Elogio a Sálvame

Cuando visito en verano mi pueblo todo me parece familiar. Las casas y sus balcones, los pequeños comercios y sus perennes compradores, las aceras con sus habituales transeúntes; todo me resulta conocido y a la vez salvaje, desconcertante y extraño. Uno de los ritos rurales que más me llama la atención es el del intercambio de impresiones, lo que común y vulgarmente podría llamarse “cotilleo”.

En mi caso, en la mayoría de los momentos, este ejercicio de investigación, análisis y recabación de datos sobre la vida o los hechos reseñables de las personas que me rodean, e incluso aquellas que se extralimitan de mi radio vital, se basa en abrir una de las quince aplicaciones de móvil que tengo y simplemente deslizar el dedo por la pantalla. También antes solía cotillear en el rellano de la escalera, pero los vecinos con los que comparto ahora ese espacio no están por la labor. En cambio, todo este ritual se traspasa en mi pueblo a un simple y cotidiano gesto: la silla. Por las noches, cuando el sol ha perdido su capacidad de quemar el asfalto y la luna proporciona esa tan reconfortante leve brisa veraniega, las señoras y señores mayores que comparten acera y calle, sacan sus sillas al fresco. Hay sillas medio rotas, resquebrajadas, pero también las hay nuevas y de playa, recordando así de alguna manera las salinas que se sitúan a quinientos kilómetros de sus sienes. Comienza el ritual. Como si de una asamblea en la que se van a decidir las cuestiones más trascendentales de la vida puebleril, comienzan a conversar sin pausa. Recorren casi toda la provincia, entran en todas las casas, en las cocinas e incluso en los dormitorios. “Pues la hija de Miguel se va a divorciar” dice una conteniendo la intriga, “pobre Miguel, y pobre familia, ¡qué de disgustos!”. Después de realizar un análisis exhaustivo a todo el censo de habitantes, recogen sus sillas apagan las luces y duermen. Así noche tras noche, así vida tras vida.

Son las cuatro y pico de la tarde, no sé cuántas horas llevo durmiendo, puede que incluso sean días. La siesta parece un estado de inmersión espiritual en el que perdemos la conciencia e incluso el sueño. He vuelto a quedarme dormida. De repente, en la profundidad de mi subconsciente escucho “ahora comienza, ¡Sálvame naranja!” ¿Qué? ¿Sálvame naranja? En qué clase de ensueño me encuentro sumergida ahora. Vuelvo a la vida, o más bien, esa voz que escuché hace un segundo me devuelve de una patada a la vida. Tengo ganas de zumo de naranja. La publicidad. La televisión. Inmediatamente después, mi sueño ha acabado por ser totalmente aniquilado por una sarta de gritos, y demás vociferios.

¿Qué es sálvame? según Wikipedia es “un programa de televisión, dedicado a la prensa del corazón”, según la opinión pública imperante telebasura. ¿Por qué no gusta Sálvame? podríamos destacar entre los argumentos en contra del programa el morbo, el amarillismo en el que se basan todos y cada uno de los diálogos existentes en el plató, los desorbitados sueldos con que cuentan los colaboradores, etc. Viendo estas opciones puede parecer incluso extraño que a alguien le pueda llegar a gustar el programa naranja. Pero sí, a mí me gusta. Es obvio que en la villa del señor hay gustos, opciones y opiniones de todos los tipos. No a todos los seres humanos les gusta cotillear pero, hemos de admitir para ser honestos, que ese impulso e incluso protoansiedad por saber acerca de los demás existe sino, ¿por qué tendrían tanto éxito las redes sociales?

Imaginemos por un segundo que Belén Esteban, Lydia Lozano y Kiko Hernández son los vecinos del comienzo, que se reúnen cada tarde para intercambiar información e impresiones sobre los demás vecinos. ¿Nos sería más lícito este tipo de programas si sus suelos no fuesen tan desproporcionados? ¡Bájenlo pues! Pero ahí no radica toda la polémica sobre este tipo de telebasura. Hace un par de días pude ver en el programa que presenta el publicista Risto Mejide cómo este, sin piedad ni consideración, arremetía contra un paparazzi. Los paparazzis, inmediatamente asociados con la prensa rosa y la telebasura, son también parte del mundo naranja de Sálvame y, por ende, parte de la crítica realizada al programa. El abuso cometido, sobrepasar líneas de privacidad o el acoso son algunos de las argumentos que se utilizan para atacar tanto a este colectivo como a los espacios para los que trabajan. ¿De qué viviría el folklore y el famoseo español si no fuese por sus intervenciones inintencionadas en Sálvame o en la portada de HOLA? Puede que la Pantoja nunca hubiese ensanchado el volumen de sus bolsillos a través de las doces uvas de telecinco si no hubiese sido por el seguimiento de los fotógrafos y su “no me vas a grabar más” -sin recibir a cambio dinero, claro-.

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Isabel Pantoja, Kiko Rivera y Jorge Javier Vázquez dando las uvas en Telecinco en 2011

Programas como Sálvame son fáciles, digeribles, asequibles para la gran mayoría del público, pero también hay que destriparlos y separarlos de su mensaje para comprender su esencia. Por qué es menos telebasura El Programa de Ana Rosa o La noche en 24h. “Porque hablan de manera pausada, calmada, sin gritarse y respetando los turnos de palabra” responderán algunos. Si, efectivamente, en Sálvame no se cumplen ninguno de los anteriores preceptos pero porque es parte del juego. Resulta difícil y a la vez muy sencillo comprender el hilo narrativo del programa. Aquellos que critican sálvame y la tachan de telebasura qué se supone que esperan del programa.

La cuestión en esta guerra de platós, audiencias e intelectualoides sobre la telebasura trasciende mucho más allá de los marcos de Sálvame. Criticar el programa conducido por Paz Padilla es fácil, extremadamente fácil. Es más, parece tener un infalible imán para recibir toda clase de críticas, pero ninguna reflexión acerca de él. El hacer de Sálvame el referente en telebasura es un hecho excluyente y contraproducente. Excluyente porque nos invita a centrar el foco en él y no advertir en la verdadera telebasura encubierta que nos ofrecen a su vez otras cadenas. También es contraproducente porque, si como mencionaba anteriormente, nos centramos únicamente en las cuestiones banales sobre el programa sin reflexionar sobre su esencia olvidamos por completo su función y comenzamos a pedirle peras al olmo.

En ocasiones, imagino a los vecinos de mi pueblo sentados en unas espectaculares sillas, con una botellita de Solán de Cabras al lado de la pata esperando ser bebida en un momento de sequedad de garganta y de apaciguamiento del argumento. Imagino también que, las flacuchas farolas que noche tras noche les alumbran llegan a ser enormes focos de luz colocados estratégicamente para camuflar alguna de otra arruga de expresión. Algunas noches ellos, sin necesidad de tener productor y productora, jefa de realización, maquillador o vestuario se convierten en lo que muchos llaman la auténtica telebasura. ¿Serán conscientes de ello? A la mayoría probablemente incluso ni le guste el programa. Por las tardes, en su lugar, prefieren ver Acacias 38 o El Secreto de Puente Viejo. Series ambientadas en tiempos pretéritos, que comulgan y promueven pensamientos de tiempos pretéritos para personas enfrascadas en su propia telebasura.

@Celia Arcos

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