Prohibido prohibir

 

Es una tarde veraniega de agosto, quedas con amigos y amigos de amigos y amigos de los amigos de los otros amigos. Acabas haciendo una macedonia de conocidos en un chiringuito entre cervezas, agua de valencia y caipirinhas cubanas. Como en la mayoría de las conversaciones españolas se acaba hablando sobre las elecciones. La política acapara todo el resto de la charla. Unos muestran con más ahínco su rechazo a todos los partidos, otros se callan. El diálogo fluye hasta llegar a tocar los temas polémicos y usuales que hemos ido viendo día a día en los informativos. Que si refugiados, guerras, el Papa Francisco… Tú, que eres un cachondo y un tipo con un extrovertido sentido del humor, sueltas algún que otro chiste negro sobre los temas más usuales con los que bromear: Marta del Castillo, Irene Villa, los judíos… Uno de los amigos de los otros amigos clava su mirada en tu ojos. Desafiante, no muestra ni una mueca de júbilo al escuchar el chiste de “Rajoy promete resucitar la economía y a Marta del Castillo”. La anécdota se queda en una guerra visual sin diálogo ni discusión posterior. Cuando acaba la velada cada uno vuelve a su casa, unos pensando en lo poco educado y mamarracho que era el amigo del amigo y su humor negro, en cambio, otros vuelven tal y como llegaron, sin más.

“Rajoy promete resucitar la economía y a Marta del Castillo” no fue en realidad un comentario superfluo e inadvertido que hizo alguien una tarde de verano y que tal y como llegó se fue. Esa frase fue una de las que hizo ir a juicio al concejal madrileño Guillermo Zapata. Puede que si Zapata hubiera bromeado con el tema en otra situación, durante una amena y divertida conversación no se hubiese creado ningún tipo de polémica ni se hubiera visto envuelto en un juicio mediático y penal. Pero no fue así. Guillermo Zapata escribió y subió ese chiste a una red social a la vista de todo aquel que posea un dispositivo móvil u ordenador e Internet. Desde Wyoming hasta Palos de la Frontera, cualquiera lo podría y puede haber visto.

Es curioso examinar cómo cambia tanto la jurisprudencia como el juicio popular dependiendo del contexto y de la persona. El seis de junio de 2012 cuando Guillermo Zapata escribía en su cuenta de Twitter estas palabras, no ocupaba aún ningún cargo público ni debía entonces ningún tipo de moderación en sus opiniones ya que era una persona anónima y no representaba a ningún colectivo ni ciudadanía. ¿Entendemos así que los políticos deben renegar del arte de la sátira únicamente porque hagan de representantes de la población? No, ni mucho menos. Aquello que se ha de tener más en cuenta no debe ser el nivel de popularidad o representatividad que tenga uno u otro, sino el alcance que pueden llegar a tener las declaraciones que haga. Hemos podido ver cómo no tiene el mismo enjuiciamiento el chiste entre amigos en una conversación banal y el mismo chiste publicado por una persona a la que siguen miles de personas en Twitter. ¿Es entonces la magnitud y el radio de alcance que puedan llegar a tener unas declaraciones aquello que mide la libertad de expresión conforme al humor negro y la sátira?  Tampoco, ya que si nos guiásemos por ese precepto no deberían existir entonces revistas como Mongolia o El Jueves ya que cualquiera que pueda ir a un kiosco y comprar una revista tiene la capacidad de acceder al humor negro.

Toomas Hendrik Ilves “A falta de un contrato social en el ciberespacio, este último representa un universo casi puramente ‘hobbesiano’: un espacio sin reglas, donde tal y como lo describe el autor del Leviatán “las vidas son pobres, desagradables, brutales y cortas, donde simple y llanamente no hay Estado de Derecho”.

El quid de la cuestión y hacia donde quiero encaminar el debate no se refiere tanto a la persona o el contenido, sino al continente. Para entenderlo de manera más clara usaremos ahora otro ejemplo. La muerte del torero Víctor Barrios durante una corrida de toros ha sido el caso más reciente de debate incendiario sobre los límites de la libertad de expresión en las redes sociales y la web. Desde el rapero Pablo Hasel hasta el youtuber JPelirrojo y pasando por un sinfín de comentarios de personas anónimas. Tras la muerte del torero, Twitter se inundó de comentarios que se jactaban del fallecimiento de este. Se escuchan muchas voces que achacan este libre albedrío de opiniones en la red precisamente al anonimato y refugio que da esta. El situarnos detrás de una pantalla, no poseer un rostro palpable y la cercanía de la conversación real y no 2.0 da al usuario una mayor libertad para exponer en la red cualquier tipo de consideraciones. Además de este cierto anonimato, es también reseñable la falta de leyes con respecto al mundo virtual y la libertad de expresión. Mientras que en el soporte televisivo y de papel nos encontramos con un sin fin de normas, advertencias y reglamentos que nos advierten sobre qué hablar o la manera en que decirlo, el usuario común de Internet posee una completa y total libertad con respecto a la forma y el contenido.

En el caso de la muerte de Víctor Barrios, no creo que el problema resida en la publicación de unos tweets ofensivos y de mal gusto. Creo que en el caso del torero la cuestión radica más en un asunto de índole moral. Celebrar el fallecimiento de una persona, sea quien sea, es imprudente e irrespetuoso.

Volviendo al aspecto del continente. En ambos casos las declaraciones se han hecho vía Twitter. Hendrik Ilves compara el mundo hobbesiano con la red. Un mundo sin reglas ni normas, basado en el libertinaje. Así es Internet, un medio a través del que cualquier persona es capaz de escribir lo primero que se le venga en mente, una convivencia marcada por la falta de espacios íntimos, por el libre albedrío. ¿Deberíamos limitar la libertad de expresión en la red? En absoluto. Si lo que intentamos fomentar es un clima más pacífico y respetuoso en ningún caso el coartar y reprimir la libertad de expresión, sea cual fuere la idea que se expone, es la solución.

En el caso del torero recientemente fallecido, imaginemos que a aquellas personas que han expresado su alegría ante este hecho un juez les multa con 1.000 euros por sus declaraciones. Puede que el tener que deshacerse de tal suma de dinero sea un aliciente para que la próxima vez que vaya a publicar un tweet de ese estilo, se lo piense dos veces. Puede que de esa manera no seamos espectadores del júbilo de muchos por la muerte de un torero, pero el sentimiento no desaparecerá.

Parece que en algunos casos juzgamos con mayor intensidad la libertad de expresión en Internet dejando a un lado una honda reflexión sobre el poder de las ideas y las propias ideas.

Sin duda alguna, crecer a través y en medio de la diversidad de opiniones y de creencias nos hace mucho más ricos. Muchos pensarán que no ganan ningún tipo de riqueza al leer tweets mofándose sobre la muerte de Víctor Barrios o de Irene Villa. Yo pienso que es esa propia capacidad de discernir entre el bien y el mal, entre el buen gusto y la mediocridad, entre la sátira y la mofa aquello que nos hace ricos, aquello que nos permite tener una visión más crítica e inconformista sobre todo aquello que nos rodea.

En cuanto a mí misma, quiero seguir leyendo todo tipo de opiniones por mucho que no las comparta, por mucho que no entren en mis oídos y hagan sangran mis ojos. Quiero ser testigo de la sociedad en la que vivimos y de la enorme falta que hace ser conscientes de que queda aún mucho camino por recorrer para estar educados como colectivo. Si Internet es una de las vías más potentes por las que podemos ver que siguen existiendo necios que no saben valorar la libertad, utilicemos pues también Internet para mostrarles el gran poder que tienen en sus manos.

@Celia Arcos

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