Desarraigo

Cuando Simone Weil habla en su libro Echar Raíces sobre el desarraigo de la clase obrera lo contextualiza en un hilo histórico concreto, perfilado y muy diferenciado con respecto a otras épocas, al igual que Marx cuando escribió El Capital. Tanto el uno como el otro acertaron en la formulación de sus ideas debido al simple hecho de que observaron, analizaron y formularon una crítica a la realidad. Puede que unos abracen con mayor ímpetu las ideas del padre del comunismo y de la teórica francesa u otros las desechen por completo. Pero es indudable la veracidad de las afirmaciones y la descripción fidedigna de la época.

Weil se detiene a realizar una diferenciación entre el campesino y el obrero. Explica cómo se puede caer en una mala interpretación de las diferencias entre estos y cómo debemos discernir entre el uno y el otro. Diferentes contextos, diferentes trabajos, métodos de producción, proveedores, contrataciones, un sinfín de puntos en los que ambos discrepan.

En el caso del obrero, el sentimiento que le conduce hasta el punto del desarraigo está causado por varios motivos. Uno de los ejes principales que podemos encontrar en la causa sería los métodos de producción: falta de máquinas creadas pensando en las manos que van a trabajar con ellas y, por ende, utensilios únicamente diseñados y formulados con el fin de vender. Este hecho crea un sentimiento de aversión hacia el campo de trabajo y propicia una insatisfacción en el obrero. Así pues, Weil justifica el arraigo como una insuficiencia, el vacío en el trabajador sintiéndose un extraño en su labor, no sintiéndose en casa. Exactamente, casa es una de las palabras que gira en torno a las bacterias que han edificado el virus del desarraigo en el obrero.

En cuanto a los campesinos, Simone Weil enfatiza en la necesidad de atender a las necesidades humanas, afectivas y laborales de este segmento. Entiende que, desde el punto de vista de las revoluciones y los cambios sociales estructurales, el campesino ha sentido a lo largo de la historia una especie de olvido y dejadez. La propiedad de la tierra es otro de los gérmenes que conforman el desarraigo campesino, ya que estos labran la tierra desde la más completa subordinación hacia la élite social. El olvido, la propiedad de la tierra o la propia jerarquía en su jerga campesina crean en esta capa un sentimiento de desconexión con la sociedad que muchas veces ha degenerado en conflicto contra otras clases sociales como la obrera.

La filósofa francesa escribió este libro en una de las épocas más turbias y conflictivas de la historia de la humanidad, durante la Segunda Guerra Mundial. Además de la superación del conflicto y el cambio de los paradigmas tanto económicos como sociales, desde ese punto temporal la sociedad ha sufrido múltiples y diversas mutaciones. Estos cambios propician que el libro de Weil pueda ser leído como una especie de ensayo, de prueba para superar el pasado y establecer unas diferencias y matices en el presente. Es indudable que las clases sociales siguen existiendo pero, por ejemplo, el papel en ese momento histórico del obrero ha sufrido una metamorfosis. Hablar en este preciso instante de obrero, con todas las connotaciones que conlleva, sería anacrónico. El desarraigo que criticaba Weil ha variado mucho e incluso en algunos aspectos puede haber sido superado. Pero como tal, el desarraigo no ha muerto.

Los trabajos, las formas de producción o la propia formación son muy diferente de un siglo a otras. De tal manera que no se podría realizar una crítica al sistema actual partiendo de la base de teorías pretéritas, en cambio sí podríamos utilizar estas teorías para, a través de ellas, descodificar los mensajes que entraña este nuevo desarraigo. El hastío existencial del siglo XIX, atomizado en una clase concreta, la obrera, se ha transfigurado en un sentimiento colectivo de apatía. Si anteriormente podíamos hablar de deshumanización con respecto a los medios de producción, en la actualidad cuando hablamos del mismo término lo hacemos desde un punto de vista emocional y afectivo.

No sólo el tan manchado tema de las redes sociales y los móviles como motor principal de la desafección y las interacciones frías, distantes y mecánicas, sino el propio pensamiento colectivo que pulula por nuestras concienciasLa desinformación y la infopolución, la apatía generalizada y  las emociones supinas, sobreactuadas; en conclusión, una pérdida del verdadero sentimiento de pertenencia a una era.

Durante muchos días, e incluso meses, la pregunta que a muchas personas le sobrevolará la cabeza será ¿cómo ha podido ganar Donald Trump las elecciones en Estados Unidos? ¿Cómo han podido votar los británicos en contra de la permanencia en la Unión Europea? ¿Cómo es posible que haya grupos de personas que están a favor de las tesis políticas de Marine Le Pen o Viktor Orban? Qué casualidad, las palabras unidos y unión en el nombre de dos continentes resquebrajados, con los cimientos democráticos agrietados y escondidos en una masa de cemento putrefacto. ¿Cómo consiguen apoyo estas personas? Por el desarraigo. Un desarraigo que va mucho más allá de las técnicas de producción, los salarios y sindicatos, los trabajadores y los patrones. Este desarraigo ha viajado desde un punto al otro del planeta y ha calado en las conciencias de los ciudadanos. Ha creado personas apáticas, apolíticas, solitarias, presas de una libertad ficticia.

No quería tocar mucho el tema de Donald Trump pero voy a realizar una leve pincelada. ¿Cómo es que no ha ganado Clinton si contó con las fervorosas actuaciones de personajes como Lady Gaga o Madonna? ¿Acaso son ellas víctimas del desarraigo? Claro que tendrán sus problemas, pero el sentimiento de pertenencia a una clase inferior innata no anida entre sus preocupaciones.

Más allá de la política sanitaria, educativa, defensiva o de relaciones internacionales, más allá de toda la politiquería, de la palabrería oportunista y difusa, por encima de todas esas sandeces, existe el afecto. El sentimiento que inunda el mundo es el del suicidio, la voluntad por destruir un sistema roto. Y para destruirlo hacen falta personajes, como los mencionados en un principio, que se encarguen de gobernar a través del odio y la aversión total.

El concepto de obrero como tal, de lucha obrera, puede que se haya diluido con el flujo de la corriente temporal, pero el sentimiento de desarraigo que conlleva ha permanecido fuerte, inmutable y afianzado. No creo que sea momento de reivindicar la lucha personificada en una clase y con ella los sentimientos, sino los sentimientos a partir de las clases. La injusticia y quién la sufre, la apatía y quién o qué la provoca, la desafección y sus consecuencias. Puede que sea más necesario que una revolución o alteración del orden económico y social el propio cuestionamiento de los valores imperantes en la sociedad. El análisis de la deriva que hemos tomado a partir de los sentimientos que la han generado: la competitividad agresiva, la abulia generalizada, el hastío vital y el tedio diario. Replantearnos el camino y si es necesario deconstruirlo en vez de alicatarlo.

Simone Weil, como mencionaba al comienzo, establecía  una diferencia entre el desarraigo obrero y el campesino. La lucha por denominar entes es muy complicada y en algunos casos puede llevar a malentendidos. Por ese motivo, en el siglo XXI el uso del concepto clase obrera no quedaría obsoleto. El sentimiento de pertenencia a una clase social no radica exclusivamente a partir del trabajo, ya que el capitalismo ha creado una fina pero consistente capa que delimita esta cuestionada jerarquía de clases. Si anteriormente la pirámide social se diferenciaba por los oficios, ahora nos encontramos con un modelo en el que son nuestras pertenencias las que nos califican. El hecho de que la educación se haya universalizado y de que exista una supuesta igualdad con respecto a las leyes ha creado una cortina de libertinaje salvaje. De esta manera quedaría anticuado o malinterpretado el uso de obrero como designio de un status.

Una vez que los derechos de la clase obrera han sido reconocido y la situación se ha normalizado, queda latente un vacío moral que no ha sido ni examinado ni enfrentado. Los derechos se han logrado, pero la esencia íntima y pasional para interiorizarlos no. De aquí que aún no hayamos superado la sociedad clasista y jerarquizada y que aún sigamos parcelando a las personas, y de aquí también que se haya heredado el sentimiento de superioridad con respecto los unos a los otros y todavía se utilice, como podemos ver diariamente, como baza política para seguir construyendo una sociedad desigual y desarraigada.

*Foto de portada manifestación de estudiantes de mayo del 1968 en París.

@Celia Arcos

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