Peregrinos, colas y el destino

Cada día creo más en el destino. Era julio, había comprado el ejemplar de ese mes de la revista Jot Down. Antes de que pudiese darme cuenta me había leído la mayoría de los artículos, sólo quedaba uno que se me resistía. No sé porqué en aquel momento no sentí el impulso, como con los anteriores, de devorarlo en aquella misma tarde. La revista me acompañó durante ese mes en varios viajes. Murcia-Madrid, Madrid-Ponferrada, y vuelta. No fue hasta el último viaje, el regreso desde Madrid a Murcia cuando, por pura casualidad, en la estación Mendez Álvaro, decidí que era el momento de descubrir aquel artículo. Pero aún no es la ocasión de relevar su contenido.

Había realizado un viaje de tres horas y pico en una enorme furgoneta desde Ponferrada a Madrid. El recorrido se me pasó volando, parecía que el asfalto se iba desvaneciendo conforme los neumáticos rozaban la carretera, y debíamos conducir rápido para no caer al vacío. Ponferrada había sido únicamente una parada, maravillosa parada, en el camino. El viaje en sí fue Sarria-Santiago, unos 130 kilómetros, a pie. Sí, hice el Camino de Santiago, acompañada de dos extraordinarios compañeros. No hablaré ni de espiritualidad, ni de sensaciones mágicas y místicas, apariciones o religiosidad. Hablaré única y exclusivamente del camino y lo que ofrece el camino.

Hasta el momento en que comencé a hincar los palos en el suelo y escuchar su contacto , a sentir el peso de la mochila, la humedad y el frío de Sarria a las ocho de la mañana en mis huesos, no me di realmente cuenta de que debía andar. Y así fue. Andamos durante cinco días sin parar, algunas jornadas más y otras menos, pero no paramos. Uno de los aspectos que ofrece el camino es la paciencia. Sin duda alguna, en una sociedad en la que las colas de los supermercados y las tiendas están pobladas de suspiros, chasquidos de dedos, piernas inquietas y miradas hiperactivas que gritan ¡déjame pasar, solo llevo un tupper de humus precocinado, pan de pita y macarrones ya hechos!, la paciencia es una virtud maravillosa. Siempre me han sorprendido las colas de los supermercados, es un espejo que refleja la desesperación de nuestro ser. La pérdida del saber esperar se pone cada día en manifiesto en Mercadona. Volviendo al camino, recuerdo que el primer día muchos peregrinos miraban atónitos el paso y ritmo que marcábamos. “No gastéis tanto esfuerzo en este primer tramo, aminorar el paso” nos decían. Eran las dos de la tarde y según el mapa del camino nos quedaban un par de kilómetros para llegar a Portomarín. Andábamos, andábamos y seguimos andando pero no veíamos rastro de civilización. Únicamente veíamos esas lindas y entrañables vacas que salen en los anuncios de leche 100% natural, “la de aquí”. “Paciencia” me decía yo. “Seguro que una vez pasado el siguiente pasto vemos el pueblo”. Y la paciencia me condujo kilómetros adelante, sin desesperar. Así un día tras otro.

Imagino aquel publicista, turismólogo o cartógrafo que hizo el mapa Sarria-Santiago, sentado en su despacho, o en el sofá de su casa, con una sonrisa malévola pensando en todos aquellos peregrinos que confían ciegamente en el folleto/mapa. “Criaturitas…” pensará. “Si supieran que el “te quedan solamente 2kilómetros, equivale en realidad a: ¡Ja! encoge los pulmones y anima esas rozaduras porque… ¡te quedan 7 maravillosos kilómetros hasta entrar en el pueblo!”

“Paciencia”, me repito mil y una vez en mi cabeza. Si hubiese ocurrido en otra ocasión estaría llamando sin miramientos a teletaxi, “Sí, estoy en…mmm, no sé, cerca de algo y lejos de todo” Además de muchas vacas, las de los anuncios, nos acompañó durante todo el camino un elemento esencial: el oxígeno. Yo parecía sacada de una película, como me gusta llamarlas de laurelito, o sea, de cine independiente o galardonada en Cannes o Sitges, por ejemplo. Miraba para lo alto constantemente, cerraba los ojos y abría los pulmones dejando así entrar tanto a pequeños mosquitos como al oxígeno más puro que haya respirado jamás. Ese era el plano, acompañado por una paleta de colores suaves y neutros que hacían juego con los altos pinos gallegos. Un peliculón. Lo que no cuentan los guionistas de esta película es que los pies duelen, la espalda quema, la llovizna molesta y el escuchar a la gente incansable e imparable cantar, hastía. Sí, ese era mi camino de Santiago. Como con el momento me voy del taxi, en ese caso le habría pedido con mucha educación a los que cantaban durante 30 kilómetros sin parar que se callaran. Pero no lo hice, porque me gustaba. Pero sólo me gustaba ahí, en ese punto muerto del camino, en el kilómetro 88 y también en el 56. Me gustaba escuchar la paciencia de los demás convertida en música y, a la vez, la mía en el intento de enmudecer mis oídos.

Me voy a saltar los cuatro siguientes días, con sus albergues repletos de personas amigables pero otras extrañas, el exquisito menú del peregrino que nos acompañó durante todo el camino y los pueblos que te acogían de par en par y paseabas por ellos como si hubieses jugado en sus plazas desde que eras un crío. Ya hemos llegado a Santiago. Nos acordamos una vez más del creador de los mapas del camino. Sube al monte Gozo y tras bajar su tenebrosa cuesta, estarás en Santiago. “¡Ja!” les digo yo, “esta vez no os creo”. Sabemos que una vez bajemos el monte nos quedan un par de kilómetros hasta llegar a Santiago y en concreto a la Plaza del Obradoiro. Todavía se me eriza la piel al recordar ese momento. Después de varias paradas, palos y mochilas en el suelo, pies arrastrando y un sol radiante y a la vez muy incómodo, vemos la escalinata que baja hasta la plaza. Nunca olvidaré la estampa. Dos gaiteros dejándose los pulmones en sus instrumentos, una mujer con las rodillas ancladas en el suelo pidiendo limosna y miles de peregrinos que suben y bajan los escalones sin escuchar a los gaiteros y sin ver a la mujer que pide. Sigo sin concebir el momento en que por fin bajamos esas escaleras. Mi rodilla derecha no soportaba más el peso de mi cuerpo y mis pies dimitieron de sus funciones hacía ya varios días. Pero ahí estábamos. Tirados en el suelo de la plaza, contemplando la magnificencia de la Catedral de Santiago a la vez que nuestras caras se colaban en 55 fotos por la derecha y 67 por la izquierda. Sólo pensaba en comer y quitarme toda la arena que se había impregnado en mis gemelos desde el día uno, ni el agua la conseguía eliminar. Después de reponer nuestras fuerzas con la energía de la catedral, decidimos ir a que nos recompensasen por esta semana con la compostelana. Una vez más, volvió paciencia. Dos horas de cola en una sala de 10 metros de largo y un metro y medio de ancho, unas 60 personas con sus respectivas mochilas, palos y sudor, en fila esperando recibir un papel. Paciencia. En esta cola los roles habían desaparecido, no era como la de Mercadona. Aquí no escuchaba los dedos crujir o el suspiro retumbar en mi sien. Sólo veía caras de gratitud y de paz. Una paz conseguida a través de la espera y alcanzada por medio de la paciencia.

Esperamos durante dos horas. Unas señoritas muy amables nos recibieron en un mostrador. Debíamos escoger nuestro motivo del peregrinaje. Había varias opciones, sólo recuerdo dos: religiosas o deporte. O puede que fuese espiritual. El caso, una semana caminando para acabar escogiendo nuestro motivo. En mi caso, no existía motivo con antelación, lo gané una vez finalizado. La paciencia.

Estación de Mendez-Álvaro. Por designios del destino, mi autobús, con destino a Murcia, salía a la una del medio día. Eran las diez de la mañana y yo ya había entrado en todas las tiendas de souvenirs de la estación, había revisado quince veces la dársena desde la que salía mi autobús y había hecho algún que otro amigo. Ya no me quedaba ningún hueco más de la estación que inspeccionar, así que, abrí mi mochila, esa que había recorrido conmigo tantos kilómetros atrás, saqué la Jot Down que había comprado hace una semana y un par de días, aunque para mi pareciese que la había comprado hace dos meses, y comencé a leerla.

Como mencionaba al comienzo, había leído ya la mayoría de sus artículos y sólo me quedaba uno. De esa manera, lo miré, el me miró a mi y comencé a devorarlo. Escribir con los pies, así se titulaba. Trataba de varios testimonios que habían realizado una peregrinación, o un largo camino, durante sus vidas. El último párrafo del artículo prestaba especial interés al Camino de Santiago. Sólo lo leí una vez y puede que el recuerdo que me quede de esas oraciones se haya trastocado o mi mente haya jugado con él a su antojo. Lo que ha permanecido de Escribir con los pies es la capacidad de conmoverme, de remover mis tripas y erizar mi piel. Mencionaba algo así como la creación a través de los pasos, la necesidad de caminar largos tramos sin destino alguno para atraer a la inspiración. Sin quererlo, había olvidado en una primera ojeada ese artículo y de repente una vez acabado el camino fue a parar a mis manos.

Muchas veces me pregunto si existe el destino, si podemos dejar algo al azar y la improvisación o si en cambio el recorrido de nuestros pasos está ya dibujado en algún mapa perdido. Si es así y ese mapa existe, si hay un objetivo programado automáticamente, seguramente haya alguien detrás pensando “¡Criaturita! Piensa que está a tres kilómetros y aún le faltan dos vidas”

 

@CeliaArcos

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