Centímetro cuadrado de arena

Sería pretencioso y arriesgado construir una reflexión sobre este territorio y su gente llevando aquí tan poco tiempo y sin haberme relacionado con ellos. Así que, como mera espectadora que contempla paciente y con los ojos bien grandes, sin esperar encontrar clichés y sin caer en generalidades pintaré un cuadro, solo un cuadro, de olores, sabores, texturas y sonidos.

Cuando estornudan, el emisor espera del receptor un alhamdulillah, como nosotros esperaríamos un Jesús o salud. Como un eco de nuestro estornudo, siempre habrá una respuesta verbal a nuestro gesto casi en cualquier parte del mundo.

En cualquier vano, en cualquier espacio, olores para el que afine su sentido. Muchos y muy variados; en el centro comercial huele a madera quemada, un humo fino y especiado muy agradable, hipnótico, casi tanto como el olor que desprenden sus telas al pasar por tu lado. Desconozco si será un perfume en concreto o si es un líquido con el que rocían el traje típico de los hombres (thawb o dishdash) o los velos (adaya) de las mujeres, pero es un olor tan grácil, fresco y aromatizado que no puedo dejar de olerlos hasta encontrarse ya lejos de mí; espero descubrir su origen antes de marcharme. En los zocos, la mezcla de mil especias hace imposible diferenciar un olor en concreto, su combinación y sus colores vistosos hacen que sin tocarlos seas capaz de sentir su aspereza o su suavidad, me imagino como Amélie metiendo la mano dentro de uno de los sacos que las contienen y manchándome el interior de las uñas con su polvo fino.

Ellas no te miran, ellos no quieren rozarte, eres un caminante invisible al que se le permite estar pero no interactuar. ¿Quién soy yo para ellos? ¿Quiénes son ellos para mí? El primer encuentro con su visibilidad me alteró, no esperaba tornarme tan impertérrita ante la blancura de ellos y ante la oscuridad de las telas de ellas, en su mayoría una oscuridad que oculta su rostro parcialmente excepto los ojos, otras, las menos, cubriendo la totalidad de su cara. Su invisibilidad contrasta con la que yo siento. Empiezo a acostumbrarme e intento no estorbar su normalidad, cubriéndome yo también algunas zonas que les puedan parecer impúdicas. No quiero sobresalir.

En los juegos de artificio de un país erigido lejos de su arena la homogeneidad de nuestros paseos como turistas nos suelen llevar a los mismos lugares, a las mismas conclusiones y hay que evitarlo. Es difícil observar sus rascacielos, su enormes tendidos eléctricos, sus majestuosas distancias sin preguntarse qué hubo antes aquí y cómo eran –de verdad- los que lo habitaban.

Beatriz Arcos


Mientras escribo escucho la música de Alice Coltrane.

Imágenes extraídas del artículo de El Correo del Golfo.

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