Postales de verano

Postal número 1:

Los protagonistas, esqueletos revestidos de camisetas de Zara inmóviles, estáticos, claustrofóbicos en sí mismos. Postrados en pie, diez o quince, cada uno parado en la dirección en la que se movía, a ambos lados de una calle transitada que viaja hasta la playa. Sus miradas se dirigen hacia abajo, a un aparato electrónico, un móvil. El eje de su movimiento rotativo y traslativo vital. El paisaje, un atardecer de palmeras y casas opulentas, de perros que ladran a su paso y ladran aún más fuerte a su inesperado reposo en la puerta de la casa que guardan. Yo los sobrepaso con mi paso danzarín, inseguro pero vigoroso, pendiente de su particular oscilación hacia la búsqueda de una mejor cobertura.

 

Postal número 2:

La soledad saturada de un avión, un espacio esquivo de miradas, respiración y silencio. Solo roto por llantos infantiles y expresiones triviales de rectificación de asientos y búsqueda de espacios libres donde colocar sus equipajes. He de soportar una fisicidad grave, intrusiva, de un espacio vital mancillado. Comen a escondidas, chicles, chocolatinas, algún sandwich, comen a escondidas individualismos depurados y grabados en nuestra actitud airada y esquiva. Quiero romper esa rutina, comprender su miedo, decirles que no importa y les ofrezco un chicle; ahora me ven, confabulan conmigo, entablan un simple gracias, de verdad agradecido por involucrarlos finalmente en nuestro presente inmediato y nos reconciliamos.

 

Beatriz Arcos

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