Clases

Cerró la puerta con fuerza para salir de casa. Bajaba las escaleras al son de la música que habitaba en sus oídos; ahí está la calle y el radiante sol. Tenía un recorrido predeterminado para llegar a su destino. Podría haber escogido tomar el autobús para ir más rápido y más cómodo, pero no le apetecía. Prefería andar 45 minutos y empaparse del sabor de la ciudad. Un sabor que conforme iba avanzando se hacía cada vez más amargo.

Los primeros tramos de su camino eran los más sencillos. Pasaba por los barrios bien. Gimnasios que perecen coctelerías, coctelerías que parecen hoteles de lujo inaccesibles e inalcanzables para el ciudadano común. Dos colegios privados a menos de 20 metros de distancia entre cada uno, niños con camisa y pantalón de ejecutivo, niñas con falda y calcetines hasta las rodillas. Son las nuevas juventudes ataviadas como sus padres, los niños no corren, ni te cortan el paso, se desenvuelven por su barrio con el mismo espíritu que el de un gánster caminando por su zona.

Señoras en sillas de ruedas llevadas por mujeres color café, bebés en carritos llevados por señoras color café. Es el barrio del empeño, empeñan sus vidas por posesiones, empeñan su felicidad por vagas ilusiones. Pasear por esta zona es como viajar en el tiempo a un pretérito inexistente donde no hay ojos cansados, ni manos duras, ni espaldas quemadas. Las calles rebosan tranquilidad pero no paz. No es esa paz la que quiere sentir, no es la paz del delirio irracional por lo ideal, es otro tipo de tranquilidad acumulada y acomodada en cosas y en la eterna delegación de los quehaceres que no queremos hacer.

Sigue andando decidido hacia su destino. Los árboles acunan su sombra y acelera el paso. No pasa desapercibido a su vista los carteles publicitarios de los comercios. Llamativos, elaborados, impecables, pero siempre imitados. Letras vaporosas, palabras vacía, faltas de sensación que muestran irremediablemente la desgana con la que han sido elaborados. No existe la necesidad de vender porque todo lo aquello que conforma estos barrios ya está subastado. El dinero es el mejor postor.

Personas pasan a su izquierda y derecha, le adelantan con paso ligero y se rodean para mirar con desdén a la persona que han logrado aventajar. Es la competitividad hasta en el caminar. Vidas que se aplastan unas a las otras. Imagina mientras anda una guerra, una lucha de señores en taca taca y de señoras en sillas de ruedas siendo llevadas por el asistente, todos compitiendo por la nada, todos siendo coronados por sus propios egos. Mientras, tras ellos les siguen la pista sus predecesores aprendiendo cada paso y cada gesto de estos. Niños de cinco años con colgantes de la cruz del cristianismo. Niños de cinco años que aún no han aprendido a aprender. Está comenzando a sentirse incómodo. Aprieta el paso aún más. Su imaginación viaja tan rápido que no consigue distinguir la quimera de la realidad.

De repente cruza un paso de peatones que le hace viajar a otro mundo. Parece como si de repente acabase de entrar en una nueva dimensión no sólo alejada de la anterior, sino completamente antagónica.

Los árboles son aquí anoréxicos, las hojas están secas y no porque en esa zona haga más calor, sino porque el sistema de riego no parece haber llegado hasta aquí. Las caras cambian, los gimnasios cambian, no hay coctelerías. Ojos tristes, afligidos vagan por las sinuosas calles. Buscan un punto perdido donde poder asentar la mirada y descansar del hastío en el que viven. Niños con trabajo, padres sin oficio. Niños que nacen marcados por una localización geográfica, predeterminados a vivir enfrascados en sus pequeñas fronteras. Padres que gastan su piel, su sudor y su esfuerzo. Y ¿dónde están las madres? Tirando del la silla de ruedas del barrio que pasó hace unos minutos, acompañando en un banco, sentada al sol, al señor que descansa de su tacataca. Son las madres con las manos destiladas por los químicos de la lejía, son las madres de todos y cada uno de nosotros, que nos venden el pan y nos dan de comer, que limpian la suciedad que otros no quieren ni mirar. Es el barrio de los deshechos, el barrio de las sobras. El barrio que está escondido, tapado entre la maleza para que nadie lo vea. Insonorizado para que no se escuche el dolor de los que sufren.

Mientras llega a su destino, en lo últimos pasos retumba en su cabeza  un sinfín de elucubraciones que corren chocando las unas con las otras, como bolas de billar intentando llegar a su destino, un agujero en el que todas las ideas se quiebran frente a la oscuridad de la incertidumbre.

¿Por qué unos tienen tanto y otros tan poco? Habrá voces que argumenten que aquellas personas que desempeñan trabajos más físicos y laboriosos o vistos socialmente necesitados de menor esfuerzo intelectual es porque realmente lo han escogido. “Ellos optaron por abandonar sus estudios con 16 años y adentrarse en el mundo laboral”, de esa manera puede llegar a parecer lógico que una persona con menor bagaje intelectual ocupe puestos de trabajo en los que prima más la maña y la técnica. El problema nace en la estigmatización de determinados puestos de trabajo. Hay niños a los que se le llena la boca cuando dicen que su padre es un alto cargo de El Corte Inglés y otros que miran tímidamente y con recelo cuando cuentan que es su padre el que vende el pescado en Supercor.

Decía hace unos meses, en el programa Al Rojo Vivo, Francisco Marhuenda que no existen las clases. El periodista se atrevía a asegurar rotundamente que la división y la sempiterna lucha de clases es una especie de invención de la izquierda para poder ganar electorado. Debería Francisco Marhuenda y todos los que siguen la línea de pensamiento que el director de La Razón defiende, cerrar un día las puertas de su casa y salir a pasear. Pasear tratando de visitar más allá del barrio que frecuentan con asiduidad.

Puede que las clases como compartimentos estancados e impenetrables no existan gracias a que anteriormente si los haya habido y se haya luchado para desconfigurarlo. Aquello que seguramente si podemos con certeza afirmar que exista es una tremenda y muy visible estigmatización de los trabajos.

Los barrios son fieles indicadores del poder adquisitivo que tienen sus habitantes y el poder adquisitivo está directamente relacionado con el oficio en el que se trabaja. Aquí radica el germen del problema. Trabaja como panadero, vive en un barrio humilde lleva a sus hijos a un colegio humilde y sus hijos se empapan y crecen en un ambiente descontextualizado, con muchas menos posibilidades y más cerrados a otras oportunidades. Aquel que vive en un barrio de bien, posiblemente asista a clases en un colegio concertado y se relacione con chicos y chicas de su edad con los que comparta el mismo modo de vida. Esos niños y niñas verán con mayor normalidad el seguir una carrera profesional y académica y con muy poca frecuencia optarán por un mundo laboral temprano.

Hasta aquí todo parece razonable y más que obvio. Aquello con lo que estamos obligados moralmente es con derribar los muros de los prejuicios, acabar con las fronteras dentro de una misma ciudad, romper las etiquetas. Sería todo un logro vivir en la diversidad, abrazar las diferencias que podamos encontrar pero siempre desde la misma altura, sin tachar de menos valiosa o depreciar un estilo de vida con respecto a otro.

Poder andar y andar y andar, pasar barrios y encontrar la idiosincrasia de cada uno pero sin sentirse fuera de contexto. Vivir en un edificio donde encontremos desde una panadera a un limpiador o un juez y una doctora.

@Celia Arcos

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