Todos deberíamos ser Dean Moriarty

“Precisamente por entonces empezó a obsesionarme algo extraño. Era esto: me había olvidado algo. Se trataba de una decisión que estaba a punto de tomar antes de que apareciera Dean y que ahora se había borrado de mi mente aunque todavía la tenía en la punta de la lengua. Chasqueaba los dedos intentando recordar. Y ni siquiera podía decir si era una decisión auténtica o sólo algo que había olvidado. Me obsesionaba y desconcertaba, me ponía triste. Tenía algo que ver con el Viejo de la Mortaja.

Carlo y yo estábamos sentados en una ocasión, rodilla contra rodilla, en dos sillas, mirándonos, y le conté un sueño que había tenido de un extraño árabe que me perseguía por el desierto; trataba de escaparme de él; pero me alcanzó justo antes de llegar a la Ciudad Protectora. “¿Quién sería?” –dijo Carlo. Lo consideramos. Supuse que era yo mismo envuelto en una mortaja. No era eso. Algo, alguien, un espíritu nos perseguía por el desierto de la vida y nos alcanzaría antes de llegar al cielo. Por supuesto, ahora que volvía a ello, no podía ser más que la muerte: la muerte que nos alcanza antes de que lleguemos al cielo. Lo que anhelamos durante nuestra vida, lo que nos hace suspirar y gemir y sufrir todo tipo de dulces náuseas, es el recuerdo de una santidad perdida que probablemente disfrutamos en el seno materno y sólo puede reproducirse (aunque nos moleste admitirlo) al morir. Pero ¿quién quiere morir? En el torbellino de acontecimientos en el fondo de la mente seguía pensando en esto. Se lo conté a Dean y él reconoció de inmediato que no era más que anhelo de la propia muerte; y dado que nadie vuelve a la vida, él, sensatamente, no quería tener nada que ver con ello, y me mostré de acuerdo.”

(En el camino, Jack Kerouac)

 

jack keroak
Jack Kerouac, uno de los máximos exponentes de la Generación Beat

¿Realmente deberíamos todos ser como Dean Moriarty? Es lógico y adecuado preguntarnos  por qué deberíamos ser como un hombre que recorre de costa a costa los Estados Unidos con la camisa deshilachada, medio abierta con un cigarro en la boca y una botella de alcohol en la mano, dejando a mujeres embarazadas en cada puerto que desembarca, retando a todos los conductores que se encuentra por la carretera a una sinuosa y peligrosa carrera. No, no es Dean Moriarty el ejemplo de sutileza y de vida modélica pero todo aquel que viaja en el camino acompañado de Dean y de Sal acaba aprendiendo algo muy valioso de los dos amigos.

Dean y Sal han desechado por completo la idea de vivir una vida programada, meditada y sencilla. Se cuelan en casas, roban coches, roban en gasolineras, se enamoran cinco veces en una misma noche de distintas mujeres, las aman, las dejan y las vuelven a amar. Viven con la música, no descansan hasta encontrar en medio de la noche de Chicago algún antro abierto en el que resuene la música bop.

Sal cae rendido ante una joven mexicana, vive junto a ella y el hijo de esta un período idílico, por las descripciones que da en ese momento de su vida se podría considerar que es el tiempo en el que mejor se encuentra consigo mismo. Pero les abandona.

Dicen que si estuviésemos destinados a pasar toda la vida en un mismo sitio, bajo las mismas costumbres y los mismos deseos infantiles, tendríamos raíces en vez de piernas. Dean repite la historia de su amigo pero con menos amor y más pasión. Se enamora cada noche, deja embarazadas a varias chicas, con cada una tiene una historia diferente pero al final siempre acaba huyendo de todas. Aunque en realidad no huye de ellas, ni de él mismo, ni de sus hijos. Dean huye de la vida que conlleva ese tipo de responsabilidades. Dean y Sal son los máximos exponentes de una vida libre y sin ataduras.

Cuando digo que deberíamos ser como Dean Moriarty no me refiero a que debamos por obligación dejar atrás toda nuestra vida, salir por la puerta y no volver a entrar nunca más en nuestra casa. Cuando hablo de ser, tener una parte de Dean en nosotros me refiero a vivir acorde con la descripción que hace Sal de él.

La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un ¡¡¡Ahh!!!

A lo mejor existen personas que nunca han salido de sus casas, que no tienen curiosidad por conocer más allá de sus límites, pero concuerdan con la descripción. Puede que necesitemos todos un poco de la locura de Dean y Sal para darnos cuenta de que lo que realmente queremos es una vida convencional, pero habiendo antes experimentado su contrario.

Los dos amigos frecuentan con bastante asiduidad conciertos. No grandes conciertos sino conciertos pequeños, íntimos, en la barra de un bar y medio borrachos. No les hace falta asistir a las megaconstrucciones musicales para vivir con intensidad el arte. Desde la tercera fila contemplan a los músicos, les radiografían. Cualquiera puede una noche salir de casa con lo puesto y bajar al bar más cercano, sentarse en la barra y escuchar la inmensidad de la música en un bar de 10 metros. Dean y Sal se integran con la cultura que les rodea, la acogen como suya y beben de ella. Una mezcla entre los dos amigos sería el conjunto ideal con el que vivir durante un periodo. La destreza de Dean para salir de apuros, sus ganas por sentir hasta el último centímetro del aire que respira o la inteligencia y la prudencia de Sal que le hace ser más precavido.

No tenemos porqué alquilar un coche y cruzarnos de punta a punta Estados Unidos, no tenemos porque ir dejando por ahí familias medio hechas y abandonadas, no tenemos porqué drogarnos. En realidad a lo que hace apología En el camino es a la curiosidad. El ser curioso y no sentir miedo. Dejarse embriagar por las sutilezas de la vida.

Ahora fíjate un poco en esos de ahí delante. Están inquietos, van contando los kilómetros que faltan, piensan en dónde van a dormir esta noche, cuánto dinero van a gastar en gasolina, el tiempo que hará, cuándo llegarán a su destino… como si en cualquier caso no fueran a llegar. Pero necesitan preocuparse y traicionan el tiempo con falsas urgencias o, también, mostrándose simplemente ansiosos y quejosos; sus almas de hecho no tendrán paz hasta que no encuentren una preocupación bien arraigada, y cuando la hayan encontrado pondrán la cara adecuada, es decir, serán desgraciados y todo pasará a su lado y se darán cuenta y eso también les preocupará.

Imagino a Dean y Sal en un supermercado, eligiendo la caja con la cola más larga porque son así de despreocupados y esperando. Imagino como en su cesto solo llevan un par de cervezas, cómo las personas que están delante de ellos les preguntan con amabilidad si quieren pasar antes y ellos rehusan la petición. No les importa esperar, porque no existe espera sino paciencia y contemplación. Les imagino en ese supermercado buscando el canto del pájaro que se ha colado en una ventana y se escucha de manera supérflua. En comparación, las demás colas rebosan personas impacientes que tratan de adelantar a todo aquel que tienen por delante, personas consumidas y consumistas.

Puede que sea eso lo que debamos aprender de Sal y Dean, a saborear hasta una cola del supermercado, a esperar todo el tiempo que sea necesario aunque luego cojamos el coche y conduzcamos a 180 km/h. Esa es la vida que por unos segundos todos deberíamos sentir. La vida del camino, del paso del Caminante no hay camino, se hace el camino al andar…

Realmente Dean y Sal no nos enseñan a despreocuparnos de la vida sino a preocuparnos en los detalles insignificantes, en la necesidad de diseccionar y destripar cada instante, en conocer el miedo y el pánico a lo desconocido y abrazarlos.

@Celia Arcos

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