Cuotas en los Oscars

En primer lugar, y aunque parezca obvio, me gustaría dejar muy claro que no soy una experta en cine ni pertenezco al mundo cinematográfico por lo que mi crítica puede estar muy alejada de la de los críticos, estudiosos y entendidos en general del cinema paradiso, dicho esto, creo que también es necesario que los espectadores, receptores últimos y jueces de esta industria y este arte aporten también su visión.

Ha ganado Moonlight este año. ¿La has visto? Yo sí y no me ha gustado. Salí del cine con una mezcla de caras contrapuestas, con muecas de ¿en serio? y, ¿esta es la favorita a Los Oscar? 

Lo que Hollywood da, Hollywood lo quita. En este caso ha sido al revés. Hollywood lleva años ninguneando a esa gran parte de su población, la afroamericana, una parte que ha intentado contar la otra versión de la historia, la vista y sufrida por ellos. Y sin embargo ha soportado la falta de representación y de condecoración en el séptimo arte, no sin falta de reivindicación y apoyos. El cine sobre los negros lo hacían los blancos. Y mientras tanto, en la Casa Blanca, Obama. Si de integración se trata, igual lo intentan conseguir haciendo muchas películas en las que solo salgan negros, o en las que los negros son los sometidos y hacen piña y al final logran vencer o alcanzar sorprender a los blancos con sus capacidades (oh, tienen cerebros igual que nosotros, incluso pueden llegar a ser más inteligentes, véase la película Figuras ocultas). Es como una venganza, por todas las películas de blancos en las que apenas aparecían o ni siquiera eso.

Ahora está Donald Trump en la Casa Blanca y otro gallo canta. Así que, vamos lacónicamente a darle el premio a una película que aúna todos los males posibles que aparentemente le puede ocurrir a una persona, negra. Como si de un motivo de espejo de alteridad se tratara. Un niño afroamericano que sufre acoso por sus propios compañeros de colegio e instituto en un barrio marginal sumido en la compra-venta de droga, con una madre drogodependiente, un niño que explora su sexualidad y descubre una homosexualidad reprimida carente de figura paternal que termina por parecerse a un traficante de droga con contradicciones morales.

Por lo tanto, me pregunto, ¿ha sido tanto una elección artística de legitimación o de reivindicación política? No sé exactamente sobre qué criterios se basan o qué virtudes deben sobresalir; la actuación es genial, la fotografía magnífica y la música escalofriantemente bella y angustiosa, pero el conjunto no me ha tocado ni siquiera por un segundo en lo relativo a los sentimientos. Ha sido como esa ensalada en la que a fuerza de meter tantos ingredientes ha conformado un plato insulso y cargante, lleno de matices que podrían haber sobresalido y que han quedado supeditados a un fin vacío de armonía.

No obstante, no es a mí a quien debéis hacer caso. Yo solo soy una espectadora que se deja llevar por sus sensaciones e intuiciones en un mundo de arte convertido a la politización de sentimientos. Hemos optado por encumbrar la hermenéutica de la pieza, como quien detesta un poema de Mussolini o enarbola la falacia ad hominem con la meta de simplificar la complejidad de la mente humana en pos de un racionalismo puro y desnudo.

@Beatriz Arcos

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