El puerto de Portugal

La prima norteña de Lisboa tiene un candor oceánico que irradia salitre por todas las esquinas, los azulejos y las cuestas de la ciudad. Personalmente, yo tengo un fetichismo con las ciudades partidas por ríos -ríos de verdad-, con caudal, no ríos secos o convertidos en zonas verdes, donde pueda ver agua y Porto es un divorcio acuático-terrestre casi perfecto. No solo tiene río, el Douro, nuestro Duero, sino que además lo ve morir en una confluencia natural con un océano Atlántico muy nostálgico.

A Muñoz Molina le encanta Lisboa, he leído varios artículos suyos que versan sobre esta ciudad; cuando leo sus líneas no solo me siento identificada con sus hallazgos, sino que consigue evocar en mí esos cinco o seis sentidos que Lisboa hace que enciendas. Oporto es presumiblemente diferente a Lisboa, lo que significa que nos proporcionará estímulos diversos y deliciosos a los que el visitante deberá estar ojo avizor. Digo esto porque todas las comparaciones son odiosas y más aún con la pugna por la hegemonía que estas dos ciudades se traen.

Las primeras percepciones que recibo de Oporto son unos rugidos estomacales que no cesarán en días. Hay tal cantidad de dulces apetecibles (aunque no haya Pasteis de Belem o de natas) que lo único que quieres hacer es comer (y beber café).

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Torrijas, croissants salados y unos bollos que se parecen mucho al roscón de reyes con crema pastelera.

En esta ciudad, famosa por su vino con denominación de origen, el Oporto, debemos hacer caso a las costumbres de sus autóctonos y visitar sus tabernas y vinerías donde probar este vino acompañándolo con quesos de la zona y embutidos. Y si queremos visitar sus bodegas deberemos ir al otro lado del río, a Vila Nova do Gaia –que no es Oporto– donde se sitúan todas las casas de vino de la ciudad. En esta parte se encuentra la Taberninha do Manel un lugar imprescindible donde además de probar sus vinos y sus tablas de quesos con miel y mermeladas podremos degustar una auténtica francesinha, esa aleación de sandwich gratinado con un relleno de todo lo que te puedas imaginar, huevo frito incluido, y cubierto todo de salsa de tomate, rico a la par que contundente (con una en toda nuestra visita será más que suficiente si no queremos morir). Pero si podéis y queréis daros el gustazo, tenéis que visitar este restaurante de uno de los cocineros vanguardistas más famosos de Portugal José Avillez, Cantinho do Avillez, lo mejor, (todo) pero especialmente su postre de tres texturas de avellana.

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Migas a la portuguesa (Cantinho do Avillez)

Diréis ¡pero no todo es comer! De acuerdo, volvamos al resto de los sentidos. El mero hecho de pasear por la ciudad ya es todo un espectáculo. El placer de ir descubriendo lugares mágicos sin necesidad de usar el mapa o preguntando con curiosidad a los portuenses lo convierte en una gymkana de perplejidad constante. Un paseo precioso será el de la Ribeira del Douro, lleno de terrazas con sus típicos edificios de colores. Allí podremos caminar por uno de los numerosos puentes de la ciudad, Don Luis I. 

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Vista de Oporto y el puente Don Luis I desde el Monasterio da Serra do Pilar en Vila Nova do Gaia

Un hito imprescindible es la Torre de los Clérigos, a la que podemos subir y disfrutar de unas vistas espectaculares de la ciudad (cuidado a los más claustrofóbicos, la subida es bastante angosta y a veces hay que esperar a que bajen para que podamos subir). En ese mismo barrio encontramos una de las librerías más famosas del mundo, la librería Lello e Irmao, cuya entrada nos descuentan en la compra de libros (yo me llevé uno del eterno candidato al Nobel, Antonio Lobo Antunes). Esta zona universitaria está plagada de tiendas de diseño portugués donde comprar souvenirs más elaborados que una toalla o un mantel con el diseño del mítico gallo nacional (que campan por todos sus parques).  En el Barrio de Bolhao no podemos dejar de visitar su pintoresco mercado de abastos ni su mítica pastelería “A Perola do Bolhao”.

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Mercado de Bolhao

La Catedral de Oporto, la Se, goza de un lugar privilegiado en la zona alta de la ciudad desde donde podemos caminar hacia la Estación do Sao Bento, –indispensable observar sus azulejos azules y blancos del siglo XIX-. Si seguimos por esa ruta, continuaremos hasta el Mercado Ferreira Borges, espacio reconvertido en una discoteca que cuenta con un restaurante en el piso de arriba en el que te recomiendo que te tomes una cerveza nacional, la Super Bock, (y algún bocata, están riquísimos y baratos) y descanses un rato los pies, nos queda aún un trecho. Uno de los lugares más inesperados que te encuentras en sus alrededores, además del Palacio de la Bolsa, es la Iglesia de Sao Francisco, a la que recomiendo encarecidamente ir. En mi caso, fue un refugio donde guarecernos de la lluvia que nos sorprendió como pocos lugares, el interior es suntuoso y extremadamente ornamentado para quizás pertenecer a una orden religiosa mendicante, pero así son las cosas de palacio…

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Detalle del retablo de la Iglesia de Sao Francisco

Además de su suntuosidad, posee unas catacumbas que son dignas de ser visitadas, da un poco de repelús el ver una montaña de huesos apilados en una especie de fosa, pero hay que ser valiente cuando se viaja. Por la misma zona, en el centro de la ciudad no podemos pasar por alto visitar también la PraÇa da Batalla, un boulevard que conmemora las gestas contra los musulmanes de Almanzor. Muy cerca está la Iglesia de San Ildefonso, que destaca por su azulejería en los mismos tonos que la estación de Sao Bento. La Rua das Flores, una de las calles peatonales más concurridas de Porto donde se entremezclan locales modernos y graffitis con otros más tradicionales de azulejos. En esta calle encontraremos vinerías y multitud de restaurantes y tiendas.

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Si apreciáis la arquitectura, seguramente conozcáis a uno de los arquitectos portugueses más famosos, Álvaro Siza, en Porto está uno de sus proyectos más genuinos, las Piscinas das Mares, una intervención en unas piscinas naturales al lado del puerto de la ciudad. Hicieron un intercambio de arquitectos entre Rotterdam y Porto, Álvaro Siza construyó en esa ciudad el rascacielos New Orleans y el holandés Rem Koolaahs (que no Ron cola) diseñó la Casa da Musica que se ha convertido en uno de los iconos de la ciudad como lo pueda ser el Guggenheim de Bilbao.

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Salgo yo (no tenía otra mejor)

La mejor manera de disfrutar Oporto es caminarla, comer sus platos, beber sus vinos, mirarla desde lo alto en el teleférico y los miradores, intentar sacar el menor número de fotos posibles para no perdernos un instante de lo que ocurre a nuestro alrededor y, sobre todo no hacer caso a ninguna guía de viajes, ni siquiera a este artículo. Oporto es tan suya, que solo deja que construyas la relación entre ella y tú.

@Beatriz Arcos

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