórica que nos ha tocado vivir de una forma lógica e imparcial. Libros, películas y, por supuesto series. En este caso ha sido el cine el que me ocupa y,  un subgénero en particular del cine independiente o indie, bautizado como mumblecore. El cine como potencia visual narradora magnífica en este caso se encarga de echarnos un brazo por alto y musitarnos, tranquila, no estás sola. Porque alguien tiene que ilustrar la ruptura generacional, el abismo que nos separa de la juventud que disfrutaron nuestros padres, la mutación de las condiciones laborales, económicas, de poco más que de un disímil mapa del mundo, de aspiraciones y sueños tirados por los suelos que fueron perfecta y feacientemente proferidos como reales por padres, maestros, educadores sociales, asistentes de la condicional etc. Alguien debió bajarnos del burro antes de irnos a buscar a Juan Ramón Jiménez.

Es un mal síntoma que muchos nos sintamos identificados con algunos de los personajes de estas películas que tratan de realizar su pasión y la ven frustrada principalmente por su exceso de edad (27 años). O por ejemplo, que otros muchos se sientan turbados en conversaciones de copa de vino que versan sobre sueldos, traslados, bodas y proyectos de niños encargados a la cigüeña. Asistimos a un acantilado de salto mortal en el que pasamos de codearnos con nuestros iguales saltando de trabajo en trabajo malpagado a vislumbrar casi la planificación de nuestro plan de pensiones, sin pasar antes por la casilla de salida. Lo que estas películas de conversación y paisaje cotidiano nos presentan es lo que ya hiciera en su momento Woody Allen con Manhattan, anticipando los retratos urbanos y centrando en  las relaciones sociales el transcurso de nuestras identidades, nuestros fracasos, nuestras fallidas relaciones amorosas, nuestros desencuentros amistosos o nuestras decepciones laborales. Nada de lo que les sucede a los protagonistas nos es ajeno, no hay ciencia ficción, hay tanta veracidad en sus discursos que resulta imposible permanecer impasibles después de verlas. Eso es lo que me ha pasado a mí con Frances Ha.  Mientras la ves y sobre todo, cuando la acabas, piensas en tu amiga, con la que te congratulas de seguir sin considerarte una adulta seria y le prometes que continuarás pasando noches enteras hablando sobre sinsentidos y riéndote a carcajadas, jurando que la edad y los deberes acoplados de cada fase no socavarán la espontaneidad que os debéis y recordándoos que el ridículo solo se hace cuando no se está plenamente seguro de que la vida sigue siendo un juego, de niños y adultos.

 

Beatriz Arcos

 

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