Sinónimos de pobreza

Hace unos días un compañero me respondió a la pregunta qué suponía para él la pobreza “para mí entre todos los tipos de pobreza el peor es la pobreza mental. Aquella que te hace perder la dignidad como ser humano. La pobreza que se genera a causa del hambre. El momento en que robas a quién tienes al lado. La peor pobreza es la mental”. Después, en un intento por seguir desentrañando la pobreza, tratamos de hacer una compra ficticia en el supermercado. Saqué mi calculadora portátil, o sea el móvil, y comencé a apuntar los precios que él me iba diciendo. “10.000 por la leche, 27.000 por la carne…”, “¿Qué más ponemos en la lista?”, “Creo que necesitamos tampones”. Me miró como quien observa a un niño que contempla por primera vez el mar, con una mezcla entre compasión e ingenuidad. “Cariño, en este supermercado no vamos a encontrar tampones”. Entonces era yo quién vería el mar por primera vez. Mi mar está lleno de desconocimiento, de miedo e inseguridades. “¿Cómo que no hay tampones?”, ¿de qué color iba a ser el agua del mar sino azul? Hay cuestiones tan obvias que ni siquiera nos detenemos a pensar acerca de ellas.  ¿Sabía la primera mujer que utilizó un tampón que muchos años más tarde, en algún lugar remoto de la tierra, sus compañeras no podrían utilizarlos por motivos socioeconómicos?

Estoy haciendo una lista ficticia de una compra ficticia en un supermercado real. Valencia, Maracaibo, Calabozo, Caracas. Estoy haciendo una lista de una compra con una moneda que no es dinero. Bloqueo el móvil. Después de los tampones ya he tenido suficiente. Mi compra por hoy ha finalizado.

Vuelvo a escuchar los agitados pasos de la gente que se mueve a mi alrededor. Huelo el café recién exprimido de la máquina pero, también, el olor a carne en salsa que desprende uno de los seis puestos de comida que tengo enfrente. A mi lado, junto con el móvil bloqueado y la lista de la compra olvidada en el mundo digital, un tinto. Pero, este tinto es diferente, es marrón muy oscuro, tanto que roza el negro. Huele a café. Los colombianos al café solo le llaman tinto.

Nada más sentarme en mi estrecho asiento del estrecho avión, mi compañero de vuelo me advirtió “si vas a pedir un café que sea tinto, ya verás que rico”, ¿un qué?”. Primer choque cultural. No entender las expresiones mundanales te hace sentir estúpido. “¿Cómo no iba a saber que es un tinto?” Ahora ya lo sé.

Sigo pensando en mi lista de la compra. Pienso dónde estarán ahora mismo los números que escribí hace unos segundos en el móvil -en el celular-, otra vez el choque. Qué rápido se escribe un número y cuánto cuesta ganarlo. El precio del café en mi lista ficticia no era muy caro, la leche sí.

Hace unos segundos que dejé de escuchar el murmullo de los pasos. La hora del descanso a acabado. Sea cual fuese la parte del mundo en que te encuentres, en el momento en que se escucha una sirena o el simple tic tac del reloj marcando la hora en punto te precipita, a aquellos con fuerza de voluntad, al aula. Colombia no es una excepción. Los paisas, gentilicio de aquellos que viven en Medellín, no suelen llegar a clase tarde como de costumbre.

En mi Facebook encontré hace un par de días una imagen de una estantería de un supermercado vacía. “¿Venezuela?, ¡No, España”! decía. Sólo unos días antes había estado realizando mi lista de compra ficticia pero no sola, acompañada de un chico venezolano. Esa lista no era un símbolo político, ni trataba de asumir ninguna posición ideológica ni pretensiones de ningún tipo. Era simple y llanamente un ejercicio cotidiano, un espacio común social usado para representar una realidad totalmente paralela y desconocida. El quid del debate no radica en atacar y dividir entre héroes y villanos, entre aquellos usan la palabra solo o tinto. La discusión, la realidad trasciende mucho más allá de la lógica del debate político y social. La disputa se regenera en el espacio cotidiano, allí donde somos vulnerables.

Eran las cinco de la tarde. Las doce de la noche para mis padres. La La Land acababa de finalizar cuando un azafato me preguntó si deseaba tomar un tinto. Afirmativo. Mientras abría el sobre de azúcar, último sobre ya que el café colombiano no necesita edulcorantes, observaba en el mapa virtual del avión qué país estaba sobrevolando en ese instante. La Guajira venezolana. Quité la almohada de la ventanilla, una radiante luz me despertó. A mi lado, la mayoría de pasajeros tomaban fotografías de la estampa.

 

DSC_1201
Puesto ambulante de venta de “minutos”. Medellín, Colombia. Puesto

 

 

 

¿Qué estarán haciendo ahora mismo las personas sobre las que vuelo?,

¿cómo son?

¿escuchan el ruido del motor?

¿qué escuchan?

¿las escuchamos?

¿las dejamos hablar?

¿Qué es para ti la pobreza?

 

Celia Arcos

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