Cuadernos de verano: Átona

Hay momentos en los que siento que no pertenezco a esta raza. Que es mayor el sentimiento de extrañeza y alteridad que el de asentimiento y fraternidad. Me creo una versión más terrestre de E.T. o de Mr. Marshall en su no consumada bienvenida ibérica.

El fenómeno sucede de forma espontánea aunque infrecuente. Suele darse ante manifestaciones de la más pura segunda naturaleza sapiens: las culturales y, en concreto, ante las que tienen que ver con el sentido del oído. La música intenta ser melodía y, es armónica por extensión, si no nuestro oído  la repelería y no constituiría un placer tan extendido, tanto por su disfrute activo (el que crea, compone, toca, canta) como por su disfrute pasivo (el que tararea, se mece con los mecheros encendidos o más recientemente con las pantallas radiantes de móviles inteligentes). Sin embargo o empero (según la acepción dialectal de la RAE que decida escoger) la versión más extraterrestre de mí se encarga de romper la armonía mientras escucho una canción. Mi parte más objeto-no-identificado se carga mis vacaciones terráqueas y mi ocio humano. Y ya no disfruto de la rítmica melodía de los instrumentos ni de la voz del cantante, más bien me retuerzo cuestionándome la razón de esos tiempos, de esas paradas, esos cambios de ritmo y la selección de esos chirriantes instrumentos.

Lo más hilarante es que aunque una parte de mí (la más arraigada) quiere demostrarle a la otra que sí tiene sentido, la otra se afana por encontrar el absurdo en cada uno de sus segundos, descomponiendo el motivo desnaturalizado de su existencia.

Y pienso que, igual que en alemán existe esa palabra para designar esa canción que no puedes parar de repetir en tu cabeza, ohrwurm, seguro que existe alguna en una lengua remotísima para denominar el momento de extrañeza y absurdo ante algo tan aparentemente bello y humano como es la música.

Esa no es la mejor o más impactante parte del suceso, sino que continúa. No solo me había planteado la naturaleza física de la propia composición de la canción sino que además me permitía divagar sobre el sentido ontológico de la misma. ¿Por qué la música?  ¿Qué nos calma? Y luego recuerdo la canción de John Cage 4’33”, una en la que solo hay silencio, aunque se respeten los movimientos que constituyen cualquier partitura de música clásica y vuelvo a creer en mi raza. Me digo, esa es la poesía, ahí reside la fraternidad, todos somos extrañeza, cercanía y lejanía de vez en cuando: la misión de la música es la de recordarnos que somos humanos.

@Beatriz Arcos

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