El inquebrantable techo de cristal

El 11 de octubre de 1975 se dieron el “sí, quiero” Bill Clinton y Hillary Rodham. “Esto demuestra que sigo siendo yo”, ese fue el argumento con el que la demócrata defendió el que no asumiera el apellido de su marido una vez unidos en matrimonio, según explica su biografía escrita por Carl Bernstein.

Hemos de viajar unos años más tarde para poder reconocer a Hillary con el apellido que ahora mismo posee. Fue 1982, durante la campaña de Little Rock, capital del estado de Arkansas, donde Hillary adquirió el apellido Clinton. Las causas de este hecho fueron meramente políticas, ya que en la pérdida de la anterior campaña entre alguno de los causantes de los resultados se encontraba la poca credibilidad y confianza que le aportaba a la figura política de Bill el hecho de que su mujer no portase su apellido. De esta manera, los círculos más cercanos animaron a Hillary a utilizar el apellido Clinton en favor de la carrera política de este. El hecho puede verse como un acto de amor romántico o una estrategia más de marketing y comunicación política. El punto reseñable es la actitud en un principio de Hillary por seguir manteniendo su propio apellido. Está claro que los apellidos, que tienen una importancia además administrativa y coordinativa, son un símbolo, una herencia familiar que se transmite como legado por el curso del tiempo. El que en Estados Unidos esté comúnmente aceptada la adquisición por parte de la mujer el apellido del marido y que de esta manera el suyo caiga en el olvido, es un acto de machismo, una actitud retrógrada y anacrónica. Hillary Clinton trató durante siete años de resistir a “Clinton” pero al final la masa abstracta, machista y sexista, acabó por intoxicarla y hacerle olvidar Rodham.

Estados Unidos, cumbre mundial del “Si quieres, puedes” con su American Dream, pero llena de claroscuros, se disputaba hace un par de días la presidencia de la Casa Blanca entre Donald Trump y Hillary Clinton [yo prefiero llamarla Rodham]. Aquí, en Europa, la opinión mayoritaria se situaba en contra de Donald Trump, que no a favor de Hillary. Muchas opiniones han resaltado el lado oscuro que también tiene la demócrata, que no la hace más buena que Trump, pero sí menos mala. Se podría decir que ha sido una lucha por ver quién es menos perjudicial.

Si en las anteriores elecciones se aclamaba el que hubiese logrado la presidencia del país norteamericano un hombre negro, hace unas semanas se festejaba el que una mujer estuviese a punto de ganar la carrera por el Despacho Oval. El destino guiado por los votos de los estadounidenses se ha interpuesto en esta competición y le han dado el honor de gobernar al empresario en ruinas Donald Trump. Está claro que la política exterior de Clinton no la hacía una gran candidata a la casa blanca, y mucho menos su relación con Wall Street, pero hay algo en lo que sí tiene razón la candidata demócrata, en la necesidad de romper ese techo de cristal que obstaculiza tanto a las mujeres.

Es inútil preguntarnos una vez más cómo hay estadounidenses que hayan podido votar a Trump, el antipolítica, que no antisistema. Lo han hecho y punto.  La pregunta, o más bien reflexión interior pero colectiva, que hay que realizar es sobre el paradójico hecho de que mujeres estadounidenses hayan votado al empresario. El país norteamericano está aún en la cola en lo que respecta a igualdad y reconocimiento de los derechos de la mujer.

Estados Unidos tiene la tasa de mortalidad materna más elevada entre los países desarrollados

Para comenzar, en 1979 Estados Unidos se negó a ratificar la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, propuesta por la ONU. Un símbolo que marca el carácter político y social de un país que se autodenomina como cuna de la democracia y del avance. ¿Cómo podemos ver la coerción y desigualdad del sistema norteamericano sobre las mujeres? El primer hecho es esencial para comprender la cultura con respecto a este ámbito del país. Las mujeres estadounidenses ven en el proceso de embarazo la desigualdad y el hastío en su expresión más fuerte. El precio de los seguros médicos han propiciado que Estados Unidos tenga la tasa de mortalidad  materna más alta entre los países desarrollados. Por cada 100,000 recién nacidos, entre mujeres negras el porcentaje de fallecidas se eleva a 42,8, para las mujeres blancas sería de 12,8.

Pero el problema no se desvanece una vez que se ha dado a luz, el proceso de cuidar, mantener y educar a un niño o niña en Estados Unidos es abismal dependiendo del estrato social de la madre, padre o familia. Una de las políticas que más rechazo ha tenido en la sociedad norteamericana es la baja maternal. Allí, las mujeres que se dan de baja por maternidad no poseen ninguna prestación por ello, es decir, la baja no se encuentra remunerada. Muchas mujeres escogen sus días de vacaciones y fiesta a modo de baja maternal. Por otro lado se encuentra el problema del servicio público de guardería o cuidado a los niños recién nacidos o hasta los cinco años, edad a partir de la que se entra en la educación reglamentada. Este problema reside en la inexistencia de este servicio público de guarderías. Por lo tanto vemos que, por un lado no existen derechos para la mujer que reconozcan el proceso necesario de estar con su hijo recién nacido y que la su lugar de trabajo le reconozca su labor remunerada, por otro el complejo sistema para darle al bebé un lugar en el que estar mientras que los padres tienen que trabajar. Es inconcebible que una mujer que da a luz se vea privada de seguir cobrando su sueldo por el mero hecho de haber dado a luz, como si fuese un lujo o una desventaja para la sociedad.

El Congreso estadounidense sólo cuenta con el 19,4% de las mujeres entre los cargos electos

Pero no sólo encontramos una desigualdad latente y abiertamente aceptada en el ámbito de la maternidad. Podemos ver también, cómo está más que asumido, el que las mujeres no ostenten cargos de poder o de mayor responsabilidad. Nos vamos hasta el campo de la política. En Estados Unidos el Congreso sólo cuenta con el 19,4% de mujeres entre los cargos electos, el puesto de gobernador está ampliamente más ocupado por hombres que por mujeres y sólo hay un 18,8% de mujeres gobernando ciudades con más de 30.000 habitantes, según el periódico Le Monde.

Puede que aplicar leyes paritarias y de tasas de igualdad fuese una solución efectiva para disminuir el abismo tanto laboral como cultural que hay entre hombres y mujeres en Estados Unidos, pero seguramente el pensamiento e ideología machista no desaparecería ni de lejos. El que Donald Trump haya ganado las elecciones no es sólo un hecho, es también un símbolo que denota el credo estadounidense. Si al elegir entre lo malo y lo peor, se ha optado por escoger a una figura que encarna el pensamiento único y machista, está claro que entre las muchas razones por las que Hillary Clinton [Rodham] no ha sido elegida es por la simple condición de ser mujer.

¿Qué hubiese pasado si Rodham hubiera vencido? El estigma de la dura e insensible mujer política hubiese ganado sin creces, si no se le hubiese comparado con Margaret Thatcher se habría realizado con Angela Merkel. La presidencia de un país, al ser un puesto que las mujeres ostentan con muy poca frecuencia, se encuentra mitificada y estigmatizada. Si al hombre se le presupone un alto porcentaje de buen hacer, capacidad y responsabilidad, en el caso de una mujer presidente este se dispara. Hillary Clinton estaría constantemente en el punto de mira. Cualquier acción o decisión que tomara o llevase a cabo sería analizada desde un punto de vista sexista y sería criticada no como presidenta, sino como mujer presidenta.

Donald Trump, un hombre que denigra, veja y humilla a las mujeres y  Estados Unidos, una sociedad que no acaba por reconocer sus derechos e incluso ni su Constitución recoge la igualdad de género

Las sociedades actuales se consagran e identifican por símbolos, a través de la identidad propia que adquieren con sus actos y su comunicación. La población estadounidense ha dejado mucho que desear escogiendo la figura de un señor que cumple a rajatabla con las premisas del heteropatriarcado. Un hombre que denigra, veja y humilla a las mujeres y, Estados Unidos, una sociedad que no acaba por reconocer sus derechos e incluso ni su Constitución recoge la igualdad de género. No sólo ha perdido Hillary contra Trump, han perdido las mujeres contra la sociedad. Puede que en política el hecho de ser mujeres sea muy recurrente como uso estratégico de marketing para ganar adeptos y votos, pero dejando a un lado todo el ámbito, en esta carrera dialéctica y fáctica por el poder ha vuelto a ganar el hombre y ha perdido la igualdad, el reconocimiento al trabajo y sacrificio de la mujer, sea blanca o negra, rica o pobre, norteamericana o saharaui.

@CeliaArcos

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