Mis días como concursante de televisión

Tener una carrera nunca es suficiente, ni dos, ni dominar tres idiomas aparte del tuyo materno, ni tener amplias nociones de ofimática, un máster, aptitudes para trabajar solo o en equipo, resistencia al estrés o resiliencia, esa eufemística forma de denominar actualmente al hecho de que, a pesar de que te pisoteen en el trabajo de forma reincidente, se paseen tus derechos laborales por su arco del triunfo particular y saquen partido de tu situación jerárquica de inferioridad, tú, ese ser nacido para aguantar, no solo saldrás de esta situación indemne, sino que lo harás con una sonrisa porque sabes que la vida es corta y el ciclo económico que nos ha tocado soportar no será eterno. En fin, nada es suficiente para encontrar trabajo.  

Después de 41 días de tala de árboles indiscriminada gracias a mis 4oo Currículos Vitae impresos y más puertas llamadas que los Testigos de Jehová, con sus respectivos cierres en mis ya encallecidas narices, decidí cortar por lo sano. Mientras veía la televisión con mi abuela, mi abuelo me rumiaba una cantinela que ya me empezaba a hacer tilín, Niña, ¿por qué no llamas para decir un número del panel? Eso toca siempre. Llamar así, a las bravas, con su coste de millones de euros sobre mi factura de teléfono no era una idea que me entusiasmara, pero dio lugar a otra idea aún mejor. ¿Por qué no presentarme a un concurso televisivo?

En los días sucesivos realicé un estudio de mercado digno de Cum Laude sobre los diferentes espacios televisivos a los que podría ir, teniendo en cuenta mis “dotes”. Descarté algunos por decoro, aunque no por falta de estimulación de amigos y familiares. “Vé allí, que se gana dinero y no haces nada” decían. “Te pintan, te dan ropa y tú vas y te ríes de ellos.” repetían. ¿Os imagináis a una persona normal yendo motu propio a Mujeres, Hombres y Viceversa? Yo tampoco. Sin embargo, en la parrilla televisiva encontré algunas opciones suculentas en distintos formatos. Y decidí pujar con mayor o menor fortuna por los siguientes. Primero se me ocurrió llamar a Ahora caigo, ese programa de Antena 3 en el que los concursantes, en su mayoría parados o estudiantes de oposiciones con tiempo libre se deslizan con sus errores por una trampilla por la que he escuchado que padecen ECM o experiencias cercanas a la muerte. Visto que Hacienda se iba a quedar con gran parte del premio (alrededor de un 44% del total) intenté, tras haber sido elegida por el concursante para jugar conmigo en la ronda de preguntas, colocar mal mis piernas en el dibujo de la trampilla mientras gritaba “Balenciagaaaaaaaaa” para así romperme deliberadamente el tobillo, la tibia o el peroné y cobrar algún tipo de indemnización. Y grité Balenciaga, y me rompí el tobillo. Y no cobré nada, porque firmé un contrato al entrar que rezaba “En caso de rotura de huesos, dolores musculares, fobias a la oscuridad derivadas de su estancia en la trampilla u otros males o dolencias, el programa no se hará cargo de los costes sanitarios ni facilitará ningún tipo de compensación económica”. Me fui de Madrid con un tobillo roto, cero euros en premios, un bocadillo de salami y una larga vuelta en Alsa con el tobillo en alto.

A los que creáis que se me deberían haber ya quitado las ganas de seguir con mi gesta televisiva os diré que quizás tengáis razón. Pero de alguna forma le había cogido el gusto a esto de salir en la televisión. Mi siguiente objetivo era un concurso en el que te explotaban bombas en la cara (eran bombas de líquido, algo parecido a vómito sintético). Me pareció lo suficientemente violento y excitante como para enrolarme en la aventura, sin embargo había un problema. Se supone que de mi hazaña solo estaban al tanto un grupo reducido de personas muy cercanas, no lo quería ir aireando por ahí, no aún; y para ese programa necesitaba ir en grupo. ¿Cómo hacer? Pues bien sencillo, no creáis todo lo que os cuenta la televisión, porque… hay mucha mentira en sus ojos. Esos grupos de personas amistosas fuertemente cohesionados, ¡no son más que desconocidos! Bueno, no todos. Al menos al que yo me uní sí. ¿Recordáis las páginas de Facebook para compartir mesa en el AVE? Pues existe algo parecido para conformar grupos para ¡Boom! así es como se llama este amable programa. No penséis que fue sencillo que me admitieran, me pidieron más requisitos que para entrar a un máster: mi nota media del expediente académico, el First Certificate en inglés, incluso el carnet de conducir por si alquilaban una furgoneta para ir hasta el estudio y me tocaba conducir a mí. Tras diversos lances me eligieron entre candidatos de gran cualificación pero cuál fue mi sorpresa cuando me confesaron el nombre del equipo: ¡Las Supremas de Móstoles! Para hacer más creíble nuestra relación, días antes de ir al programa me invitaron a su ciudad natal, me dieron de comer su comida y me llevaron de tiendas para cambiarme el look, debía parecerme a ellas, debía oler como ellas. Lo que ocurrió a partir de aquí prefiero reservármelo.

El número tres me pareció perfecto para cerrar mi círculo de hazañas por los concursos televisivos y el último que elegí o más bien, que me eligió, supone en sí un broche de oro. Tardaron en responderme algún tiempo, Correos es rápido algunas veces, otras es Andáos. Y es que Saber y Ganar, un concurso presentado por Jordi Hurtado, es uno de los pocos que aún conserva el método del correo postal para apuntarte (aunque también lo puedes hacer por su página web, siempre me pareció muy romántico mandar una carta al apartado de correos 08080 de Barcelona). Y llegó el momento, iba a conocer al inmortal. Estuve varias noches sin dormir imaginando cómo sería nuestro encuentro, qué le diría y en qué idioma, ¿latín? ¿alguna lengua preindoeuropea?

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Carta a Saber y Ganar en la que especifico mi grupo sanguíneo.

Cuando llegó el día D, me advirtieron que debía llevar cuatro mudas y cuatro horquillas de diferentes colores para el pelo, porque como se graban cuatro programas en el mismo día, tenía que disimular; los pantalones los podía repetir, porque cuando sales de cuerpo entero funden al negro y no se aprecia. Estaba embriagada, eufórica, enardecida, desencadenada. Y lo que allí contemplé, lo narro ahora con cierto miedo por las represalias, pero con la esperanza de que a nadie le suceda lo que a mí. El apartado de correos al que mandamos las cartas no es el estudio del programa, es la casa de un señor que se dedica exclusivamente a seleccionar a los candidatos según su grupo sanguíneo. Y resulta que el mío es el grupo sanguíneo de Jordi Hurtado. Cuando entré al estudio, pasé varias duchas para descontaminarme de la radiación química a la que la dirección y los que realizan el programa creen que vivimos en el “mundo contaminado” que es como se dirigen a nosotros. Para poder seguir viviendo, según su perspectiva, necesitan transfusiones sanguíneas para asegurarse de que no se contagian porque así “nos volvemos inmunes gracias a las transfusiones periódicas de plaquetas de seres contaminados, contribuyendo así al fortalecimiento de nuestras defensas para cuando estemos listos para salir al mundo exterior”. Hace veinte años, se extendió el bulo por Santa Coloma de Gramenet de que en el año 1998 al mundo le sobrevendría una terrible plaga química y el ser humano quedaría a su suerte, contaminándose mentalmente y reduciendo considerablemente su capacidad intelectual, de razonamiento y crítica. Algunos sabios, entre ellos el conductor del programa o el “sabio” Juanjo Cardenal, decidieron entonces escoger a los pocos seres humanos que quedaran en su sano juicio y montar este tinglado para que sus mentes no murieran. Efectivamente he de darles la razón, el mundo está contaminado. Salta a la vista por los ejemplos que podemos nombrar, miren al nuevo presidente de gobierno de los EEUU, nuestras políticas económicas o los circos de los partidos, las guerras absurdas, los naufragios de los barcos en los que llegan los refugiados… No obstante, yo ahora no estoy en la plenitud de mis capacidades, hará dos semanas me extrajeron casi todas mis plaquetas para que los pocos sabios que quedan sobre el planeta tierra puedan seguir existiendo y alumbrándonos con cordura.

Y hasta aquí, mi aventura como concursante de televisión.

@Beatriz Arcos

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