Concierto en DO (lor)

Dice Woody Allen que cada vez que escucha a Wagner le entran ganas de invadir Polonia. Puede que La cabalgata de las Valquirias no sea precisamente un pieza tranquila y relajante como lo podría ser el Tristán e Isolda del compositor alemán, pero de ahí a convertir de la música un elemento bélico y estigmatizado por el uso que se le ha dado en un pasado podría estar un poco descontextualizado.

Al igual que a Woody Allen le entran ganas de invadir Polonia, el compositor italiano Ludovico Einaudi ha tratado con su obra Elegy for the Artic que nos invada un sentimiento de preocupación seguido por la toma de iniciativa para sumarse a la causa que reivindica con esta pieza. Actuó hace un par de días en medio del Ártico de la mano de Greenpeace para hacer ver la necesidad de acción frente al cambio climático y la pasividad de países  como Noruega, Dinamarca e Islandia que se niegan crear una zona protegida en las aguas del Océano Ártico.

Mientras que escuchamos a Wagner y a su tono más dramático y postromántico o a la serenidad y paz de las obras de Ludovico, el mundo se tapa los oídos ante la magnificencia de estos compositores y sus obras y escucha su propia pieza. La banda sonora a través de la que el mundo funciona y sobrevive es a la vez fascinante y horripilante. Se pueden escuchar gritos a mansalva y voces que se apagan paulatinamente o las hay también aquellas que dejar de sonar súbitamente. Pero encontramos también otras voces calmas y virtuosas que tratan de sonar con más ímpetu que estas primeras.

Conforme el ártico se derrite gradualmente a los pies de las notas de Ludovico, el mundo alza un grito estrepitoso en todos sus rincones. Hay voces infantiles, maduras e inmaduras. Voces que no merecen ser escuchadas en sus último aliento y otras que gritan por compasión y coraje. Se escuchan también voces silenciadas en el eco de sus plegarias.

Si escuchara durante una hora la música del mundo me derrumbaría. Puede que Tristán e Isolda no sea una pieza que transmita alegría, pero transmite y ese es su fin. La banda sonora del mundo no transmite ningún sentimiento. La pugna por la mayor sonoridad de unas voces contra otras hace que al final todas acaben por diluirse en la misma textura, en una amalgama de sentimientos encontrados y vidas rotas.

Escucho en un efímero recuerdo a la voz Berta Cáceres siendo asesinada en Honduras por defender la naturaleza. Sus verdugos, sicarios de los escuadrones de la muerte, han silenciado la sonoridad de la batalla pacífica de Berta. La activista y ecologista dedicó su vida a la lucha por defender los recursos naturales con los que cuenta su país. Creó el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas por Honduras, logró en algunos casos que se parasen mega embalses hidráulicos que atentaban contra la convivencia de los pueblos indígenas y fue galardonada con el Premio Goldam, homólogo del Nobel verde.

Ahora su voz, su música, su templanza y coraje han sido silenciados por el grito bélico de otras personas empeñadas en romper y resquebrajar la sonoridad pacífica y humana del mundo.

Otra de las notas que conforman la banda sonora del mundo ha sido silenciada también. La voz de Jo Cox dejaba de sonar para abrirle más camino al temor y la maldad. Pero no sólo ella ha sido silenciada recientemente. La voz de 50 personas estallaban en un último grito de rabia y dolor en Orlando; 50 voces calladas, que jamás volverán a sonar únicamente por amar. Pero también hay otra voz que conforma el sonido del mundo que aún no han logrado silenciar pero sí han hecho que hable más bajo y sin oyentes. Me refiero a Ana Belén Montes, encarcelada en una prisión de alta seguridad en Estados Unidos por el único hecho de hablar.

Podemos ver cómo cada día mueren aquellas voces que se rebelan contra la malicia, contra la precariedad musical de un mundo ahogado en gritos y sollozos, pero existen voces que no mueren, ni dejan de escucharse porque simplemente nunca han sido parte de la banda sonora que arropa nuestros oídos. Esas voces viven mudas, muertas de hambre y de esperanza. Son porque existen pero no porque sean. Se escuchan las unas a las otras con el eco de sus estómagos, con el bramido de sus tripas. Hablo de la ingente cantidad de personas que día a día no tienen ni una miga de pan para echarse a la boca y comer. Según la FAO hay en Etiopía 10,2 millones de personas en situación de inseguridad alimentaria, en Kenia 1,1 millón y en Sudán 4 millones. Además de las cifras, hay ejemplos más concretos y palpables sobre esta inseguridad alimenticia como la huella que dejan los conflictos bélicos, la mayor parte de ellos situados en zonas de campo. En estos países con un alto porcentaje de conflictos, la tierra queda inservible y los animales en condiciones desastrosas. Por este motivo en áreas rurales de Siria como Damasco  y Homs la FAO está llevando a cabo una política de ofrecer gallinas ponedoras además de pienso a las familias para su consumo doméstico.

Estas voces que ofrecen respuesta a otras silenciadas y mutiladas se ven emborronadas día a día por el rugir aún más fuerte de un eco que tiñe de negro todas las esperanzas. Por cada vida que trata de arreglar la sintonía del mundo, otras tantas garabatean y desdibujan el quehacer de las primeras.

¿Cómo vamos a tener esperanza si cada vez que una voz bondadosa y pacífica resuena con fuerza es silenciada? Berta Cáceres, Jo Cox, las muertes de Orlando son un ejemplo del deterioro del mundo en que vivimos, de la pugna entre el bien y el mal y  de cómo la malicia está ganando sitio a las voces humanas.

Escucho las Cuatro Estaciones de Vivaldi, Concerto No 2 in G Minor e imagino la pasión que movió a todas esas vida que luchan por crear un mundo mejor, por silenciar el rugido de los estómagos del 63% de la población de Ruanda, por ayudar a la enorme e inconmensurable cantidad de refugiados que se mueven y navegan día a día por la tierra. Cuando aún estoy consumida por el éxtasis pasional del Concerto No 2, resuena con más poder el Concerto No 1 in E Major y este me traslada hasta la verdadera realidad. Una realidad en la que el ser humano no ha logrado todavía comprender y aprender de los errores cometidos en el pasado y así nos encontramos con un 49.7% de austriacos que han optado por votar a un partido neofascista en sus elecciones del pasado 22 de mayo.

Nuestra voz no habla en vano, es escuchada en la soledad y aclamada cuando se apaga. Pero no debemos dejar que se consuma para que cale el mensaje que queremos transmitir. No debemos dejar que la música del desastre, el rugir del hambre, el grito silencioso de aquel que se ahoga o el llanto titubeante de la mujer que es asesinada acaben finalmente por conformar la banda sonora de un siglo pasional.

Tenemos la obligación de legar una melodía calma y serena, pacífica y bella. Nuestras voces y nuestros actos son los que se escucharan en la historia. No dejemos que el mensaje de Berta Cáceres se diluya entre los gritos de los extremistas que claman venganza, no dejemos que la pasión de las 50 personas asesinadas se empañe por el odio de personas no humanas.

Ludovico tocó bajo el inmenso sonido del ártico, bajo la atenta mirada de la nada y le hemos logrado ver todos. Aunque nuestra voz pueda ser percibida insignificante y diminuta, acaba resonando en todos los oídos, acaba ganando la batalla a los gritos y al dolor.

(Imagen de portada de Tumblr, autor desconocido)

@Celia Arcos

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