Bragas a 20 céntimos

Propósitos de nuevo otoño iba a ser el título del artículo; yo empiezo por el título y luego desarrollo las ideas conforme voy escribiendo sopesando algunos esbozos anteriores de ideas en mi cabeza. Pero esto no es la revista Glamour de octubre, esto es otra cosa. Así que no tendrán lugar aquí titulillos atractivos de reclamo publicitario.

El verano puede ser una época muy prolífica intelectual y creativamente además de un merecido descanso del cuerpo y de la mente, encontramos tiempo para dar forma a pensamientos para los que el resto del año no tiene espacio. A veces consumiremos un poco de telebasura, no estamos para profundidades más que para las marítimas, pero incluso aquellas nos son útiles para meditar si elegimos bien nuestro reciclaje mental. El otro día en ese zapping infinito que es la época estival me vi frente a un coloquio de esos muy españoles en los que todos opinan pero nadie sabe nada, un cementerio de personalidades de la farándula española, algunos abogados mediáticos y escritores polémicos todo un pastiche televisivo. Telecinco, no os digo más. En el que lanzaban la siguiente pregunta: ¿Solo roban los políticos o robamos todos? Si sobre mi tele hubieran estado la gitana, el toro y la muñeca Gwendoline me habría parecido incluso innovadora la temática del debate, pero en estos días en los que la dialéctica se cuida más que nunca y la conciencia política (parece) haber mejorado cualitativamente me pareció un despropósito y un insulto a los telespectadores. En primer lugar, equiparar el robo de algunos políticos a los de -cito textualmente el ejemplo- un señor que se encuentra un billete de 50€ tirado en el asiento de un taxi no deja de decir muchísimo sobre la normalización del ridículo que lo medios de comunicación se obstinan en propagar. Por otro lado, generalizar que todos los políticos roban es una empresa que tiene por objeto, por un lado, desestabilizar la calidad democrática de nuestro país, señalar a la naturaleza del hombre como única culpable de la avaricia y por otro lado, incitar a la inactividad política de la sociedad ante el estatismo del sistema (entre otras motivaciones). El solo individuo contra una red de redes del sistema.

Es verano, voy a ir de viaje y al empezar a organizar la maleta -semanas antes- recuerdo que tengo bragas de hace eones. Me gustan, les he cogido cariño, pero definitivamente a algunas hay que jubilarlas. Tengo varias opciones de compra y ninguna de ellas es consecuente con mis convicciones y principios éticos. Al final me inclino por Primark, aunque después de escuchar lo de las chanclas que provocaban cáncer camino por el local un poco suspicaz, desquiciada. Al pasar por una muchedumbre me acerco a ver el motivo de tanto alboroto; una pila de bragas a 20 céntimos es la razón. Las señoras de entre 20 y 50 años empiezan a jalar alegremente primero y rabiosas después, bragas, tangas, culotes, ¡a 20 céntimos! Me compro unos 10 pares y salgo de allí con un sentimiento de entre culpabilidad y satisfacción (las mías no han costado a 20 céntimos la braga pero igualmente el precio es una ganga). ¿A dónde puedo ir a comprarme ropa interior ecológicamente responsable, éticamente justa, por la que a sus productores les paguen un sueldo equitativo y que no desertice más la Tierra y, por supuesto, cuyo precio me pueda permitir? Son solo unas bragas. No debería ni siquiera plantearme su existencia ni su adquisición. Pero lo hago. Juzgo con severidad al tipo de persona recién vegana preocupada ya sea por el ecologismo, como por el trato a los animales pero que luego compra sin miramientos en las grandes cadenas textiles muchas prendas cada temporada, las mismas que contaminan el medioambiente, explotan a sus trabajadores y violan quizás, unas cuantas leyes internacionales. Juzgo y reflexiono sobre las personas que no cargan en sus espaldas con la mochila de exigencias éticas del siglo XXI. Y ahí entro yo. Y voy a escribir para descargar una culpa que no debería compartir yo sola, ni tú tampoco.

El conocimiento, decía Foucault es poder (le savoir-pouvoir). Hoy hemos de ser tantas cosas, regirnos por tantos principios ideológicos que nos encontramos confusos y en una aparente eterna contradicción. Lo primero que deberíamos hacer para sofocar nuestra ansiedad es pararnos un momento y dilucidar qué tipo de vida queremos llevar y qué tipo de persona queremos ser (no soy un libro de autoayuda, me repito constántemente, no-lo-soy). Y después de eso, si es que pretendemos ir más allá, justificar la respuesta, no para tener que decírselo al resto del mundo, sino para ser claros con nosotros mismos. ¿Os acordáis del vídeo del hombre al que la policía (creo murciana) había sometido en el suelo y para zafarse de ellos clamaba ser abogado, profesor, estar embarazado (…)? Algunas de las “exigencias” nos vendrán dadas naturales, esto es, me sale ser naturalmente feminista, soy mujer, ¿qué debería ser sino? me sale ser naturalmente* tolerante y anti racista, animalista, preocupada por el medio ambiente y un largo etcétera que huelga mencionar ahora. No voy a explicar porqué he elegido ser así, sino que voy a cuestionarme porqué no puedo llevar a término todos mis principios sin sentir fracaso e incoherencia en mis actos. En esta parte del discurso entra el Estado y la democracia. Uy, espera, atiende. ¿No será que el Estado, -todos somos Hacienda- no está tomando la responsabilidad ética que le corresponde para que el ciudadano no deba combatir como un Robin Hood del siglo XXI todas y cada una de las causas? ¿No será que se nos ha dejado en cierta manera a nuestra suerte como individuos y acaso a las organizaciones no gubernamentales para que acarreemos con las luchas? Con esto no pretendo sugerir que nosotros de forma individual no debamos tomar partido en cada una de las luchas en las que creemos, sino que se nos ha dejado desprovistos de herramientas a nivel legal e institucional para que suframos la incapacidad que se nos quiere transmitir por la inutilidad de nuestras acciones. ¿Es que solo nos quedan las firmas de Change.org? La deriva de nuestra democracia camina cada vez más hacia la desconfianza en nuestras instituciones, ya sea por su putrefacción corrupta, por la inacción de las medidas legislativas o por un sentimiento de indolencia generalizada, y no dejo de pensar que es un infundio muy bien orquestrado para conseguir ese Laissez faire que tanto gusta a los republicanos en Estados Unidos, desconfiad del Estado, que vienen las empresas para hacerlo mejor. Yo voy a cargar en mi espalda con todas las exigencias por las que las generaciones que me han predecido tanto han sufrido y luchado, no podemos vivir con los ojos cerrados, el conocimiento nos ha dado poder pero también la responsabilidad de actuar, sin embargo, habremos de compartir la carga de forma proporcional a nuestro radio de acción, pedir accountability o las responsabilidades derivadas de sus cargos políticos y dejar de quejarnos solo en el bar.

Quiero ser animalista, ambientalista, justa, solidaria, tolerante… pero quiero aún más que mi Estado dé primero ejemplo de todo ello.  Quiero ir a comprar bragas al Primark y que mi Estado les haya impuesto sanciones por contaminar al medio ambiente y por no pagar salarios justos o por no tributar todo lo que deberían en España. Quiero comprar bragas y que ese gesto no suponga una reflexión más larga que esta.

 


*Naturalmente: Con esta palabra no me refiero a la naturaleza biológica-genética humana. Sino a lo que las convenciones sociales y culturales han fraguado en mí como ciudadana europea del siglo XXI, de determinada ideología, con espíritu cívico etc.

Beatriz Arcos

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