Ficción de amor sin alcohol

La vida de Fiodor Dostoievski no fue un camino de rosas. Tras superar la muerte de sus padres, recibió otro golpe. Como respuesta a su espíritu revolucionario contra la Rusia zarista, es deportado durante diez años a Siberia. De esos diez años, cuatro fueron dedicados a trabajos forzados. Una vez que regresara tampoco podemos decir que fuese a partir de ahí cuando su vida se enderezase.

Una de las obras maestras que Fiodor nos ha legado es El Jugador, pero esta obra no fue ni mucho menos creación involuntaria o ficticia. Tanto la ludopatía que sufre el protagonista de la novela, como su irrefrenable amor por Polina son vivencias propias del autor. Durante los años 60 viaja por los casinos europeos en busca de fortuna, su adicción le deja en bancarrota, sin un céntimo. Además de su bolsillo, el corazón del escritor queda desolado cuando su pareja Polina Prokofiev decide abandonarlo. No será esta la única vez en que la perturbada mente del escritor ruso sucumba a los encantos de la ruleta. Después de la muerte de su segunda pareja, recae en la ludopatía.

Parece ser este el guión de una película de Lars Von Trier llena de excesos, lujuria y decadencia. Pero no. Esta fue la vida sufrida por un enorme escritor que nos ha dejado entre otras grandes obras Los hermanos Karamazov.

Pero no sólo Fiodor Dostoievski ha sufrido una vida llena de altibajos, de desencuentros y poco políticamente correcta para ser la de un escritor reconocido. También Baudelaire sufrió de lujuria. Paraísos Artificiales, así llamó a una de las partes de su poemario Las flores del mal. No la nombró así por mero azar. París era una burbuja efervescente. Todo tipo de medios se llevaban a cabo en esa época para poder encontrar la conexión con un estado superior de consciencia que diese la clave para escribir algunas de las maravillosas obras que nacieron en ese tiempo. Además, Baudelaire no sólo se contentó con tomar sustancias, a causa de sus frecuentes visitas al Barrio Latino de París contrajo la sífilis. Este hecho le quedaría marcado de por vida sufriendo así para el resto de sus días terribles dolores y molestias.

Hoy en día no nos extrañamos al ver cómo grandes intelectuales de otras épocas tuvieron que darse al alcoholismo, como hizo Patricia Highsmith, recurrir a sustancias psicotrópicas como Charles Baudelaire, o lanzarse de lleno a la ludopatía como Fiodor Dostoievski. Es más, puede que incluso lleguemos a agradecer el tren de vida que estos escritores llevaron, aunque incluso a alguno le desembocara en la muerte, ya que gracias a ello ahora mismo podemos leer sus fulgurantes novelas y poemas.

Entonces, estamos de acuerdo que fue esa experiencia y todas sus vivencias las que les hicieron poder sentir con mucha más intensidad y poder plasmarlo de manera análoga en sus obras. No hay mejor traductor que aquel que sabe con exactitud aquello que nos está contando. La forma en la que Dostoievski narra la entrada del protagonista en el casino, su forma de observar el ambiente, de hacerse con el espíritu del jugador, el cómo aumentan sus pulsaciones conforme el crupier lanzaba los dados…todas esas sensaciones son solo palpables y trasladadas fielmente al papel por una persona que lo ha vivido.

Aunque por esta regla de tres, la literatura de ficción no podría alcanzar un nivel tan elevado ya que es inverosímil que exista algún escritor que haya experimentado lo que narra. Pero ese sería otro debate muy largo sobre la calidad, el testimonio y la propia vivencia.

En aquello en lo que prefiero centrarme más es en la imagen sacra del escritor. Imaginamos a un señor con bigote o señora con gafas que le dan un aire más intelectual, ambos apoyados en una mesa de madera invadidos por el humo de su cigarro ya consumido en un cenicero anticuado. Escritores en duermevela, pensando día y noche, arrugando papeles, volviéndose a estirar para leer esa última frase que habían escrito. Y de un salto a esos escritores nos los encontramos en la tercera planta de la FNAC, firmando libros a algún desprevenido que se los ha encontrado por allí, ha decidido comprar el libro para poder hacerse una foto y subirla a Facebook, como si de una memorable hazaña se tratase.

A lo mejor si hubiésemos visto pulular como hizo en su época Baudelaire, a algún escritor contemporáneo por los barrios menos aceptados socialmente, si le hubiésemos visto frecuentando locales de alterne, consumiendo sustancias y codeándose con lo flor y nata de los barrios alternativos, a lo mejor en ese caso no le pediríamos una fotografía, es más le llegaríamos a mirar con superioridad o puede que con pena. “Mira al escritor ese que va por ahí, no tiene donde caerse muerto”, puede que eso fuera lo que dijeran de Patricia Highsmith cuando la bebida era su único acompañante.

Cuando Baudelaire comenzó a frecuentar estos círculos tenía sólo 21 años, a los 28 Dostoievski fue desterrado y deportado a Siberia. Con esto, no hago un alegato a favor del consumo de psicotrópicos ni de las deportaciones. Pero sí hago un llamamiento a la verdadera creación.

Últimamente hemos podido ver cómo entre los más jóvenes está teniendo mucho peso una literatura neoromántica -la llamo neorromántica ya que para mí romántico es Goethe y no Marwan-. Para demostrar esto sólo hace falta dar un paseo por el Parque del Retiro en el que está teniendo lugar esta semana la feria del libro y allí se verá como aquellos stands de nuevos escritores románticos están completamente llenos en comparación con otros.

Sobre amor puede escribir cualquiera. Sí, cualquiera que haya estado enamorado aunque sea al modo de Narciso. Las palabras, sean bonitas o feas brotan de manera automática. Las frases cortas, los verbos frescos y rápidos. Oraciones fotografiables que compartir en Facebook. No es que menosprecie esta literatura. Pero a la hora de escoger entre un modernillo de la capital y un ruso exiliado decembrista, escogeré siempre al segundo.

William Faulkner trabajó en una fábrica de armas, Herman Hesse fue durante un tiempo mecánico, Arthur Rimbaud pasó una temporada entre rejas… y así una innumerable lista de escritores que se han dedicado a oficios muy dispares.

La esencia de una época histórica es palpable sobre todo en su literatura. ¿Qué sentiremos nosotros cuando pasen unos años por nuestra producción artística? Es indudable que hay muchos grandes escritores contemporáneos. Pero aquello en aquello sobre lo que debemos poner el ojo es en la literatura que mueve, la que está ganando adeptos por segundos y la que por desgracia caracterizará nuestra época. Esa literatura es la del precongelado, la del usar y tirar. Como he mencionado anteriormente, la frase corta y el verbo rápido.

Por si alguien discrepa… aquí la comparación.

Errores de cálculo en la mirada, Marwan – La triste historia de tu cuerpo sobre el mío

El error es mirar lo de ayer con los ojos de hoy,

querer que las cosas vuelvan a ser igual,

cuando tú ya no eres el mismo,

como si se pudieran reciclar los suspiros

o dar un mismo beso por segunda vez.

Los mudos no gritan, los sordos no ven la música,

con las cinco letras que se escribe tarde

no puedes escribir ahora

el amor que fue, ese ya nunca vuelve.

 

Baudelaire, El viaje – Las flores del mal

Para el niño, enamorado de mapas y estampas,

El universo es igual a su vasto apetito.

¡Ah! ¡Cuan grande es el mundo a la claridad de las lámparas!

¡Para las miradas del recuerdo, el mundo qué pequeño!

 

Una mañana zarpamos, la mente inflamada,

El corazón desbordante de rencor y de amargos deseos,

Y nos marchamos, siguiendo el ritmo de la onda

Meciendo nuestro infinito sobre el confín de los mares.

 

Algunos, dichosos al huir de una patria infame;

Otros, del horror de sus orígenes, y unos contados,

Astrólogos sumergidos en los ojos de una mujer,

La Circe tiránica de los peligrosos perfumes.

 

Para no convertirse en bestias, se embriagan

De espacio y de luz, y de cielos incendiados;

El hielo que los muerde, los soles que los broncean,

Borran lentamente la huella de los besos.

(Foto de portada de un fotograma de la película Anticristo de Lars Von Trier)

@Celia Arcos

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