El buen gobernante

Escándalo, es un escándalo. Escándalo, es un escándalo canta Raphael

Es la canción que se me viene a la cabeza cuando leo los titulares de los principales periódicos españoles (e internacionales) sobre nuestros representantes políticos y sus meteduras de pata con la justicia. Los últimos, los de esa facción política que se jacta de la transparencia y el buenhacer cívico como sus máximas: Echenique que no dio de alta a su asistente, Cañamero que pasó de Robin Hood del pueblo a déspota facilitando propiedades a sus familiares…

Quizás la decepción es mayor cuando se contradicen sus líneas ideológicas con sus prácticas poco ejemplarizantes. De algunos ya estamos acostumbrados, pero que la nueva política incurra en errores de este calibre es imperdonable. ¿Con qué potestad han de exigir al pueblo que cumplan con la ley cuando ellos son los primeros que la quebrantan? Y sin embargo, ¿con qué poder ha de exigir el pueblo ejemplaridad a sus representantes cuando nuestro sistema político es la democracia, es decir, el gobierno del pueblo, si este no es más que el reflejo de nuestras virtudes pero también de nuestros defectos? ¿Cómo osamos exigir la perfección moral de unos gobernantes que son tan terrenales como nosotros?

En estos tiempos en los que nos encontramos con una decepción política tras otra, tenemos que recordar con qué sistema político decidimos organizarnos y cuáles son las consecuencias de ello. Aristóteles decía que la democracia se malograba en la demagogia y Platón ni siquiera creía en ella, pero qué vamos a recordar de las lecciones de Filosofía de Primero de Bachillerato si es una materia que va camino de desaparecer o aún peor, de convertirse en optativa, creyendo que la elección nos reportará libertad y que esta es equiparable a democracia.

La errada asunción de que el representante político ha de acaudalar virtudes no es un neologismo. Anteriormente se daba en esos casos en los que el poder político era una simbiosis con la religión y emanaba directamente de Dios, y ¿cómo iba a elegir Dios dar un poder entre los hombres a alguien que no contuviese el virtuosismo más pleno? Por otro lado, el buen gobernante que describía Plinio el Joven (refiriéndose al Emperador de origen sevillano Trajano) debía ser un speculum princepis, es decir, debía reunir los mejores atributos con objeto de servir de ejemplo al pueblo: la prudencia, la responsabilidad, la capacidad de anticipación o la lucidez. La palabra virtud de hecho, procede del latín vir-is, que además de significar “Integridad de ánimo y bondad de vida” hace referencia a la capacidad del vir (del hombre) de proteger su territorio (oikós) por medio de las armas y de su arrojo, acepción que se explica por las ingentes contiendas entre pueblos y territorios y de ahí que su praxis se identificara con la excelencia.  No obstante, el otro príncipe famoso, el de Maquiavelo y su prototipo de gobernante ha llegado a nuestros días malinterpretado y extremadamente simplificado; alguien (germánico) se encargó de seleccionar clichés y citas y de mutilarlas de su contexto para que hoy en día se nos haya legado únicamente “el fin justifica los medios” y el nombre del autor convertido en un adjetivo peyorativo, “Astuto y engañoso”. No sé si estaréis de acuerdo conmigo en que los nuestros, nuestros principitos, todos y cada uno de ellos -no sé si incluir un “salvo honrosas excepciones”- parecen no tener mayor intención que la de perpetuarse en el poder a toda costa y por supuesto, de dar lecciones de una pésima altura moral. Según Maquiavelo, la fortuna -monetaria, no la suerte- debía ser también una virtud del gobernante para atenuar la posibilidad de corromperse, aunque Donald Trump es multimillonario y por descontado, eso no le hará mejor presidente.

Por supuesto que debemos condenar las malas praxis que entre todos y por nuestro código penal, hemos convenido que así se juzguen, pero no podemos ni debemos hacer un juicio moral a los representantes de un sistema político que hemos elegido en el que prima la libertad de elección sobre la excelencia, la sabiduría o la humildad. No hemos de conformarnos con una mediocridad democrática a medio gas, pero ¿quién en su sano juicio querría ser gobernante siendo algo sensato?

@Beatriz Arcos

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