¿Preferirías ser un pez?

En el ciclo de cine de verano de El Puerto de Santa María vuelven a apostar por los largometrajes que entrarían dentro de lo que se conocería como “independiente”, o más bien no dependientes exclusivamente de las grandes productoras para poder arrancar con su proyecto. Raras avis en una época estival en la que las carteleras parecen promover más la ingesta de palomitas para soportar películas soporíferas y predecibles que el buen cine. Una de las que se proyecta (una de mis favoritas de este año) es Paterson (Jim Jarmusch, 2016). Esta película celebra humildemente la cotidianeidad de la vida. Y estas son en su mayoría las películas que a mí me gusta ver.  Los libros que me gusta leer. Las personas a las que me gusta conocer. La vida que quiero para mí.

Al vivir en esta aceleración constante no existe un lugar para las cosas pequeñas. Se nos exige majestuosidad en cada uno de los movimientos de nuestro tablero de ajedrez vital. Y no tanto una majestuosidad ceremoniosa, lo cual aplaudo e intento aplicar en mi día a día, otorgando un valor a cada espacio y momento (con un odio acérrimo a aquel que se salta el desayuno o que almuerza de pie) sino al barroquismo de la acumulación. Mi generación, que no ha sufrido la ruptura de la guerra ni siquiera recuerda penurias de las necesidades más mínimas sin embargo se encuentra sumergida en demasiado líquido existencial (para el que siquiera es consciente de su propio lugar). No pretendo volver a mencionar aquel artículo sobre el lastre que suponemos los Millennials escrito por un iluminado de El País. Pero cada vez que recuerdo que tienen en nómina a otro Javier Marías por sus columnas en El País Semanal se me corta la cena de anteayer.

La biodiversidad marina del vasto líquido existencial se compone de exigencias paternales (aquellos padres que no tuvieron oportunidad de estudiar una carrera la imprimen en nosotros como una obligación y responsabilidad para con la sociedad), de una exposición orwelliana en las redes sociales, de todos los ismos (entendiéndolos como la forzosa adscripción a algún/varios movimientos en cuya génesis ni hemos participado), de la acumulación de experiencias (festivales, camisetas, libros leídos, países visitados, fotos publicadas, egos) y por supuesto, del fin último de nuestra existencia como la búsqueda incesante de nuestra felicidad individual y del consiguiente fracaso si no la hallamos.

En esa contaminación de etiquetas como definición artificial de la personalidad y de nuestro camino vital debemos empezar a dibujar pequeñas intenciones y propósitos o lo que viene siendo lo mismo, a trazar nortes y a cambiar finalmente, la estética por la belleza.

¿No puedo ser una conductora de autobús, una carnicera, una ceramista, una cocinera o una profesora de literatura… a la que simplemente le gusta celebrar la realidad, sea cual sea, a través de la poesía?

He estado ahogada uno cuantos meses. La dispersión como característica intrínseca de ese líquido me impedía vislumbrar con claridad el pensamiento. Pero ahora vuelvo a la escritura, o al menos, a hacerla pública, para tomar un poco de aire de vez en cuando en este mar asfixiante y os animo además a que salgamos todos de él, reconvertidos en anfibios y conquistemos una isla.

Beatriz Arcos

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