Lista de nombres anónimos I

39c # 73-71. Las direcciones en Colombia son una obra el diablo. No hay quién las entienda. Encuentras desde calles, cuadras, circular hasta transversal. Si no fuese por la infinita amabilidad de los paisas que te llevan hasta la puerta del lugar que necesitas encontrar, seguirías ahora mismo caminando en círculos perdido en las calles de Medellín. 73-71 es mi dirección. Al principio me costó aprenderla, pero después de un tiempo considerable me he acostumbrado a la duplicidad de los números en las calles y a la geometría lorquiana de Nueva York en Medellín. Justo al lado de mi casa, en el 75 vive Sura. Sura no es una mujer, ni un hombre ni ningún acrónimo de asexualidad o transgénero. Sura es una de las más grandes empresas de seguros de Colombia. Cuando el conductor de Uber no sabe cómo ubicarse siempre le digo “la casa que está al lado de Sura” e inmediatamente sabe de qué le hablo. Todas las mañanas entran y salen un sinfín de personas de esa oficina. Está la pareja de comerciantes que desayunan varias veces al día, el jefe de seguridad que porta con determinación una enorme arma y te mira desafiante. También entran y salen señoras mayores en busca de su recompensa por una vida de trabajo o simplemente aquel que tiene libre un hueco en su agenda y decide ir a revisar cómo van su seguro de vida “¿me habré muerto ya?”.

De entre todos los esperpentos que pueden entrar y salir en un día hay una persona que permanece mañana tras mañana inmóvil en la puerta de la oficina. Se trata de un hombre de no se sabe qué edad. Este dato lo desconozco y ni si quiera puedo hacer una leve aproximación por culpa de su tez, sus facciones y las grietas infortunas que el tiempo ha clavado en piel. Puede que tenga cuarenta, cincuenta, sesenta o incluso puede que tenga treinta años. El tiempo y la pobreza se han encargado de dejar en él la marca desigual del despojo material y económico. Cada mañana, cuando me dirijo hacia la universidad, cruzo una fugaz mirada con él. Me gustaría saber qué piensa sobre mí, sobre mi vestimenta, qué piensa sobre la blancura inmaculada de mis piernas o mi apariencia de europea. Lo más probable sea que apenas se dé cuenta de mi presencia. Él siempre se encuentra muy ocupada con sus amigos. Cada día tiene un amigo nuevo, aunque todas las semanas repite los mismos. Estos amigos saben cómo escucharle, le acarician y hacen compañía, aunque a veces deciden separarse un poco de él y de su olor a ducha vacía.

Sus amigos son su trabajo. Cuida de los perros de aquellos que no tienen el tiempo suficiente como para dar una pequeña vuelta al parque que rodea la compañía de seguros. La primera vez que le vi recuerdo sorprenderme mucho de inmediato ¿qué hace un hombre que parece sin hogar paseando a un carlino? Es más que obvio que esa raza es cara y, de tener algún perro una persona que vive en la calle sería una kafkiana mezcla entre extrañas razas que se encontraron por casualidad vagando al igual que sus dueños. Al día siguiente el perro había cambiado, ahora tenía un husky siberiano.

Te escribo a ti ahora directamente. Seguramente nunca leas esto y, si lo haces no llegues a comprender porque dedico el tiempo en hacerlo. Formas parte de mi experiencia, de mi percepción sobre un país que me era completamente ajeno. Nunca hemos hablado, apenas hemos intercambiado un par de miradas e incluso en algún momento haya llegado a sentirme insegura al mantener contacto visual contigo. Pero me equivoqué. Me gusta como acaricias a los perros, tan suave, tan delicado, tan alejado de la realidad que te rodea. Les acaricias para que ellos no sufran la áspera y dura atmósfera que envuelve el aliento de la calle. Mueves suavemente tu mano sobre sus cortos y gruesos pelos como si fuesen tuyos, con amor y dedicación. ¿Dónde está el rencor?

Una pareja entra y sale con enorme desdén y aire de superioridad. Casi te pisan, ni te miran ni te piden disculpas. Una moto te increpa gritando por qué estás sentado en la acera, te va a matar.

Tú intacto, inmóvil, inmutable a la repulsa de tus contiguos.

Ellos altivos, superiores, codiciosos.

Yo pasajera, efímera pero enamorada de tu tierra.

Me iré, pero tú seguirás acariciando cada mañana a los mismos perros en la misma acera. Me iré, pero nada habrá cambiado. Tú seguirás habitando la misma parcela de calle y ellos continuarán invadiendo tu espacio, sacudiendo su avaricia sobre tu cuerpo.

Celia Arcos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s