Idiolatría

He dejado pasar un tiempo prudencial para escribir este artículo sin sentimientos de ira para tratar de responder punto por punto y con unas razones más reposadas dado el despropósito de artículo al que estoy a punto de replicar. Se trata de la columna de opinión que escribe Javier Marías en El País, La zona fantasma, en este caso de su artículo Perrolatrías.

Cuando se trata de la opinión, uno tanto al escribirla como al responder a sus alegatos, ha de ponderar el alcance de esta, como bien sabemos, una opinión es la forja que cada uno da a la realidad que le rodea y pertenece por lo tanto al subjetivismo más absoluto. Es por ese motivo necesario obrar desde el respeto aunque no desde el relativismo cuando alcemos nuestra voz. Aún así, siempre una voz tendrá más peso que otra, ya sea por la trayectoria profesional o personal o por su influencia en ciertos ámbitos, en este caso, la voz a la que me enfrento es la de un intelectual ampliamente formado y una personalidad muy respetada en nuestro país. Quizás por ese motivo debo cerciorarme con más ahínco de que mis proposiciones tienen el peso suficiente para que puedan combatir en el mismo ring de  las de Marías y no queden subestimadas.

Le hablaré de usted, en tercera persona del singular para mantener un respeto y una distancia con usted y sus argumentos.

En primer lugar, deduce insólitamente que aquel que tiene perro se considera moralmente superior al que no lo tiene y pone de ejemplo para desmontar esta hipótesis que incluso un villano como Hitler era amante de los perros. Pues bien, tener perro no le hace a uno mejor persona, igual que tener un hijo tampoco o elegir no tener descendencia no te convierte en un malvado ser que impide la perpetuidad de la especie humana. Ambas se encuentran en el ámbito de la elección personal, son predilecciones, igual que las preferencias de color, actividades, religión, hobbies o ideología. ¿Le convierte a uno en mejor persona ser de derechas? Eso está por ver.

En segundo lugar, dice usted: “Lo de los “derechos” de los animales es uno de los mayores despropósitos (triunfantes) de nuestra época. Ni los tienen ni se les ocurriría reclamarlos.” Hasta el momento y que haya constancia, los animales no han desarrollado un lenguaje verbal complejo (aunque sí poseen unos códigos básicos de comunicación entre animales de la misma especie con los que interactúan a través de sonidos y gestos, casi huelga este excurso) con el que puedan reclamar un tribunal o una cámara de diputados a las que requerir su justicia. Por consiguiente, está claro que los depositarios de los reclamados derechos de los animales son los humanos, los únicos con ética y moral con la suficiente potestad como para exigirlos, hacerlos cumplir y respetarlos. Nuestra paulatina evolución nos da las claves para asimilar que matar el lince ibérico es una atrocidad si queremos que la naturaleza no sufra los estragos de nuestra masiva intervención en ella, o que extraer la bilis de los osos en China y Vietnam es una salvajada, ellos no piden que no se les saque, porque no tienen cuerdas vocales con las que pedir su indulto, pero actuarán en consonancia con su naturaleza e intentarán defenderse. Sin embargo, que seamos depositarios de sus derechos no implica que gocemos de privilegios. Afirma usted que los dueños de perros quieren que se les deje entrar con sus mascotas a todos los sitios como si eso fuera una prerrogativa y continúa diciendo que en tal caso, cualquier animal debería también poder entrar en los locales, ya fueran serpientes o cachorros de tigre. Un erudito como usted debería saber que los últimos animales a los que se refiere no son domésticos. Esto es, por lo general (y digo por lo general porque en los circos y otros lugares se les intenta subyugar por medio de violencia y castigos) no pueden ser educados y responderían solo a su naturaleza de instintos y necesidades. Comparar la entrada de un tigre con la de un perro en un local es una hipérbole absurda. Se quejaba usted también de que le molestaba profundamente que la ingente cantidad de perros no le deja pasear tranquilamente por una acera y que le perturba su presencia y su comportamiento, aludiendo a que no todos están aseados o poseen una conducta afable, desde luego que hay casos en los que los dueños son unos irresponsables y no tratan con respeto o no han educado al animal al que se deben, pero esas actuaciones no son la norma sino la excepción deshonrosa de una comunidad, más aún cuando en la actualidad se lleva un control exhaustivo de la crianza y el estado de los canes, tienen pasaporte, cartilla de vacunación, se condena que no se recojan las cacas o que se lleven sin atar. Sin embargo, si a mí me molesta su olor nauseabundo, no me gusta como viste o tengo a un bebé berreando en la mesa de al lado, yo me tengo que aguantar, porque son inclinaciones personales la higiene, su vestimenta o la elección de tener un bebé, que naturalmente tiene que llorar aunque a mí me revienten los tímpanos. Por otro lado, ha querido convertir o eso me ha parecido, a las ciudades en el reino de los humanos, su hábitat natural, no olvide que las ciudades se construyen en y sobre la naturaleza y que por esa regla de tres deberíamos exterminar a las pobres golondrinas y gorriones, a las palomas, a los gatos, a las hormigas… Comenta también, con desdén que tener un perro es un lujo, que su mantenimiento es costoso; no menos que un coche o un bebé, como digo, todo perteneciente al abanico de las preferencias humanas.

Y sin embargo, usted, allá por el 2010 en aras de una ideología evidentemente liberal, proclamaba opuestos argumentos cuando se promulgó la prohibición de fumar en los bares, decía usted, “(…) la próxima ley antitabaco, por ejemplo, de la que hablé hace unos meses, impide que existan locales en los que se reúnan los fumadores, en vez de aconsejar a los enemigos del humo que se abstengan de frecuentarlos”. Pues ya sabe, aplíquese el cuento, enemigo de los perros y absténgase de frecuentar los lugares en los que los dejen entrar. Dicho lo cual, he de incluir que el humo del tabaco lo consumen también los que eligen no fumar y los perros no desprenden hacia su persona ningún elemento de carácter nocivo.

He de añadir una última cita para poder contestarle palabra por palabra a esta aseveración, quizás la más irrisoria, absurda y desacertada:

“Si está prohibido ir por ahí con una pistola o un cuchillo de ciertas dimensiones, no se entiende tanta permisividad con una bestia que obedecerá a su amo y que éste puede lanzar contra quien le plazca.” Equiparar el perro a un arma es posiblemente una de las absurdidades más irreverentes que he escuchado. El humano que haga cargar su perro contra otra persona u otro perro no deja de ser un criminal, supone traspasar los límites del respeto y atentar contra la integridad de las personas. Si usted va con miedo de que alguien le azuce a su perro me pregunto en qué mundo cree que vive. Yo tendría más miedo de que me pille un coche, me caiga una maceta de la ventana o haya un ataque terrorista.

Para formar usted parte de la exclusiva Real Academia de la Lengua Española está usted más lleno de antónimos que de acepciones.

(Imagen de portada, Maria José y sus perros, foto de Celia Arcos).

@Beatriz Arcos

 

 

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