Auge y caída de una libertad ficticia

¿Qué puede aportar la revolución al arte y, qué puede aportar el arte a la revolución?

Anatoli Lunacharski, Comisariado Popular para la Instrucción Pública, Rusia 1920.

El 26 de enero de 1936 Stalin se levantaba de forma repentina e impetuosa junto con su séquito de compañeros políticos del asiento desde el que estaba viendo la obra de Lady Macbeth, de Dmitri Shostakovich. Dos días más tarde, el organismo comunicativo del Partido Comunista, el periódico Pravda realizaba una crítica titulada “Un caos musical”. El juicio que se llevó a cabo en contra de Lady Macbeth fue tan severo y firme que tan sólo unas semanas más tarde se cerrará la representación y no será hasta después más de veinte años más tarde cuando se vuelva a interpretar de nuevo.

Dmitri Shostakovich configuró su vida y obra bajo la presión del yugo político. El propio compositor en un ambiente íntimo confesó al poeta Evtuchenko “Sí, he firmado cartas en las que no creía, pero jamás he escrito una sola nota de música en la que no creyera”.

El dirigente comunista, Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, proclamaba en 1920 “El Estado no tiene la intención de imponer ideas revolucionarias ni sus orientaciones en materia de gusto a los artistas. Esto sólo podría dar como resultado caricaturas de arte revolucionario, ya que la primera cualidad del arte auténtico es la sinceridad del artista”. Trece años más tarde, mediante un decreto del comité central del Partido Comunista se acordará la disolución de todas las agrupaciones de artistas y de escritores soviéticos. Stalin llevó a cabo una purga cultural contra toda aquella persona que no respetase, velase y representara los preceptos e ideales de la sociedad rusa. Así fue tal que, en el año 1940 el poeta y dramaturgo Vladímir Maiakovski fue encarcelado, torturado y asesinado por sus ideas políticas. Pero el Estado no sólo atacó a intelectuales y artistas de manera directa, también realizó un trabajo de censura y represión indirecto. Como ejemplo de  punto extremo de subyugación artística y política, encontramos el ejemplo del cofundador del Teatro de Arte de Moscú Vsévolod Meyerhold. La desafección existencial del actor y director producida por el aplastante poder del Estado llegó a su máximo exponente en el momento en que este decidió quitarse la vida.

Aunque por ahora todo haya sido una historia de odio y represión contra distintos movimientos artísticos, es admirable la cantera de artistas que ha ofrecido Rusia al mundo. Por mucha coacción, censura y reprimenda que se hayan podido ejercer en el país, los artistas rusos de calidad son innumerables e inmejorables. Desde pensadores como Kropotkin o Bakunin, pasando por pintores del calibre de Kandinsky o Popova a escritores como Tolstoi, Svetlana Aleksievich, o Nabokov. Pero el arte o la cultura no sólo se han representado a través de grandes pintores y escritores. Podemos ver en Rusia un gran pulso contracultural como el grupo Pussy Riot o la feminista Alexandra Kollontai. Es también muy reseñable el hecho de que sobre el siglo XX, en una sociedad con una alta tasa de analfabetismo y pobreza se llevasen a cabo movimientos que fueron capaces de derrocar el poder zarista.

¿Qué le ha pasado a la sociedad rusa? Si como hemos podido ver, cuando hablamos de la historia cultural e intelectual rusa, hablamos por ende de corrientes innovadoras y combativas, ¿cómo es posible entonces que nos encontremos con una sociedad sumida en un estado soporífero, asfixiada por la propaganda y completamente lobotomizada?

Vladimir Putin, presidente de la federación Rusa, ha realizado todo tipo de triquiñuelas para no abandonar el mando. Por ejemplo, hizo uso de su compañero político Dmitri Medvédev para alternarse el poder una vez cumplido sus dos mandatos políticos consecutivos. Además de un férreo mandato gubernamental, el presidente ruso ha realizado una campaña de propaganda, censura y represión contra todo aquel que se oponga o cuestione su supremacía. El caso más reseñable es el de la periodista Anna Politkovskaya, asesinada en el ascensor de su casa a manos del Estado ruso por no comulgar con las políticas de Putin.

En una sociedad de la información, en la que la palabra es oro y la oratoria el poder de facto, controlar los medios de comunicación se puede equiparar con el poder del arte que vislumbró a Stalin y le llevó a disolver las agrupaciones artísticas. Al igual que el ex presidente de la URSS, Putin tomó la decisión hace tres años de disolver por decreto la agencia de noticias Ria-Novosti. Información en manos del Estado, periodistas asesinados, artistas encarcelados como presos de conciencia… Y así una hilera sin fin de atajos utilizados por el presidente ruso para parar cualquier corriente cultural, comunicativa o artística fuera de su círculo de afinidad.

Tanto las políticas impuestas por Stalin como las actualmente llevadas a cabo por Vladimir Putin, son un ejemplo de la ineficacia del poder político y de la propaganda. En la época soviética, por mucho que se encontrasen músicos silenciados, escritores acallados o periódicos en total control del Estado, por cada persona censurada se exaltaba una decena más que hacían valer el verdadero arte revolucionario. La historia del arte, la cultura y la comunicación en Rusia es una historia marcada por el yugo del poder político, una lucha dialéctica y física que ha acabado y sigue acabando con la vida de muchas personas. La sociedad rusa vive bajo un ciclo constante de opresión y propaganda brutal. Vladimir Putin ha absorbido como una esponja las prácticas de persuasión y adoctrinamiento estalinistas y las ha adaptado a este siglo.

Retomo la cuestión que planteaba al comienzo, ¿Qué puede aportar la revolución al arte y, qué puede aportar el arte a la revolución? Cuando Shostakovich se vio bajo la presión del poder del Estado, cuando se encontró verdaderamente amenazado, puso sus dotes musicales al servicio del poder. Muchos le consideran por este acto un ejemplo de cobardía y esclavitud hacia el poder político. Lo que comenzó como una revolución para con el pueblo, acabó convirtiéndose en una tiranía. El arte, entendido en un principio como canalizador de la revolución, se convirtió entonces en un aparato propagandístico. ¿Es el arte una extensión de nuestras ideas? y, si lo es ¿no es entonces un instrumento completamente ideologizado?, ¿puede estar el arte exento de la crítica y la censura política? Puede que en el momento en que el arte se asiente en la sociedad, se acomode, campe a sus anchas y se convierta en un ciudadano más haya perdido en ese instante la verdadera esencia del arte, el motivo primordial y auténtico de su generación.

No sólo debemos hacer un ejercicio de reflexión sobre las sociedades castigadas por la represión, debemos también realizar una autocrítica y observar hasta qué punto ha evolucionado nuestro arte, cultura o comunicación para conseguir llegar a estar aceptados por el poder político.

@Celia Arcos

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