La guardería

En una guardería las y los docentes son los responsables en primera instancia del comportamiento del alumnado. Si existe un porcentaje significativo, dentro de un aula, de niños y niñas violentos, irrespetuosos o, en definitiva, rebeldes ante las normas cívicas del centro, pondríamos el grito en el cielo si a alguien se le ocurriera culparlos a ellos.

Y nos cuesta sobremanera reconocer que, mayoritariamente, somos niñas y niños políticos. No en sentido diacrónico, no como testigos, hijos y nietos de una Transición entre la espada y la pared que comenzó a crear el sustrato de las decisiones políticas engrandecidas por el imaginario de lo visceral y divisorio. No como pueblo donde guerra, dictadura y liberalización económica extrema exterminaron la conciencia de clase y naturalizaron el cinismo que mira con desdén la solidaridad entre los humildes.

Somos niños y niñas políticos consumidos por un sistema donde las fronteras entre lo que supone un reflejo de la sociedad y lo que marcan sus patrones son cada vez más difusas. Caímos en la responsabilización máxime de los resultados de una votación cuatrienal y nos convencimos de que el sistema lo creamos nosotros. No las empresas multimillonarias sabedoras de que el enorme número de puestos de trabajo de que disponen las sitúa en posiciones intocables. No la cada vez más alarmante tendencia a la idea de que somos egoístas por naturaleza, alimentada por una meritocracia salvaje e injusta que deja a los menos privilegiados abandonados a su suerte en un mundo de hienas. Nos convencimos de que nacemos iguales y, por ende, cada uno es y debe ser responsable y beneficiario único de sus acciones y decisiones, como si estas se tomaran en una desierta isla ajena a los cambios en las mareas.

Elecciones personales (y su justificación moral o ausencia de ella) aparte, me resultó y resulta personalmente doloroso el capacitismo imperante en las conclusiones del pueblo tras cada proceso electoral con victoria derechista. Los insultos hacia una mitad poblacional puede que más insolidaria, puede que con otras prioridades, puede que más reticente a ver la viga en su ojo antes que la paja en el adversario, cada vez más enemigo. Desinformación y fanatismo son resultados colaterales de la polarización política que se dan en cada opción ideológica. He leído acerca de la España tonta, la España a la que le gusta que le jodan, la España cómplice, la España cobarde, la España de la que emigrar, la España de viejos que prostituyen el futuro de los jóvenes, y me embarga el mismo sentimiento que cuando suele hablarse de Hacienda: si beneficia, somos todos; si me perjudica, son ‘ellos’.

He leído que a partir de X edad no se debería estar permitido votar. Que habría que superar un examen para ello. Que los votos de X gente valen lo mismo que el resto, proclamado como atroz denuncia. He leído cosas muy diferentes y desesperanzadoras desde la tarde del 26 de junio. Cosas que parecen querer decir que la solidaridad popular solo será de facto cuando el pueblo en masa tienda a la izquierda socioeconómica. Que todos formamos una sociedad que merece la pena preservar y mejorar salvo cuando la masa no lo entienda o no lo quiera entender. Que si la mayoría no está dispuesta a hacer un esfuerzo equivalente al que yo hago, abandono el barco y que cada cual quede a su suerte. Que aquí, o todos o ninguno.

En ningún caso me siento capacitado para dirimir qué carajo hacemos con esto. No sé dónde poner la frontera entre la responsabilidad popular y la imposibilidad de actuar, maniatados, contra el sistema que fomenta la división, la visceralidad, la impulsividad de decisiones que afectan a largo plazo a un conjunto más grande de personas del que nosotras y nosotros mismos logramos concebir. Pero sí estoy convencido de que el margen de actuación que creemos tener es mucho más pequeño que el fáctico. No sé quién ha de movilizarse para exigir un claustro de profesores renovado, una mejor sistematización de la logística de nuestra guardería. Pero no llamemos tonto al niño o la niña que monta repetidamente una pataleta o que recurre por sistema a la violencia cuando le arrebatan sus juguetes sin plantearnos cómo hemos llegado a una situación de permisividad de estas conductas.

A los niños se les educa y a su vez aprenden de forma autónoma. Cultivémonos en pedagogía e intentemos ser, cada uno, el mejor docente posible, sin perder la ilusión infantil.

@Carlos Iglesias

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