La grande giovinezza

“Termina siempre así, con la muerte. Pero antes hubo vida. Escondida debajo el bla, bla, bla, bla, bla. Y todo sedimentado bajo los murmullos y el ruido. El silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo. Los demacrados, caprichosos destellos de belleza. Y luego la desgraciada miseria y el hombre miserable. Todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo. Bla, bla, bla, bla, bla. Más allá, está el más allá. Yo no me ocupo del más allá. Por tanto, que esta novela dé comienzo. En el fondo, es sólo un truco. Sí. Es sólo un truco”

Jep Gambardella, La Grande Bellezza

Han pasado únicamente un par de minutos desde que la película comenzó y mi corazón parece ya el fiel reflejo de un puño encogido con fuerza, apretado con coraje para no desgarrar el dolor o la pasión que contiene. La voz de las mujeres que componen la banda sonora de la primera escena me hace adentrarme aún más en la película y seguir con la mirada el ritmo de sus cuerdas vocales. Acabo de conocer a Jep y ya le quiero.

Un elevado sonido me obliga a subir el volumen de la película, es la vecina del piso contiguo. Está viendo Sálvame. De martes a viernes está sola. Los lunes viene una joven mujer a limpiar un poco el piso y de paso, aunque sospecho que ese es el propósito principal, charla con ella un poco en la cocina mientras le limpia la milenaria vajilla, en el salón conforme pasa el plumero a la antiquísimas estanterías que probablemente pertenecían a su bisabuela. Los sábados y domingos viene su hijo. Sé que es su hijo porque la mujer tiene problemas de audición, lo cual hace que todos aquellos que estén con ella tengan que hablar un poco muy alto y de paso yo, su vecina, me sumerjo también en la conversación de manera pasiva. He conseguido adaptar mi oído a la cacharrería de Mediaset, vuelvo a escuchar a Jep.

“Pero yo no quería ser simplemente un mundano. Quería convertirme en el rey de los mundanos. Y lo conseguí. Yo no sólo quería participar en las fiestas. Quería tener el poder de hacerlas fracasar.”

En un ático enfrente del Colosseo, reviviendo de alguna forma la Roma más imperial. Bailando, bebiendo, debatiendo sobre arte… Puede que no sea esta la imagen más fidedigna para representar la vejez. A lo mejor sería más fiel un retiro espiritual, homólogo en la vida real de los tan temidas residencias de mayores. En este caso, muchos sí se podrían sentir identificados con Michael Caine. Unos viviendo con más lujos, otros sin piscinas, saunas o extensas y verdes praderas pero al fin y al cabo, todos retirados.

Jep rechazaría completamente ese retiro espiritual, si le tuviéramos que designar con una nomenclatura contemporánea diríamos que es un viejoven. Pero, ¿quién decide quién es viejo y quién es joven? y ¿por qué si siempre nos regimos por antónimos (feo/guapo, alto/bajo) no decimos en ese caso nuevo, como contrario de ser viejo? Puede que la palabra nuevo tenga peores connotaciones que las que podría tener joven. Si decimos joven pensamos en aire fresco, innovación, vitalidad, espíritu, pasión. En cambio, si nosotros, los de mediana edad, nos denominásemos nuevos, ¿qué querríamos decir?, ¿inexperiencia?, ¿inocencia?, ¿ingenuidad?

No, no nos llamamos los “nuevos” pero si os llamamos “viejos” y cuando lo hacemos parece como si os quitásemos el derecho de celebrar una fiesta en un ático, puede que no en Roma pero si en Triana y, pasarlo bien, drogaros, hacer locuras o simplemente disfrutar. Parece que hemos elegido la palabra viejo para no resaltar nuestra propia condición de aprendices.

Sigo observando con mucho detenimiento y pasión el personaje de Jep, sólo quedan un par de minutos para que la película finalice. He llorado. Nunca me suele ocurrir, pero los personajes, el color, el ambiente y la música han hecho que una parte de mí sienta como suya la historia narrada. Vuelvo a escuchar a la vecina viendo Sálvame, pienso en ella. Pienso en su vida, ¿a qué se habrá dedicado?, ¿habrá tenido una vida dura?

A la mañana siguiente ya no recuerdo a Paolo Sorrentino, ni a Roma, ni al coro de mujeres que produjeron mi catarsis el día anterior. Ahora la música que me hace evadirme tiene un tinte a petróleo, son coches, cláxones, ruedas frenando y personas gritando. Puertas que se abren para dar de desayunar a decenas de personas mayores que se congregan diariamente  en el Bar el Pilar. Son fieles a sus horario, nadie llegue tarde a la fiesta del desayuno. Al lado, justo en la pared contigua hay una tienda de prótesis y ortopedia. Es la calle de los ochenta.

Antes de llegar a esta calle encuentro todas las mañanas algo que me llama mucho la atención, mucho más que la música de Carl Cox siendo bailada en el ático de Jep. Una anciana pareja de trabajadores en un puesto de la ONCE. Él no puede caminar sin la silla de ruedas, ella no puede caminar sin él. Ambos tienen un problema de enanismo, pero ella saca toda la grandeza que lleva dentro para tirar la pesada silla cada mañana, subir la pequeña pero pesada cuesta que tienen que alcanzar para llegar a su puesto. En el manillar derecho de la silla tira también con endereza el perro que les acompaña todos los días. Cuando llegan a su puesto, ella coge una caja de Cruzcampo vacía, la coloca en un punto estratégico, se sube en ella y se convierte en la reina del mostrador.

Todas mis mañanas están llenas completamente de pequeñas historias de personas mayores. Me da la sensación de que conforme hemos ido creciendo como sociedad, mientras hemos ido evolucionando, hemos olvidado en nuestro bagaje lo más importante de todo. Hemos olvidado que las sociedades se construyen también por y para nuestros mayores, no sólo porque ellos son los que nos han ofrecido muchas de las ventajas que tenemos en la actualidad, sino también porque al fin y al cabo son personas con o sin el mayor, el viejo o el anciano detrás.

Sigan bailando, viajando, bebiendo y disfrutando como Jep. O mediten como Fred Ballinger. Hagan lo que les apetezca con su tiempo pero nunca dejen de crecer por la vejez.

@Celia Arcos

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