Elegía alegórica a retales

El azul en el cielo, el morado en su bandera. Prepárese a sentir y, por favor, no se despiste si el olor a salitre entra por su nariz. Romana, fenicia y mora, traigo para ti esta carta de amor, esta derrota. Una cartita de amor perfumada con la sal de las olitas, de las olitas que te salpican y te bautizan.

De las entrañas del mar, donde se funde el sol encendiendo tus aguas, asomado a tus escolleras, el barrio parece que espera a los que fueron a ultramar. Cádiz, la de las barquillas que inundan la orilla de todas sus playas, la de la caleta, la de la caballa, de sangre y de sal. Tú, mi rosa de los vientos. Tú, mi gloria y mi pecado.

Yo sé que se me tacha de ser chovinista, que muchos me critican ser tan gaditano. Que siempre ando cantando la misma cantiña, que si “Cádiz, la Viña”, que ya estoy desfasado. Pero el grito de la gente es tan fuerte que resuena más que ninguna cadena y más que la hoja de un diario: musa de los copleros: si entre los mares y el cielo, después de Cádiz, ni hablar.

Desde la cunita del mar va cantando el viento. Ese levante, cuando entra desafiante, loco de amor, delirante, me la vuelve medio loca; le da besos de plata cuando duermen las barquillas. Barquillita marinera navegando sin estrellas, con un puerto de primera y unos barcos que no llegan, con dos puentes en la bahía y su población vacía.

Laberinto de balcones y de torres miradores. Una ciudad que aunque esté amurallada nunca cierra las puertas y, dentro, un pueblo que mira hacia el mar con las carnes abiertas, que resiste en calma y en temporal. Así es que no se extrañe, compañero, si ve su campanario surcando mar y cielo, si oye entre la niebla la voz de una guitarra es que busca su norte la tacita de plata. Qué sabe la gente, qué sabe, porque en el laberinto de tus calles toditas desembocan a la mar. Ay, yo quisiera volver a la mar; a mi golfo, mi vida, volver a la mar.

La está arrullando el levante y al poniente le da celos. Que bailen las ropas tendidas en las azoteas y que las olas del Atlántico suban la marea. Que tu escollera no se atrinchere y que la arena de tus playas no te tiemble, porque a pesar de los pesares no acaba aquí el camino de tu gente. Que despierten las troneras, que repiquen tus campanarios y que en las barcas de la Caleta haga Cristo su milagro. Que tu viento cuando sople arranque de las esquinas los cañones y que las torres de vigías presuman en el cielo de tu bahía que hoy es el día que tu espíritu ha vuelto a tu vida.

Cádiz, más guapa que ninguna, bañadita en plata pura pero siempre con lo puesto. Cádiz, con sus barcos de vela, su parque y su alameda, sus parados y sus impuestos. Cádiz, rodeada de murallas para que no se le vaya nadie nunca de su vera. Que mi tierra santa es esta ciudad; bendita tú eres, reina del mar, y bendito sea el fruto del vientre de tu bahía. Cuando dicen que la playa es el espejo del alma, un gaditano mira a la playa y ve la cara de su ciudad.

He cerrado los ojos, hay un camino; una brisa que juega en mis oídos. Mojarritas que viven como las reinas, el agüita que es agua y luego arena. Si es el sur quien te mueve, tú eres la roca. Burgaíllos y algas, cielos te sobran. He cerrado los ojos, vi siete mares que van de la bahía hasta Puntales. Y a remar al sur contra el viento, y a remar al sur contra el mar.

Yo le hablo de una tierra que le abre al forastero su balcón de par en par, yo le hablo de una playa y de una infancia a la orilla del agua. Que yo les hablo de cañas de pescar asomaditas en la azotea, les hablo de un sentimiento, que yo les hablo de Cádiz. Cádiz chiquito con sangre de dragón: el día que yo me vaya en alegre pasacalles, cuando termine mi vida, quiero morirme a tu vera; abrazar la dulce cama, cerrar los ojitos y ver tu Alameda. Ojalá que muy prontito nos volvamos a encontrar, tú mecida por el levante y vestida de sal. Te lo firmo con mi sangre, que por más lejos que esté nunca te olvidaré, eso lo saben tus piedras. Un día regresaré y, aunque muerto, cruzaré tus puertas de tierra.

@Carlos Iglesias

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