Soy el fuego que arde tu piel

Soy el fuego que arde tu piel, soy el agua que mata tu sed. El billete que cae sigiloso en la mano del pobre y compra su silencio y sus palabras. Soy la bala perdida que vaga por la Comuna 8. Soy el niño que perdió a su padre y acabó convirtiéndose en otro huérfano de la historia más. Soy la publicidad que te incita a consumir cocaína. Soy la canción que cantamos, bailamos y disfrutamos en una discoteca mientras, para muchos, es el himno de la derrota, de la desolación. Soy el fuego que quema las palmas de la mano de aquellos que se levantan a trabajar cuando aún el sol duerme. Soy el agua que no es potable, pero, es rica y es la única. Soy tú tarareando esta canción.

Hace un par de días, por la llegada del Papa Francisco a Medellín, el diario El Mundo decidió publicar un artículo con este excitante titular: Francisco, en la patria de los narcos. Bastante ingenioso si no fuese porque la plataforma Netflix ya se ha encargado de ocupar nuestra imagen sobre Medellín con sobres, rayas de cocaína, malparidos, bigotes poblados y cuerpos desplomados en el suelo. Pero, por qué El Mundo titula con esa sentencia el artículo si luego hace afirmaciones como la siguiente: Hoy, la ciudad se levanta, rompe con su pasado narcotraficante y recupera su esperanza de vivir. Como dice el santo argentino, no se han dejado robar la alegría.

¿Será para ganar la batalla del click beat?

El pasado domingo, durante la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, vi expuesto un video promocional de la ciudad en el que preguntaban a diferentes personas a qué sabía la ciudad de la eterna primavera, como así la llaman los paisas. “Contaminación”, “marihuana”, “tranquilidad”, “reconciliación”, “paz”… etc. La población de Medellín ha luchado y sigue luchando diariamente por despojarse del legado de Pablo Escobar. Pasear por las calles de la segunda ciudad más grande de Colombia es reecontrarse con uno mismo y con toda la historia que envuelve a la metrópoli. Las paredes hablan, quieren paz y quieren igualdad. Las personas actúan, quieren trabajar para construir sociedad desde la comprensión del pasado negro y, ¿qué hacemos nosotros? Construimos mensajes y estereotipos que refuerzan una imagen que no se asemeja con la realidad, producimos series de televisión, telenovelas y películas en las que se ensalzan la figura de narcotraficantes, productos culturales en las que elogiamos a los antihéroes.

Medellín no es la patria de los narcos. Puede que hace décadas sí lo fuese, pero, no ahora. Medellín es la patria de las flores, del café y del plátano. Medellín es la patria de la variedad de frutas de todos los colores, con forma de estrella y con nombres que jamás conseguiremos aprender. Es la patria de la amabilidad, del querer ayudar a todo aquel que lo necesite, de preguntar por una localización y dejarte en la misma esquina que buscas. Medellín es la patria de Botero. El hogar de la eterna primavera y la felicidad completa. Medellín es un pueblo que ha sabido comprender su historia y trabajar para no caer en los errores del pasado. Medellín no es la patria de los narcos. La patria de los narcos es un mapa mudo y sordo, un mapa que se extiende por todo el globo, con extremidades muy largas que rozan todas las esquinas de todas las ciudades. La patria de los narcos es la ceguera institucional. La patria de los narcos es el estrecho de Gibraltar, Galicia, la frontera entre estados Unidos y México, la Beat Generation, la ruta del bakalao.

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Celia Arcos

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