El evangelio del ateo

Para aquellos que vivimos en Sevilla esto nos resultará una escena muy familiar: un señor que viste habitualmente camisas de cuadros de mangas cortas sosteniendo una pancarta hecha por él que reza diversas proclamas (tiene varias pancartas que va alternando según el día y su humor), algunas de las más vistosas son “Dios es el Ratoncito Pérez de los adultos” o “Sé razonable, sé ateo”. Lo podemos encontrar paseando Calle Sierpes arriba y abajo, por la Campana y a veces llega hasta Plaza Nueva, intento seguirlo, escuchando conversaciones de personas que le increpan sus credos, otros musitan improperios en voz baja y otros tantos leen las sentencias y se ríen; sin embargo le pierdo la pista por la Avenida de la Constitución. Lo que siempre me ha llamado la atención de este señor es su perseverancia y su tenacidad en hacer ver su pensamiento y no dejo de pensar en lo paradójico que resulta que un ateo intente evangelizar con su mensaje a los viandantes. Eso suele ser terreno de las religiones.

Enfrente de la Antigua Fábrica de Tabaco, acual rectorado y sede de la Universidad de Sevilla se coloca un grupo de personas, alrededor de tres, que se pasan la jornada detrás de unos expositores en los que encontramos panfletos explicativos sobre porqué debemos acercarnos a su versión de Jesucristo, “Llévese uno gratis” se lee, aunque el panfleto gratuito viene acompañado de un precio a pagar, una arenga al más puro estilo de los predicadores de La vida de Brian que no te deja marchar hasta que acaba su jornada.

Haciendo uso de estos dos ejemplos con los que podemos toparnos en nuestra vida diaria se me presentan algunas cuestiones en mi mente a las que intento responder y no menos contrariedades; ¿no tratan ambos casos de imbuirnos reflexiones que deberíamos alcanzar por nuestros propios medios? ¿No son al fin y al cabo, sendas formas de evangelización forzosa, una en la supremacía de la fe y la otra en la victoria de la evidencia científica como única forma de aprehender la realidad?

Algunas de las personas que se acercan a parlamentar con el ateo peripatético le recriminan la imposibilidad de discernir entre cultura y religión en un país como España, aún más en una ciudad como Sevilla y no dejan de tener razón. No obstante, esa no funciona como la explicación sino como la consecuencia del intrusismo de la religión y su inagotable poder en los siglos pasados que hicieron de su sistema de creencias el único acervo cultural de la población, haciendo imposible distinguir la una de la otra, fundiéndose en un sincretismo a veces riquísimo y otras, contradictorio y revocador.

Otra pregunta más, ¿es posible un mundo sin religión? No hace mucho, vi una película cuya tesis era que se descubría accidentalmente que había vida más allá de la muerte, por lo que la gente dejaba de tener miedo a morir y consecuentemente, dejaba de tener sentido el sustento y consuelo en las religiones. Si es que fuera esa la explicación de la existencia de las religiones, pasarán décadas hasta que ese fenómeno obtenga una demostración. Para mi hipótesis, igualmente la religión ocupa un lugar más preponderante en la sociedad, puesto que es el eje que articula el sistema cultural, las costumbres y el estilo de vida, por mucho que vivamos en un país aconfesional. ¿Le faltaría algún elemento a esa salsa que es la vida en sociedad de no existir la religión? ¿Cómo fundamentaríamos la solidez de los hábitos culturales y las tradiciones si no vinieran dadas por ese sello de calidad incontestable que parece ser la religión? Mirad lo ridículo que les pareció a muchos sectores, no solo religiosos, el Belén de Barcelona con esas cajas de Ikea o las vestimentas de los Reyes Magos de Oriente en la cabalgata de Madrid.

Me gustaría, un gustaría muy personal y mío, que las religiones fueran como una biblioteca, abiertas a todos, rezumando respeto y libertad, si a uno le interesa acercarse a ella no deberá más que coger un libro del estante, sin pláticas ni sermones, solo letras y silencio en un espacio que no te juzga. Pero bien es cierto que la religión no es siempre sinónimo de institución y sí que puedes acercarte a algunas sin que te pidan el carné de socio, esas que solo interpretan su visión del mundo como un estilo de vida y no como un sistema cerrado de creencias que, cual cantante blanco que se apropia de la manera de hacer de la cultura afroamericana, se apunta el tanto de los valores humanos. Eso sí que no.

Al fin y al cabo, este tema entraña mucha complejidad y no puede resolverse con algunas breves notas, puede que se trate de la naturaleza psicológica del ser humano: unos nacen para crear religiones, otros para seguirlas, otros para rechazarlas y, de otras muchas naturalezas que nos entretejen. Ojalá dejemos de darle tanta importancia a los credos, a los dogmas, a las costumbres y dejemos de situarnos siempre por debajo en la escala jerárquica humano-divino. Ojalá dejemos de decirle al vecino lo que hacer y en lo que creer y creamos más en nuestra vehemente voluntad de vivir.

 

Beatriz Arcos

 

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