Metarrealidades

Por primera vez en la historia parece que disponemos de dos canales de realidad y ninguno de ellos deja de ser más verdadero que el otro. Nos referimos a las ficciones de carácter visual, que tanto en películas como en series especulan y utilizan como material de base la actualidad de nuestro mundo real.

Algunas de ellas crean distopías a partir de esa visión ficticia de la realidad que alertan sobre la deriva malograda de nuestro presente en un no muy lejano futuro; series como Black Mirror que tienen su mirada puesta en nuestro uso de la tecnología, las redes sociales y en la desaparición de la humanidad, – esto es, la capacidad moral que nos distingue de los animales –. En esta serie usan una realidad hiperbólica de algunos eventos de nuestra vida convirtiéndolos en un acto reprobable y que desde nuestra pantalla aún miramos con estupor, aunque se trate de un estupor que compita con el hecho de que no nos es del todo inaudito.

Otras como House of Cards centran su temática en los tejemanejes de la política estadounidense y en sus técnicas de distracción del pueblo o de atracción de votos por medio de leyes de trabajo que son quimeras o de declaraciones de guerra y enemistades fraudulentas. A pesar de que son un retrato fidedigno de la realidad política en la que nuestros países se desenvuelven, nuestro hartazgo y acritud parecen estancarse ahí, en el grito de la pequeña pantalla sin que este acabe constituyendo una verdadera reivindicación en nuestras calles o urnas. Uno de los protagonistas de la serie, Kevin Spacey comentó en una entrevista que la última temporada, coincidiendo con el ascenso a presidente de Donald Trump, se había quedado corta en comparación con el propio surrealismo desconcertante de la actualidad.

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Cartel de publicidad de House of Cards que utilizaba una estética parecida a las de los candidatos a las elecciones generales en España.

Por su parte, Homeland juega con uno de los mayores retos a los que nos enfrentamos en nuestra época, la lucha contra aquellos que desoyen el respeto por la vida humana y atentan sin tener muy claros sus objetivos, contra las vidas de personas inocentes. También nos ha mostrado las atrocidades de las que son capaces nuestros propios gobiernos para conseguir culpables express, los estados de las cárceles o las vejaciones en los interrogatorios así como las muestras de racismo y xenofobia que subyacen cuando se nos presenta un conflicto de magnitud como un ataque terrorista.

Otras, como la aclamada The handmaid’s tale, esta ya un poco más distanciada de nuestra realidad más representativa, dibuja una versión indeseable y alucinógena de una sociedad estéril y represiva en la que se lleva al extremo la idea de “madre de alquiler” despojada de su elección reproductiva y cuyo único fin es el de servir a una élite rica que ha perdido su capacidad de engendrar.

La máxima expresión de la tesis que quiero mostrar aquí podría concentrar su esencia en The State, una nueva serie británica cuya trama es la captación de jóvenes musulmanes europeos por el grupo terrorista ISIS que muestra cómo viajan hasta sus cuarteles generales para adoctrinarse y prepararse en la lucha armada. Esta trama ha cosechado igual número de seguidores que de detractores y no deja de ser polémica, sin embargo, la importancia radica en la intencionalidad de la misma y esta no relata las heroicidades del grupo sino las debilidades y excentricidades típicas de cualquier otro grupo sectario. Sin embargo, la casualidad ha querido que fuera justo varios días después de los atentados de Barcelona y Cambrils cuando se estrenara en televisión, hecho que según algunos medios no ha sido del todo conveniente.

En este preciso instante se están librando guerras injustas, ataques cibernéticos, guerras dialécticas en política y también guerras falsas que tratan de alimentar el estado de miedo en el que se nos pretende imbuir. Aunque afirmaba al inicio que el fenómeno de la birrealidad se daba por primera vez en nuestra historia, no es del todo cierto: es un fenómeno que ha estado presente en toda nuestra historia, al igual que siempre ha estado presente la representación artística del mundo exterior, ejemplo de ello es la función del teatro en la antigüedad clásica por medio del cual se criticaba al sistema, se educaba en costumbres o se buscaba la comunión del pueblo mediante la catarsis; no obstante, lo novedoso es o bien la nueva finalidad actual de la misma o bien la finalidad premeditada yacente.

Al margen del indudable entretenimiento que supone visionar cualquier tipo de manifestación artística visual como lo pueda ser una serie, considero que existe el peligro de confundir el mundo simulado y el verdadero. El peligro no es tanto físico (nadie en su sano juicio habría de mezclar parcelas tan disímiles) como epistemológico, en tanto que la misma verdad verdadera deja de ser estremecedora y no consigue sacudir nuestro interior. La irrupción de la realidad en la ficción está dando paso a la acción viceversa y tal y como yo lo veo, esto puede devenir tanto al antídoto a nuestra pasividad como al impulso a nuestro adormilamiento. En nosotros queda seguir impresionándonos con la realidad que nos ha tocado vivir y actuar en consecuencia o por el contrario, transigir la existencia como si su final y su desarrollo no admitieran incursiones ni modificaciones.

No pretendo ser agorera, pero la verdadera ficción anida en nuestra realidad cuando la simulación es tan real que dejamos de plantearnos de si el espejo ficticio no es más que un doppelgänger menos trepidante y quizás más soportable que la historia viva del siglo XXI.


PD: Soy una espectadora voraz de series; esta es una reflexión sobre los límites de nuestra percepción de la realidad y nuestra capacidad de actuación y crítica y no sobre el cuestionamiento de la temática realista de las series.

Beatriz Arcos

 

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